La mujer y el ajedrez

La incógnita volvió a mi mente en diciembre pasado, mientras leía sobre la exitosa participación de Nicaragua en las competencias de ajedrez de los XI Juegos Centroamericanos

Aprendí a jugar ajedrez a los 10 años en el Club King-Ed de mi natal Masaya. Desde entonces, me llamó la atención el hecho que las competencias ajedrecísticas se dividiesen en categoría masculina y femenina. Mi intuición infantil me decía que había algo ilógico en esa diferenciación. Comprendía que el atletismo, basquetbol y otras disciplinas físicas se dividiesen en categorías por las diferencias hormonales, peso, musculatura, tamaño, etc., pero no entendía el motivo de la categorización genérica en el ajedrez, un deporte mental basado en la estrategia. Cuatro décadas después sigo sin entender.

La incógnita volvió a mi mente en diciembre pasado, mientras leía sobre la exitosa participación de Nicaragua en las competencias de ajedrez de los XI Juegos Centroamericanos realizados en Managua. Nuevamente, el torneo fue dividido en equipos femenino y masculino. Pero esto no ocurre solamente en nuestro país. La diferenciación ha existido y sigue existiendo a nivel mundial desde 1927, cuando la británica de origen ruso Vera Menchik-Stevenson se coronó como la primera campeona del mundo en el torneo organizado por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE).

¿Por qué la diferenciación? ¿Se insinúa acaso que la mujer no puede competir al mismo nivel del hombre? ¿Se asume que el cerebro de la mujer es tan diferente al del hombre que la pone en desventaja?

Muchos artículos se han escrito al respecto, pero ninguno brinda respuestas categóricas y racionales a estas preguntas. En los foros y redes sociales vinculadas al ajedrez es común leer que la calidad competitiva de las mujeres ajedrecistas era tan inferior a la de los varones que se tuvo que crear una categoría por separado.

Algunos teorizan que el ajedrez, al ser un juego de estrategia, cálculo, anticipación y frialdad no es apto para las emociones femeninas, que terminan por causarle a la participante errores mentales que culminan en decisiones pobres y en malas jugadas. ¿Hablamos entonces de inteligencia emocional? Si hay un área donde la mujer ha demostrado ser más inteligente que nosotros los hombres es precisamente en la dosificación y el uso de sus emociones.

Otras explicaciones citan el tema del tradicionalismo. Podemos leer muchas opiniones en las que se justifica la diferenciación en el hecho de que históricamente el ajedrez se inició como un juego de caballeros, un juego viril, un juego hostil en los que la energía mental domina la escena y no admite titubeos ni consideraciones. ¿Se insinúa que la mujer es incapaz de ser mentalmente fuerte y dominante? Los que han visto jugar tenis a la estadounidense Serena Williams o jugar al golf a la coreana Lydia Ko saben de la arrasadora capacidad mental de la que son capaces las mujeres.

En la historia del ajedrez competitivo solamente la húngara Judit Polgár ha logrado colarse en el ranking de los 10 primeros ajedrecistas absolutos. Ocurrió en 1996, seis años antes de vencer al ex campeón mundial Gary Kasparov (la única mujer en lograrlo). Recientemente retirada, Polgár llegó a ostentar un ELO (puntuación ajedrecística) de 2,735, el más alto logrado por una mujer en la historia del ajedrez. Por comparar, el de la actual campeona mundial, Hou Yifan, de China, es 2,680; el del actual campeón mundial Magnus Carlsen, de Noruega, es 2,834; y el del famoso campeón mundial estadounidense Bobby Fischer fue de 2,785.

El padre de Polgár nunca permitió que su hija participara en torneos femeninos, solo en los absolutos. Al igual que sus hermanas, Judit avanzó velozmente en el ajedrez. A sus 15 años alcanzó el título de Gran Maestro Internacional, mientras su hermana Zsuzsa lo lograba a los 23 años. Judit es considerada hoy día la mejor jugadora de ajedrez de la historia.

¿Es este caso la muestra de que las mujeres ajedrecistas pueden competir con los hombres si se rompe con las tradiciones y se les permite participar consistentemente en torneos absolutos? Solo el futuro de este maravilloso deporte lo podrá decir, pero sí me atrevo a creer que eliminar esta diferenciación en las competencias ajedrecísticas sería un enorme paso en la dirección correcta.

El autor es educador.
roberto.porta@comcast.net

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