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Primera de seis alternativas agroecológicas con semillas criollas

Desde los orígenes de la agricultura y durante miles de años, las semillas criollas y acriolladas han sido intercambiadas libremente entre familias y comunidades campesinas y han evolucionado para adaptarse a las condiciones climáticas

Nicaragua cuenta con una gran diversidad de semillas criollas. Sólo en maíz, hay 137 variedades.

 Semillas criollas, riqueza histórica ancestral ​

Centroamérica es una de las regiones del mundo con mayor índice de biodiversidad y entre esa enorme diversidad biológica están las semillas criollas y acriolladas, herencia genética de nuestros ancestros, las cuales han sido conservadas y mejoradas en la agricultura familiar campesina e indígena por generaciones, haciendo de estas semillas, nuestro Patrimonio Genético Nacional, ya que no son creaciones o invenciones de grandes corporaciones.

Como parte de este patrimonio se encuentran 137 variedades criollas de maíz de diferentes comunidades nicaragüenses. Conservar este patrimonio genético es el anhelo de miles de productores y una forma de hacerlo es con la agricultura agroecológica y orgánica, la cual “protege los recursos naturales que son fundamentales para resguardar las comunidades, su alimentación y su cultura social y productiva”, comenta  Mayra Rodríguez, productora agroecológica de San Ramón, en Matagalpa.

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“Sólo protegiendo la vida de las familias campesinas e indígenas se podrá también proteger el recurso genético local. La biodiversidad genética basada en sistemas de producción agroecológicos, es la que genera fuentes de empleos, mejora la calidad de alimentos y la dieta de quienes los producimos”, agrega Rodríguez, quien es también vocera de la  Alianza Semillas de Identidad (ASI) .

Harold Calvo, coordinador de la ASI, indica que “en México y Centroamérica, además de otros centros de origen de la agricultura, desde hace miles de años los pueblos originarios, en armonía con la naturaleza, han domesticado, adaptado y mejorado diversos cultivos como el maíz, el frijol, el arroz, el sorgo, las frutas, hortalizas y otros que hoy forman parte de nuestra dieta y cultura alimenticia”.

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Desde los orígenes de la agricultura y durante miles de años, las semillas criollas y acriolladas han sido intercambiadas libremente entre familias y comunidades campesinas; asimismo, han evolucionado para irse adaptando a las condiciones climáticas cambiantes, manteniendo una productividad estable y por encima de los promedio nacionales, explica Juan Carlos Mora, productor agroecológico de Carazo, quien afirma que los cultivos transgénicos generan una situación de guerra biológica contra nuestras semillas criollas y acriolladas.

“El peligro está en que ahora las grandes corporaciones transnacionales podrían apropiarse y privatizar este tesoro milenario y colectivo de los pueblos mesoamericanos, obligando a los productores de maíz a pagar por las semillas producidas por ellos mismos, para seguir usándolas en el futuro”, finaliza Mora.

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