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REPORTAJE

Las cachorras del Servicio Militar en la guerra de Nicaragua

En 1986 centenares de mujeres se integraron al Servicio Militar Patriótico de manera voluntaria. Formaron parte del Ejército y bajo su responsabilidad estaba una brigada de artillería antiaérea. Sin embargo, su papel es desconocido y menospreciado

Cinco muchachas jalan un cañón ruso. Arrugan la cara cuando mueven el arma que pesa más de dos mil libras y puede impactar a un avión a dos kilómetros de distancia. Se utiliza para defender a las tropas de ataques aéreos. Bajan las dos patas de la ametralladora ZU-23-2 para fijarla a ras del suelo. Apuntan al helicóptero que vuela entre las nubes.

—Fuego —ordena Emma Zamora, jefa de la operación.

Las sacudidas solo dejan humo. El momento se congela en la foto que Zamora reconoce 32 años después. De gorra verde olivo, con una bandera en la mano derecha; un cinto blanco en el brazo izquierdo, y unas cuarenta libras menos del peso que tiene ahora.

Zamora es fundadora del primer contingente de mujeres del Servicio Militar Patriótico del Ejército de Nicaragua en 1986. Fueron conocidas como las “Cachorras”. Y a diferencia de muchos hombres de entre 18 y 40 años de edad, para los cuales era obligatorio cumplirlo, centenares de mujeres se integraron al programa de manera voluntaria.

A la izquierda de la foto, Emma Zamora, junto a Cony Polanco, maniobrando el cañón ruso. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Recibieron el mismo entrenamiento físico y psicológico que cualquier otro militar. Aprendieron a disparar armas, sobrevivir a precariedades y ser un brazo más de las fuerzas antiaéreas. Fueron adiestradas para abatir aviones y helicópteros que volaran a mediana y baja altura, como el simulacro que muestra la foto que Zamora ve ahora en una computadora.

Se calcula que hubo unas dos mil mujeres que se inscribieron en el SMP. Zamora, quien estuvo en los cinco contingentes que existieron hasta el año 1990, dice que unas mil mujeres fueron las que cumplieron todo el programa en los cinco años de funcionamiento.

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Óscar Cortés “el Chele Marcos”, e Irving Dávila, fueron quienes las entrenaron sin concesiones. “De las mujeres que se inscribieron hubo una depuración. No por parte de los mandos, sino porque muchas eran frágiles y el entrenamiento era muy duro”, dice Emma Zamora, de 50 años de edad, y agrega: “Lo único que cambiaba entre los cachorros (varones) y nosotras, eran las toallas sanitarias: a ellos no les daban toallas sanitarias, a nosotras sí”.

Aunque no fueron enviadas a las zonas “calientes”, estaban preparadas para el combate. Dispuestas a morir, entrenadas para matar. “A algunas no les pareció que tuvieran que matar. Por esa razón muchas se desmovilizaron. Las que nos quedamos teníamos convicción de que lo teníamos que hacer. En la montaña nos estaban masacrando. Violaban a las mujeres. Daba cólera y nos servía de motivación”, dice Zamora.

Parte del primero y segundo contingente de mujeres en el SMP. Foto: LA PRENSA/O.Navarrete


Flora Eslay fue la primera flechera costeña. Murió en un accidente de avión en 1990. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Servicio Militar

La Ley del Servicio Militar Patriótico establecía que los varones nicaragüenses entre 17 y 40 años estaban obligados a cumplir servicio activo y/o de reserva. Para las mujeres, ambas modalidades son voluntarias y entre los 18-40 años pueden solicitar su integración.

En septiembre de 1983, bajo la protesta de la oposición, la mayoría parlamentaria sandinista aprobó en el Consejo de Estado la Ley del Servicio Militar, que afectó a la juventud nicaragüense de entre 17 y 25 años, y que dividió en dos al país entero. El número de muchachos entre los 17 y 21 años, que serían objeto de una primera movilización militar, se estimaba en 90,000.

El grupo de artillería durante un entrenamiento. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Dispuestas a morir

La madre de Bertha Pastrán fue torturada por miembros de la Guardia Nacional. El hermano de Amalia Chang murió en combate en Puerto Cabezas. Emma Zamora era la única de su familia que no había agarrado un fusil.

Todas tuvieron un motivo diferente para tomar las armas el 29 de marzo de 1986, día que se movilizaron. Pero a todas las unía la misma ideología política. “Yo me metí para solidarizarme con mis hermanos porque toditos estaban en el Ejército. Además en la casa permanecía sola y aburrida”, dice Amalia Chang.

Chang fue rechazada del SMP porque tiene los pies planos. Lloró de impotencia al ver que sus compañeras subían a los camiones para irse movilizadas. Aquel día Chang, con los ojos llorosos, se colgó de la tina y se subió al camión con las demás mujeres. “Cuando llegamos al campamento no aparecía en la lista pero no me podían sacar. Yo me hice la loca. Estando allá (en el campamento) lo único que podían hacer era dejarme”, dice Chang, entre risas.

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Bertha Pastrán tampoco la tuvo fácil. Ella era una niña de 13 años de edad, cuyo mayor temor era no pasar las pruebas. Un año antes su mamá había muerto de un infarto. Sin embargo, Pastrán no olvidaba la imagen de ella brincando de dolor mientras los guardias le disparaban a sus pies.

“Les demostramos a todos el amor que le teníamos a la patria. Fuimos mujeres que estábamos dispuestas a dar la vida por la democracia que hoy estamos viviendo”, dice Pastrán.

El general del Ejército en retiro, Hugo Torres, dice que la incorporación de la mujer en las tareas de la defensa del país es un hecho inédito en la historia de la fuerza armada nicaragüense. “Esta era una brigada antiaérea del Ejército que mostró por primera vez a mujeres integradas, ya no solo en labores administrativas o de servicios médicos y retaguardia. Fue una unidad entrenada para el combate”, agrega.

El lugar donde fueron reconcentrados los contingentes de mujeres fue el kilómetro 18 Carretera a Masaya, donde hoy es la Academia Militar. Se trataba de una brigada peculiar donde las mujeres estaban a cargo y tenían subordinados a unos cuantos hombres para tareas de transportación de armamentos.

“Estaban preparadas para cumplir misiones como cualquier otra unidad del Ejército. Tenían su plan de entrenamiento, su régimen de vida militar, como cualquier otra unidad”, dice Torres.

Bertha Pastrán entró al SMP cuando tenía 13 años de edad. LA PRENSA/Oscar Navarrete.

Niñas de guerra

Dormían con las botas puestas ante cualquier alarma. Se levantaban a hacer ejercicio y cargar pertrechos. Había madrugadas, como a las tres de la mañana, que eran levantadas con una explosión de dinamita. Aprendieron a verse el cuerpo desnudo mientras se bañaban todas juntas.

—¡Porque esto es la guerra! —recuerdan que les gritaban sus superiores.

A los 13 años de edad, Bertha Pastrán no jugó con muñecas. No soñaba con montar una bicicleta o andar en patines. A esa edad aprendió a disparar con el AK y manejar cañones rusos antiaéreos. La primera vez que detonó un fusil, cayó desmayada por el olor de la pólvora.

Ese día no lo olvida porque se desarrolló su fobia: después de que se desmayó fue colocada por descuido en un nido de alacranes y desde entonces le dan pavor. “Disparar esas armas no es para cualquiera. Se siente una presión bien fuerte. Fue un reto y un peligro, pero todas lo pasamos”, dice Pastrán.

Pastrán fue la primera “mascota” de este grupo de mujeres, en razón de que era la más baja de estatura y la de menor edad. Fue la primera niña del SMP y se desmovilizó dos años después, justo el día que le celebraron la fiesta de 15 años.

Los 16 años de edad de Amalia Chang también fueron celebrados en este régimen militar. Cuando agarró la ametralladora por primera vez le temblaban las manos. Tras la detonación, sus oídos quedaron emitiendo un sonido agudo durante tres días.

En una foto vieja aparece Martha Obregón con el pelo suelto; negro, ensortijado, rebelde. En ese tiempo solo utilizaba el traje militar y no se echaba una gota de maquillaje. Lo único que utilizaba era un lápiz de cejas. Pero cuando no había agarraba el hollín de las llantas de los camiones y se lo untaba. “Ya vieja, a como estoy actualmente, es que me arreglo un poquito más: me corto el pelo, me lo tiño, me echo maquillaje”, dice Obregón, vía telefónica desde Costa Rica.


Emma Zamora participó en los cinco contingentes hasta 1990. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Mujeres en el Ejército

Según un informe del Ejército, de 1979 a 1989 las mujeres se destacaron en las diferentes etapas de desarrollo del Ejército Popular Sandinista. Su integración tuvo un carácter masivo. En julio de 1979, combatientes sandinistas formaron parte del Estado Mayor General, Regiones Militares, Fuerza Aérea, los Batallones de Infantería Rolando Orozco y Gaspar García Laviana, Batallón de Comunicaciones y otras unidades militares.

Formaron los primeros contingentes de voluntarias que cumplieron el Servicio Militar Patriótico con una sobresaliente participación en cargos de dirección, especialidades y unidades. En 1988, conformaron grupos de artillería antiaérea, unidades de comunicaciones y logística, tanto en el Pacífico como en las zonas de guerra.

“La participación de la mujer nicaragüense en la defensa militar fue muy importante”, enfatiza Francisco Barbosa Miranda en el libro, Historia Militar de Nicaragua. “Muchas jóvenes formaron los primeros contingentes de voluntarias que cumplieron el Servicio Militar Patriótico integrándose como artilleras, comunicadoras logísticas y médicas”.

Durante la guerra algunas mujeres ocuparon cargos de dirección y alcanzaron el grado de tenientes coroneles, entre ellas: Rosa Pasos, Adela Tapia, Marisol Castillo, Martha Turcios y Leana Benavides.


A la izquierda de la foto, Bertha Pastrán fue quien ingresó al SMP a los 13 años de edad. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Discriminación

En una casa del barrio Campo Bruce, de Managua, que dona el Gobierno a las familias de escasos recursos, se reúnen tres de las fundadoras del primer contingente de mujeres de la unidad de artillería antiaérea. La casa, minifalda (mitad bloque y tablas) de color blanco y azul, pertenece a Bertha Pastrán, una morena delgada, ojos redondos y pelo lacio, que hoy día debe tener 45 años de edad.

—Buenas, ya estoy por aquí —se escucha ahora tras la puerta la voz de Emma Zamora, quien ahora usa pequeños anteojos de marco fino. Tiene las caderas anchas, pero se le nota la misma vitalidad de las fotos donde maniobra ametralladoras.

La última en llegar es Amalia Chang, una señora ojos rasgados, cuya ascendencia, dice, es asiática. Pequeña, blanca y bulliciosa, saluda a sus compañeras y amigas que están sentadas.

—Yo pensé que ya tenían las cervezas —dice Chang, en forma de broma.

“En el Servicio nosotros aprendimos costumbres buenas como el compañerismo, la amistad, el hermanamiento entre compas”, dice Chang. “Pero también otras aprendimos a fumar porque era necesario para no dormir y aguantar el frío. Luego hubo otras que aprendieron a beber licor”, dice, mientras sonríe.

Estas tres mujeres y otras más fueron invitadas en 2014 para marchar en el desfile del Ejército. Según ellas, la invitación en una primera instancia indicaba que ellas desfilarían a la par de los varones que cumplieron el Servicio Militar Patriótico. Sin embargo, cuando llamaron los grupos a las filas, las querían juntar en el mismo bloque de las milicianas, un grupo de mujeres que se dedicaron a brindar asistencia a miembros permanentes del Ejército.

—Un momento —dijo Amalia Chang en aquella ocasión—, no subestimo el papel de las milicianas, pero nosotras no podemos desfilar con ellas porque nosotras formamos parte del Ejército profesional. Fuimos las mujeres del Servicio Militar Patriótico.

En todo el auditorio se escucharon murmullos de incredulidad, según recuerdan.

—¿Y es que hubo mujeres en el Servicio Militar? —preguntó un miembro del Ejército que estaba acomodando a los grupos en el desfile.

En ese momento todas las “cachorras” dieron media vuelta y se marcharon a sus casas. No era la primera vez que les pasaba. En otra ocasión, en una reunión de desmovilizados de guerra a las que suelen asistir, un compañero habló que las mujeres del SMP habían sido cocineras o andaban buscando hombres.

Bertha Pastrán se levantó y le pegó una cachetada. “Fuimos una artillería formal del Ejército. Entramos creyendo que era un juego pero salimos ya unas mujeres formadas”, dice Pastrán.

Amalia Chang formó parte del primer contingente del SMP. LA PRENSA/Oscar Navarrete


Hermanas en bandos contrarios

Marta Pasos se convirtió en la vocera de la Contra en Miami, mientras que Rosa Pasos era la relacionista pública del Ejército Popular Sandinista (EPS), ambas fuerzas enfrentadas. Eran hijas de Luis Pasos Argüello y Rosa Argüello. Marta Pasos era casada con Octavio Sacasa, dueño de Canal 2, que tenía un noticiero de corte antisomocista, Extravisión, dirigido por Manuel Espinoza.

Antes del triunfo de 1979, Marta se fue al exilio porque la Guardia Nacional había asesinado a Gustavo Raskosky, primo hermano de su marido. Con el triunfo de la revolución, el canal fue intervenido e incorporado el Sistema Sandinista de Televisión y no pudieron regresar a Nicaragua.

Según un reportaje de la edición número 14 de Magazine, a Marta le causó horror cuando escuchó hablar de una resistencia armada contra los sandinistas, a cargo de Enrique Bermúdez, 3-80. Pero cuando lo conoció le pareció moderado y al poco tiempo se sumó a su organización. Fue de esa manera que ella se convirtió en vocera y enlace con los comités internacionales.

Rosa, en cambio, se había incorporado a las filas del Ejército Popular Sandinista (EPS), que de fuerza guerrillera derivó en Ejército regular. A finales de 1984 le ofrecieron el cargo de jefe de relaciones públicas gracias a sus relaciones y a saber dominar el inglés y francés.

Fue entonces que comenzó el desfile de periodistas de todo el mundo que querían documentar la historia de las dos hermanas, voceras de los bandos en guerra: Miami Herald. New York Times, Washington Post y Le Monde.


Cony Polanco fue diagnosticada de cáncer en el útero. LA PRENSA/Oscar Navarrete

Caídas y olvido

Aunque se encuentren de espaldas y los archivos estén en blanco y negro, con las fotos pueden reconocer a sus compañeras. Recuerdan las hazañas, pero también las bajas, como la de Flora Eslay, la primera flechera costeña del SMP quien murió en un accidente de un avión AN-26 cuando hacía un viaje a Bluefields en 1990.

En las fotos también aparece María Elena Peña, quien falleció hace algunos años, y Lesbia Miranda, quien murió de un infarto al corazón hace 14 días. “Ella, esta compañera, está bien enfermita. Le detectaron cáncer”, señala Pastrán, a una muchacha menuda, baja y pelo grueso, que aparece en muchas fotos junto al cañón ruso.

Su nombre es Cony Polanco. Tiene 45 años edad, pero desde hace poco más de un año le detectaron cáncer en la matriz. Recibe quimioterapias en el Hospital Nora Astorga y dice que también es atendida en el Hospital Bertha Calderón.

Hace tres días recibió una transfusión de sangre, la cual cree que le cayó “pesada”. Le han dado calenturas, mareos y dolores agudos en el vientre. Su rostro no miente. Pareciera que tuviera 20 años más de lo que tienen sus compañeras. Pálida, rasgada, quizá hasta articular palabras le duele, pues su voz apenas se escucha.

Martha Obregón vive en Costa Rica con su familia. Fue parte del segundo contingente. LA PRENSA/Oscar Navarrete.

El contraste con su foto de hace 32 años es marcado. Pero hay cierto brillo en sus ojos cuando habla de ese tiempo. A través de ellos mira como una película el recuerdo de sus compañeras. Ve la zozobra de Emma Zamora en el último anillo de contención en la Operación Danto 88, pero también la nostalgia cuando fue desmovilizada y tuvo que colgar su uniforme que despedía “aquel” olor de militar.

Ve que Bertha Pastrán ha pasado de ser una niña de 13 años de edad, que lloraba a cada momento, a una mujer audaz, atrevida, abogada litigante y dos veces campeona nacional de judo. Ve llorar a Amalia Chang cuando le informaron que su novio había caído en combate. Ve a su amiga, Martha Obregón, con la cara en el lodo y la bota de un capitán en la nuca, cuando le dice:

—Abajo, hijueputa, que en una guerra no se capea el lodo.

Ve a Obregón con un cuchillo en la mano retando a su esposo, quien la golpeaba y lanzaba insultos por haber sido “piricuaca”. Lo ve quemándole las fotos y el diploma del SMP. Ve a todas comiendo para siempre en tan solo tres minutos y hablando fuerte a sus compañeras de trabajo. Las ve a todas cargando pertrechos o dormidas en una oscuridad total. Ve su foto de hace 32 años.

La ve de cerca pero quizá no se reconozca.

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