Crítica de cine | The Post

Juan Carlos Ampié ya vio The Post y asegura que es un escándalo que la película solo haya obtenido dos nominaciones en los Óscar.

Se dice que Steven Spielberg se lanzó a filmar “The Post” alarmado por la ligereza con que Donald Trump menoscababa el papel de los medios de comunicación durante su campaña. En apenas nueve meses, uno de los mejores directores de nuestros tiempos filmó, editó y estrenó una especie de manifiesto personal sobre dos temas sensibles en esta etapa de la historia de su país: la libertad de expresión y los derechos de las mujeres. Pero no crea que viene a presenciar una diatriba. Estamos ante un magnífico thriller que lo mantendrá en el borde de su asiento.

En 1972, la guerra de Vietnam sigue cobrando vidas, mientras el presidente Richard Nixon se atrinchera en la Casa Blanca. El detonante de la trama, los “papeles del Pentágono” del título, son una serie de reportes históricos que el secretario de Defensa, Robert McNamara (Bruce Greenwood) ha comisionado para la posteridad. No cuenta con que un miembro de su staff, el analista Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), los filtrará al New York Times, en un intento desesperado por influenciar a la opinión pública. Los reportes revelan que los tres últimos presidentes —John F. Kennedy, Johnson y Nixon— sabían que era causa perdida, y mantenían el conflicto vivo por conveniencia política.

Este fascinante episodio histórico es apenas el fondo para la verdadera preocupación de la película: el dilema existencial de Kay Graham (Meryl Streep). Ella es la directora del Washington Post, aunque no estaba supuesta a serlo. Su padre, Eugene Meyer, al morir, le había heredado la empresa a su yerno, Phil. Pero el hombre se suicida, dejando tres hijos y una empresa en manos de su esposa. El “Post” es visto como un periódico provinciano, siempre a la zaga de su rival del norte. Mientras Kay trata de navegar las truculentas aguas de una venta pública de acciones, su editor, Ben Bradlee (Tom Hanks), persigue la historia con constancia de un sabueso. Conseguir una copia del informe se convierte en lo mejor y lo peor que puede sucederles.

Juan Carlos Ampié, crítica de cine. LA PRENSA/ Óscar Navarrete.

Kay es la calma en el ojo del huracán. Ella es una especie de pararrayos en medio de la tormenta. La película está llena de personajes y eventos, pero es su conflicto interno el que domina nuestra atención. Spielberg y su actriz presentan con claridad diáfana la manera en que el personaje toma medida de su lugar en el mundo, y eventualmente, conciencia de su poder. Streep puede ser una maestra del despliegue emocional y los acentos, pero es en papeles como este, internalizados e íntimos, que llega a exponer las notas más hermosas de su talento. Hanks, con espíritu deportivo, entiende que la película le pertenece a ella, y asume su rol de apoyo con buen humor.

Tome nota de las maneras en que Spielberg visualiza el conflicto interno de su protagonista, y la influencia que ejerce sin advertirlo. En los corrillos del poder, los ejecutivos la rodean, tratando de abrumarla físicamente. En espacios públicos, las mujeres se agolpan a su paso, queriendo verla, estar cerca de ella, aunque sea un momento. No hay grandes discursos o exaltaciones.
Kay lidera con el ejemplo. Cuando confronta a McNamara —amigo y confidente que quedará mal parado si el periódico publica los papeles— le dice de forma tersa, “te estoy pidiendo un consejo, no permiso”. Guante de seda, puño de hierro. A su paso, se vislumbra una cálida evocación del ejercicio periodístico, en toda su agonía y gloria.

Es un pequeño escándalo que la película solo haya conseguido dos nominaciones al Óscar. Sin duda será una de las mejores de este año.


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