Flor que nace y muere en el amor

La violencia se caracteriza por una espiral que siempre va en aumento. En el ámbito familiar deja serias secuelas y lesiones a niños, mujeres; convirtiéndose en algo rutinario, un chisme de barrio. Nadie hace nada porque “los trapos sucios se lavan en casa”.

Nací mujer hace un tiempito atrás, no tengo idea qué pensaron mis padres, ni cuáles eran sus expectativas de género ante su primer hijo, sin embargo, me protegieron y amaron durante toda mi niñez. Asistí a colegios privados, jugué a las muñecas, las escondidas, la escuelita, presentaciones de teatro detrás de, cortinas improvisadas, creadas por mi abuela materna. Mis padres nunca me hicieron sentir menos que mi hermano varón, dos años menor, por ser la mujercita, siempre fui sobreprotegida. Mi hermano se iba en bicicleta por todo el pueblo y yo, la vuelta a la manzana.

Días más bellos los de mi infancia, travesuras, juegos, escapadas, subidas al techo de la casa. Por supuesto, cuando mamá no estaba. La “mama Juana”: que era la coyunda, con que nos castigaban, siempre, lista por cualquier berrinche.

Increíble época llena de sueños, ilusiones, muñequitos en la tele, merienda por la tarde, piñatas, estrenos de ropa para Navidad. Protegida por el amor inconmensurable de mis padres. Creo que en una sola ocasión escuché a mis padres discutir y una sola vez vi a mi madre llorar. Mujer, fuerte, emprendedora, proactiva. “Una vida y dos mandados”, solía decir, una supermujer, una supermadre.

De adolescente fui extremadamente tímida, callada, insegura, demasiado bonita, así que, tristemente me cazaron temprano, igual que con la presa hace el animal salvaje para lograr su alimento.

Tenía 17 años, con sólidos principios y una familia extensa que irradia amor desde los cimientos. Qué ingenuidad más grande, ceguera más triste: te produce el enamoramiento, juventud, falta de experiencia, parezco de primera comunión, en la foto de mi boda.

Fui tremendamente infeliz durante 18 años de mi vida, aunque también hubo luces como el nacimiento de mis tres hijos y logros: la culminación de una carrera e incluso de una maestría. Lo que, realicé, fue una proeza, siempre sobreexigiéndome, “ser alguien en esta vida”, decía mamá, con la carga de la violencia de género sobre mis hombros. Hoy veo atrás y pienso por qué permití: maltrato, humillación, desvalorización, en áreas, de mi vida: social, personal, emocional y profesional.

La violencia se caracteriza por una espiral que siempre va en aumento. En el ámbito familiar deja serias secuelas y lesiones a niños, mujeres; convirtiéndose en algo rutinario, un chisme de barrio. Nadie hace nada porque “los trapos sucios se lavan en casa”. Terminando las mujeres asesinadas. 51 femicidios, el año anterior y tres en el mes de enero de 2018, muy a pesar de la Ley 779.

Las víctimas llegan a extremos de total impotencia, indecisión, no determinación, perpetrando la violencia. En sus formas más sutiles tienen sus raíces en la necesidad de mantener el statu quo. La sociedad patriarcal, el sistema, a ser consumido tal y como es: Las relaciones de poder, negando la equidad de género: La esposa, trofeo a mostrar ante los amigos, las medidas que imponen los imperios de la moda y la industria, las labores domésticas corresponden exclusivamente a la mujer, la crianza de los hijos, ese trabajo invisible que nadie ve, y nadie paga.

Según SIP de Zaragoza, España versión actualizada (Carolina Avizanda): 70 por ciento de mujeres viven en extrema pobreza, pero solo el 30 por ciento hombres. Solo del 10 al 20 por ciento de las mujeres poseen tierra propia, mientras que los hombres poseen del 80 al 90 por ciento. 10 por ciento de mujeres cuentan con dinero propio versus el 90 por ciento de los hombres.

El maltratador proyecta una imagen afable y en el seno familiar impone su poder, desvaloriza, maltrata, cosifica a las mujeres e incluso a los hijos. Citando a Galeano: “El hombre le tiene miedo a la mujer que no tiene miedo”.

Cargamos en la psiquis una cobardía que jamás enfrentamos, existe como una emoción disfuncional, trastocando la vida, de cualquier ser humano. Se requiere de valentía, heroísmo, protagonismo; porque ser hombre o mujer de bien, requiere de trabajo de sí mismo, autoconocimiento, autoaceptación, autobservación, autorregulación, para ser miembros de la tribu del planeta que genere cambios que contribuyan a la paz y bienestar.

Parafraseando a Galeano, nuestras instituciones nos enseñaron a: “Hacer el bien por conveniencia y no hacer el mal por miedo”.

La autora es psicóloga. Máster en Psicología de la Salud y Bienestar Social por la Universidad Complutense de Madrid.

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