El drama en pleno

¿Qué razones o qué decisiva motivación incrustada en las urnas del fatalismo tuvo Fidel Castro Díaz Balart para asumir la decisión de matarse?

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¿Qué razones o qué decisiva motivación incrustada en las urnas del fatalismo tuvo Fidel Castro Díaz Balart para asumir la decisión de matarse?

Según la escueta e indolora nota oficial el susodicho atentó contra la estructura corporal y mental de su existencia, empujado por las riendas mortales de la depresión. La información no detalla la forma en que se excluyó del mundo de los vivos, de las especificaciones que prueban a la veracidad. No fue el suicida anónimo el que se incorporó a los irrespetuosos de ultrajar el derecho a la felicidad de vivir, aunque existir refleje las pinceladas extremas del blanco y negro. El suicida (podría ser el suicidado) es el hijo de Fidel Castro y de Mirtha Díaz Balart, el primogénito de una raza identificada con los privilegios de una clase social que nada tuvo de pobre, de proletaria en la catadura del dolor. No faltan ricos en la demagogia —la demagogia se parece mucho a la mentira— que escogen como principal argumento esas debilidades.

Fidel Castro Díaz Balart —doctor en ciencias— fue un personaje público no porque individualmente él se haya proyectado en el escenario de la fama, sino porque pertenece al tronco de papá. Indudablemente —por lógica deducción— disfrutó de las “mieles del poder”, más almibaradas en cuanto más cerrados son los círculos egocéntricos del poder. Llegó a dirigir la política nuclear, fue ejecutivo en esa área tan compleja, el infante a quien el servilismo le atribuía las características de ser el príncipe que entró a La Habana glorificado por el verde olivo de la época en compañía de su progenitor el 8 de enero de 1959. Beneficiario de una sólida carrera académica y autor de ponencias especializadas.

Toda actitud de renunciar voluntariamente de la vida por muy introvertido que haya sido el protagonista, por mucho que haya ocultado las páginas más escondidas del alma, produce un impacto inevitable en la percepción del ser vivo por innumerables razones. Cada viviente es invitado a la reflexión, al examen interno, exhaustivo del porqué de esos fenómenos trágicos. Empero emerge la discusión, los “puntos de vida” de la reacción estupefacta.

Desde la pequeña edad nunca olvido, hasta el presente, el balazo que se dio en la cabeza en plena tribuna pública el líder ortodoxo cubano Eduardo Chibás. Diferentes las circunstancias porque el acto fue público y nadie lo podía dudar. Pero en el caso de Fidel Castro Díaz Balart la guisa es diferente. Sigue teniendo argumentos para la incógnita.

En toda sociedad con mayor énfasis en el poder, siempre existe una línea directa de sucesión. En el caso de Cuba esa dirección tanto familiar como política la tiene Raúl Castro más cuando se avecina un proceso en el que se requiere el movimiento de las fichas estelares. Raúl Castro está designando a las venas más próximas de su sangre y de su confianza quedando él en la posición de ser el firme secretario general del Partido Comunista. En ese escenario palidece secundaria la línea directa de Fidel Castro Ruz y por ende de su primogénito implícito en proyectos ajenos a los de su tío en el timón lo cual ha profundizado la distancia entre ambos. Por tanto llevarlo al ostracismo para “limpiar el camino” pudo ser la estrategia en tiempo y forma para evitar los obstáculos.

La sospecha tiene velocidad para rodar.

El autor es periodista.