La plaga que crece

Para combatir esta plaga solo hay una vacuna: la educación, que incluye valores morales y cívicos, urbanidad y trato social, respeto por sus semejantes

Querida Nicaragua: Como todos los países del mundo hemos padecido diferentes plagas. La polio, el sarampión, la malaria, el dengue, etc., y todas, mal que bien, las hemos enfrentado con los pocos recursos de que disponemos. Gracias a Dios los científicos han descubierto vacunas para cada una de las plagas que van apareciendo en la humanidad. Pero hay un tipo de plaga sobre la cual ningún científico puede inventar vacuna alguna; esa es la plaga del femicidio. Nuestras mujeres están muriendo víctimas de la furia de sus compañeros de vida o de alguno de sus parientes. Casi no hay semana en que no aparezcan noticias espeluznantes que muestran los cadáveres expuestos en el piso de humildes viviendas. Tras estas trágicas muertes hay niños menores que quedan huérfanos al amparo de vecinos de la comunidad. El agresor no se encuentra por ningún lado, lo vieron llegar borracho, conocen de las pésimas relaciones de la pareja en cuestión, la Policía logra detenerlo y generalmente estos terminan declarando el tipo de muerte que le propinaron a su pareja, machetazos, asfixia, o heridas con arma blanca, todo porque en la discusión que se tenían ella le levantó la voz y le dijo la verdad, que era un borracho e irresponsable.

Para combatir esta plaga solo hay una vacuna: la educación, que incluye valores morales y cívicos, urbanidad y trato social, respeto por sus semejantes. Si al niño no se le educa en el hogar y se le enseñan estos valores, para eso está la escuela donde profesores bien preparados podrán forjar niños y adolescentes incapaces de agredir ni matar a nadie.

Y parece que en estos tiempos es muy difícil conseguir ese tipo de vacuna para curar la furia de estos individuos que nunca recibieron educación.

La semana pasada estuve hablando con un padre de familia que vive en un área rural cercana a Managua. En su comunidad hay una escuela pública, mi amigo campesino tiene dos hijos pequeños, el mayor de ellos de unos nueve años. Tengo la costumbre de hablar también con los niños para descubrir sus cualidades; el cipote me dijo que estaba en sexto grado. Qué bueno, le dije y le pregunté si sabía dónde quedaba el volcán Momotombo. Medio apenado por no saber contestar por fin me dijo que estaba en Masaya.

Estábamos en una parte alta de las sierras de Managua desde donde se divisaba claramente el volcán. Lo tomé de la mano y le dije. Mirá hijo, ese es el Momotombo, todos los días lo mirás. En Masaya está el volcán Santiago. Le hice otras preguntas sencillas y pudo contestarlas, pero el campesino que estaba presente me contó que la mitad de los alumnos de ese sexto grado no saben leer y que su hijo era uno de los que sí había aprendido a leer y manejar la suma, resta, multiplicación y división. Pero me quedé con los ojos cuadrados cuando el campesino me relató que el mes pasado fue a la escuela por este niño y lo encontró sustituyendo al maestro que por alguna razón no estaba en ese momento. Un niño de sexto grado que no sabía dónde estaba el Momotombo estaba haciendo de maestro de escuela en el lugar.

Y sabe por qué esos niños no aprenden, me dijo el campesino, porque el Ministerio de Educación ha ordenado que se le dé el aprobado a todos los alumnos por igual, es decir no se puede reprobar a ningún alumno aunque no sepa las asignaturas.

Me quedé pensando cuál será el futuro de estos niños que aprueban sus grados escolares sin saber ni geografía, ni historia, ni matemáticas y mucho menos urbanidad, trato social, respeto ni moralidad. ¿Qué tipo de hombres está formando este gobierno para el futuro? Con este tipo de educación jamás podremos terminar con la plaga del femicidio.

El autor es director de radio corporación.

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