Sobre el control a la emisión del pensamiento

No se puede esperar otra cosa luego de que la libertad de expresión fue víctima de los abusos excesivos del poder de dos dictaduras: la de los Somoza y la primera versión del Frente Sandinista en los años ochenta

elecciones 2019

Con todas sus imperfecciones y reformas moldeadas a la medida del sastre, la Constitución de Nicaragua es muy clara sobre la libertad de expresión: “Los nicaragüenses tienen derecho a expresar libremente su pensamiento en público o en privado, individual o colectivamente, en forma oral, escrita o por cualquier otro medio”, se lee en su artículo 30.

No se puede esperar otra cosa luego de que la libertad de expresión fue víctima de los abusos excesivos del poder de dos dictaduras: la de los Somoza y la primera versión del Frente Sandinista en los años ochenta, cuando bajo el pretexto de la “agresión externa de un imperio” la receta fue el implante de los desmanes calcados de otro imperio.

La primera víctima fue la libertad de expresión: al principio únicamente restricta supuestamente en temas económicos y militares, pero al implantarse ya en forma directa la censura previa el 15 de marzo de 1982, la censura abarcó todos los ámbitos de la vida nacional.

Fue censurada en marzo de 1982 —estrenando la censura— la extraordinaria foto de un elefante esquiando en las aguas de Florida; cualquier mención al héroe deportivo nacional Alexis Argüello; un comunicado del propio Ministerio de Salud advirtiendo a la ciudadanía que las latas de conserva de Bulgaria estaban vencidas y habían intoxicado a varios ciudadanos; cualquier mención a un herido de bala que no fuera debido a una trifulca callejera o por celos.

Cualquier mención que la economía no iba bien, a pesar de tener entonces la hiperinflación más alta de América, como la que tiene ahora Venezuela, era censurada. Fueron censurados en múltiples ocasiones, los editoriales de mi padre, “Sandino Nacionalista, pero nunca Comunista” y su último editorial del 6 de enero de 1978, titulado “Palabrería y burguesía”.

En fin, anuncios clasificados que no se entendían no escaparon la inquisidora pluma de la censora, ya no digamos las caricaturas y la breve columna humorística, la más leída de aquel entonces, Rionsito. Nada escapó a la censura, las cuatro palabras más publicadas de aquel entonces, en la circulación por mensajero (privada) al cuerpo diplomático acreditado en Nicaragua eran: “no se puede publicar”.

Entonces, yo sé que están arrepentidos los que hicieron esto contra la libertad del pensamiento y como cristiano los he perdonado, aunque algunos que no lo vivieron me puedan tildar de ingenuo. Pero aún no han aprendido la lección, y es que cuando se controla la libertad de expresión, el poder sabe donde comienza la censura, pero nunca sabe dónde va a terminar.

Como dijo monseñor Silvio Báez sobre la anunciada ley para el control a las redes sociales, sin haber padecido en carne propia la censura de prensa a como la padecimos cada día los que trabajábamos en el diario LA PRENSA entre 1980 y 1984 —coincidentemente, el año de la visión de George Orwell— podría resultar más caro el remedio que la enfermedad.

1984 fue el año en que no soporté la humillación diaria de la censura, del control del pensamiento —expresado entonces en palabras impresas en papel— y me fui de Nicaragua.

Ahora la batalla es cibernética, en las redes sociales, no es impreso pero sí es masivo, porque circula libremente. Hay cosas horribles: noticias falsas, exageradas o ensangrentadas, que a mí no me gustan que circulan en las redes sociales, e incluso, en los canales abiertos de televisión.

Si solo se pudieran controlar los excesos, quizás estaría bien para mí, pero ¿quién decide que es un exceso? ¿Qué es mentira y qué es verdad? Y ¿hasta dónde está bien la censura y hasta dónde se pasó de la raya?… lastimosamente, son los mismos que lo hacían en 1984, en la realidad de la Nicaragua de aquel entonces y en la novela, hecha realidad, del célebre escritor británico George Orwell.

Por eso no puedo estar de acuerdo, pero ni que enviaran un censor directamente desde el Vaticano con la aprobación del Santo Padre.

No puedo estar de acuerdo por principio, ni por la experiencia sufrida en carne propia como periodista cuando la mayoría de los nicaragüenses no habían nacido y los que vivían entonces, prefieren no recordarla.

El autor es periodista, fue codirector del diario La Prensa entre 1980 y 1984, exministro y exdiputado.

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