Un error político colosal

En la convulsionada política norteamericana de ahora, ningún tema es más conflictivo y más importante que el de la inmigración, legal o ilegal.

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En la convulsionada política norteamericana de ahora, ningún tema es más conflictivo y más importante que el de la inmigración, legal o ilegal. En gran medida, el presidente Trump ganó la Casa Blanca prometiendo ponerle fin a la inmigración ilegal construyendo un muro a lo largo de la frontera sur, y que México pagaría para su construcción. Y una vez en la Casa Blanca, se ha pronunciado a favor de reducir la inmigración legal a través de la eliminación de ventanillas que ahora existen como el otorgamiento de visas por lotería. Su consigna electoral —hacer a Norteamérica grande otra vez— es interpretado por muchos estadounidenses como un llamado a regresar a la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando blancos eran la abrumadora mayoría en los Estados Unidos (EE. UU.) y el poder político y económico estaba concentrado en sus manos.

A comienzos de los años noventa del siglo pasado, la inmigración también fue el tema político más importante en California. En reacción al hecho de que en esa época la cuarta parte de sus habitantes eran latinos y que 1.4 millones de sus habitantes eran hispanos ilegales, un miembro de la derecha republicana en el parlamento del Estado introdujo una iniciativa de ley, conocida como la propuesta 187, prohibiendo acceso de los indocumentados a los servicios sociales del estado incluyendo la educación y atención médica.

Esta iniciativa fue sometida a un referendo en las elecciones de medio período de 1994 y fue fuertemente apoyada por el entonces gobernador republicano de California, Pete Wilson. La aprobación de la propuesta 187 se convirtió en la bandera electoral de Wilson, quien se encontraba —según las encuestas— 20 por ciento atrás de Kathleen Brown, su contrincante demócrata y miembro de la dinastía política Brown de California. Su padre fue gobernador del estado dos veces y su hermano, Jerry, es el actual gobernador y ha ocupado ese cargo cuatro veces.

La propuesta 187 fue aprobada en noviembre de 1994 por 59 por ciento de los votantes y Pete Wilson fue reelecto para un segundo período. Pero la propuesta 187 fue declarada inconstitucional por las cortes federales y nunca se aplicó. Con el pasar del tiempo, la población hispana de California continuó creciendo; ahora anda por el 40 por ciento de la del estado, sin duda alimentada —en parte— por la inmigración legal e ilegal. Esta, a su vez, fue producto de una demanda enorme para obreros dispuestos a hacer trabajos que no les interesaban a los ciudadanos norteamericanos.

A pesar de que fracasó, la Propuesta 187 tuvo una poderosa consecuencia: el colapso del Partido Republicano en California. Esto se debió al rechazo de los votantes —incluyendo sus importantes comunidades hispanas y asiáticas— a los republicanos por su percibido rechazo a la inmigración legal e ilegal y su respaldo a la propuesta 187. Antes de 1994, candidatos a la presidencia republicanos —incluyendo Eisenhower, Nixon, Reagan, Ford y Bush padre— ganaron en California. Pero después de 1994, ningún candidato republicano a la presidencia ha vuelto a ganar el “estado dorado” con sus 55 votos electorales, igual al 20 por ciento de las que se necesitan para ganar la Casa Blanca. Y en un estado que antes estaba en juego políticamente, actualmente los demócratas tienen una súper mayoría en el parlamento californiano. Además, su gobernador, sus dos senadores y 39 de sus 55 diputados en la Cámara de Representantes son demócratas. Finalmente, en las elecciones de 2016 Hillary Clinton arrasó en California derrotando a Donald Trump por un margen de 30 puntos porcentuales (62 vs. 32 por ciento).

El ejemplo californiano se podría replicar a nivel nacional. Me explico. California no solo es el estado con mayor población en la Unión Americana, es también considerado el estado vanguardia en cuanto a tendencias socioeconómicas, culturales y políticas. En este sentido, por su fuerte retórica y políticas antinmigrantes, el presidente Trump podría convertirse, a nivel nacional, en lo que fue Pete Wilson en su momento en California. En respaldo a esta tesis, en 2010 —el año del último censo norteamericano— hispanos eran la minoría más grande del país y la que más rápidamente estaba creciendo. Más específicamente, latinos constituían el 16 por ciento de la población norteamericana y sus números crecieron 43.4 por ciento en los diez años previos. Por cierto, personas provenientes de países de Asia tuvieron el segundo crecimiento más elevado entre 2000 y 2010: 42.9 por ciento. Esto es importante, porque —a como demostró California en 1994— la mayoría de estas minorías votan por demócratas, en gran medida porque perciben que los republicanos son “nativistas” o personas que ven con preocupación los cambios demográficos que se están dando en EE. UU. Si estas tendencias se mantienen, el Pew Research Institute —uno de los tanques de pensamiento más prestigiosos de EE. UU.—, estima que para 2065 los blancos en EE. UU. dejarán de ser mayoritarios. Otros estudiosos afirman que antes de esa fecha, ¡Norteamérica se convertirá en un país de minorías!

Es temerario asumir que el “efecto” Pete Wilson se repetirá en el resto de la nación y que EE. UU. se convertirá en un país de un solo partido dominante. Mucho puede cambiar. Por ejemplo, los republicanos podrán despertarse al peligro de que su inclinación “nativista” podría condenarlos a un estatus permanente minoritario o a su extinción. Esto último le pasó al partido Whig —una de las dos grandes fuerzas políticas estadounidense a mediados del siglo XIX— en gran medida por su rechazo a inmigrantes legales europeos que eran católicos. Los republicanos podrán reinventarse para acoplarse a las realidades demográficas y al hecho de que la mayoría de los jóvenes abrazan una visión incluyente y tolerante para su país. Pero también pueden jugar a la avestruz y optar por ganancias a corto plazo aunque estas implicasen derrotas mayores a mediano y largo plazo. Esta miopía es común en la política… pero sería ¡un error político colosal!

El autor fue canciller y embajador en Washington.

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