Y de nosotros solo quedarán palabras

Zygmunt Bauman dio con una frase de esas que definen un tiempo y una manera de vivir: “La modernidad líquida”. El concepto nos retrata como una sociedad sin compromisos mutuos duraderos y como seres que mudamos de opinión, certidumbres e identidades con una facilidad tal que nos lleva a ser nómadas constantes. Un mundo sin […]

Zygmunt Bauman dio con una frase de esas que definen un tiempo y una manera de vivir: “La modernidad líquida”. El concepto nos retrata como una sociedad sin compromisos mutuos duraderos y como seres que mudamos de opinión, certidumbres e identidades con una facilidad tal que nos lleva a ser nómadas constantes. Un mundo sin ideas ni ideales sólidos.

Creo que la era que vivimos empezó con la caída de las Torres Gemelas, una tragedia que dio paso a la justificación inescrupulosa de la estupidez, la tortura, la devastación y la manipulación, además de despertar los peores fantasmas que, a veces, cobran forma de un dron o de un acto terrorista.

El otro día, me encontraba con una compañera de trabajo y nos aturdió alrededor la cantidad de gente que se encontraba chateando por el teléfono. Ella los señaló con la mirada, y dijo: “Quizá esto tiene algo que ver con todo lo que está pasando ahí fuera”.

Lejos de querer que un artículo se convierta en un discurso moral, tengo la sensación de que nuestra manía por las redes sociales, el entretenimiento y el facilismo parecen habernos hecho menos tolerantes a la frustración, a la opinión del otro, o a la exigencia. Pero una de las primeras víctimas, por las cuales siento un afecto especial son las palabras. A ellas les hemos perdido el respeto y el cuidado.

El prurito con que las generaciones anteriores cuidaban la palabra es una lección que se ha quedado en el olvido. No me refiero solo a la ortografía sino al tiempo dedicado a exponer y desarrollar una frase que pueda cazar a ratos la complejidad del pensamiento y se alce al ritmo necesario que las palabras contienen para llegar a nuestro entendimiento.

Si calculásemos el tiempo dedicado a las redes sociales con mensajes y videos, sobre todo videos, a interactuar con grupos de WhatsApp intercambiando memes o simplemente a comentar chismes, nos quedaríamos dolidos por la facilidad con que todo ello nos ha robado el tiempo. Nuestro tiempo esfumado en una feria de vanidades que no significa nada.

Aún no lo sabemos, pues nos falta la perspectiva de años suficiente para medir bien el impacto de tabletas y teléfonos sobre niños y jóvenes. Pero los que tenemos ocasión de encontrarnos en clases con jóvenes ya observamos una de las secuelas principales: la dificultad para manejar bien las palabras y para prestar atención de manera continuada y profunda a un solo tema.

Estamos perdiendo oportunidades de adentrarnos en detalles, de dejarnos seducir por el misterio, o de sencillamente disfrutar de los momentos, las caricias, la conversación o la contemplación de algo bello sin que de inmediato, o antes incluso de verlo con nuestros propios ojos, tengamos que registrarlo en nuestra cámara y subirlo a las redes.

Una vez, frente a la Gioconda, fui testigo de una nube de turistas que, sin detenerse un segundo, le daban la espalda para hacerse un selfie, dejando a la Gioconda aún más difuminada en el segundo plano. Y así, un río de gente que pasaba por delante con toda su modernidad líquida sin contemplar unos ojos y una sonrisa que nos intriga desde el siglo XVI. ¿Pero qué nos está pasando?

Sí. Puede que me esté volviendo viejo y acabe como mis abuelos, protestando del arte moderno o de la música estridente que a mí me gustaba escuchar y de la que ellos me preguntaban con total sinceridad: “Ah, ¿pero eso es música?”

En ese mundo aún sin smartphones ni tablets, existían las mismas brutalidades y sinsentidos. Es cierto. Pero también contábamos con una esperanza de la que hoy empezamos a carecer: la esperanza en la palabra sincera, en las palabras hacedoras de realidad e impulsoras del pensamiento y el corazón. A día de hoy no hay ningún invento tan sofisticado ni poderoso como la palabra humana. Serán lo único que quede de nosotros en la memoria de otros, más que las fotos o los videos.

En esa esperanza me fundo aún, como los viejos, sí, como esos que guardan historias para contar junto al fuego a los nietos que nunca vienen a visitarlos. No dejemos que se nos apaguen esos viejos ni ese fuego. Aunque no lo creamos, aún nos queda todo el tiempo del mundo.
El autor es periodista.