Seguir a Jesús sin cruz

El tomar la cruz no significa que cada cosa incómoda o que implique dolor se convierta en la cruz de Jesús, porque muchos equivocadamente podrían creer que un hijo rebelde, una pareja infiel o un trabajo frustrante se traducen en la cruz del Señor.

Es imposible celebrar la gloria de la resurrección sin el camino de la cruz. Jesús vino para enseñarnos su Palabra, para darnos vida, sanidad, liberación y salvación, estuvo 33 años como hombre y Dios en la tierra, dentro de los cuales tres dedicó enteramente a su misión, terminando con su entrega en la cruz, instrumento que hasta ese día era conocido como símbolo de muerte para lo más vil y despreciado de la sociedad judía. Sin embargo, Jesús nos muestra otro significado.

En nuestro caminar, Jesús quiere que conozcamos y apreciemos su cruz, porque entonces aprenderemos también a tomar la nuestra con alegría para alcanzar la gloria de la Salvación. La cruz que nos ofrece es símbolo de reconciliación y unión entre Dios y el hombre. Por ello, no significa que al aceptar su sacrificio, viviremos siendo pesimistas, pensando en que todo debe ser sufrimiento y muerte.

Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Juan 1:29. Él es la referencia del cordero sin mancha de la pascua judía que los israelitas sacrificaban para que los cubiertos con su sangre quedaran protegidos del ángel de la muerte, y a su vez, recibían la redención. Por tanto, en el sacrificio de la cruz, se cumple el plan de Dios para la humanidad, ser salvados no por nuestros medios o méritos, sino por el derramamiento de la sangre bendita del cordero puro y sin mancha, donde todo aquel que crea en este santo sacrificio recibirá salvación.

La muerte en cruz rompe con la visión que se podría tener de Dios, porque nos muestra a Dios lleno de fragilidad, abandonado por todos y humillado. Aceptar la cruz, es penetrar en los propósitos de Dios, en la riqueza de Su Reino. Es la muerte de Jesús en la cruz la que nos lleva a las vertientes de amor y sabiduría inigualables de Dios. Es por esta razón, que Jesús nos llama a tomar la cruz y seguirlo. “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga”. Mateo 16:24.

El tomar la cruz no significa que cada cosa incómoda o que implique dolor se convierta en la cruz de Jesús, porque muchos equivocadamente podrían creer que un hijo rebelde, una pareja infiel o un trabajo frustrante se traducen en la cruz del Señor. Tomar la cruz del Señor Jesús implica el llamado de comprometerse a negarse a uno mismo de manera radical, dejar morir nuestros deseos carnales, humanos, que son corruptos, para convertir hacia Cristo nuestros pensamientos, palabras y actos. Es decir, que tomar la cruz es renunciar a nuestros deseos, para entregarnos a Dios y cumplir su voluntad.

El apóstol Pablo explica el tomar la cruz y la negación a uno mismo, cuando expresa: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”, Gálatas 2:20.

Cuando hablamos de Jesús debemos hablar de su cruz, ese bello instrumento que nos invita a cargar con amor y alegría para alcanzar la salvación. No puede existir la alegría de la resurrección de Jesús sin haber pasado por el sacrificio de la cruz, tampoco puede existir cristiano que aparte la cruz de Cristo en su vida.

El autor es presidente de la Asociación Cristiana Jesús está Vivo.

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