«Fue un día terrible», el relato de un campesino que vio los cuerpos de los niños masacrados por el Ejército

Los dos hijos de Elea Valle, un niño de 12 años y una niña de 16 años, fueron asesinados por el Ejército el pasado 12 de noviembre en la Cruz de Río Grande. El Ejército lo justificó diciendo que eran delincuentes

Concepción Linarte y Junaysi Peralta, delegados de la palabra que sepultaron los seis cadáveres de la masacre de San Pablo 22. LA PRENSA/ W. LÓPEZ.

La voz del campesino Concepción de los Ángeles Linarte Quintero, de 56 años, se quebranta cuando relata cómo encontró los cuerpos de los dos niños, un varón y una niña de 12 y 16 años, respectivamente, que fueron masacrados junto a su padre y tres personas más, en una ejecución cometida por el Ejército el pasado 12 de noviembre de 2017 y la cual justificó diciendo que se trataba de una banda de delincuentes que azotaba la zona de San Pablo 22, del municipio de La Cruz de Río Grande, en el Caribe Sur.

“Fue un día terrible y doloroso, fue una tragedia; aún suenan en mis oídos aquellas ráfagas, aquellos disparos y explosiones de bombas donde murieron estas personas en un fuego cruzado”, recuerda.

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Los cadáveres, según revela el testimonio de Linarte Quintero, delegado de la palabra de la Iglesia católica, sobre aquel fatídico 12 de noviembre, ya estaban descompuestos, pues tenían muchas horas de estar expuestos al sol y tirados en el monte, mientras efectivos del Ejército estaban allí custodiando a sus víctimas.

Brutalidad con los niños de Elea Valle

Según el delegado de la palabra, que habló con LA PRENSA, el cuerpo del niño de 12 años, además de presentar orificios de bala, también tenía heridas de arma blanca. La adolescente de 16 años estaba con el cuerpo semidesnudo, presentaba moretones en el cuello y estaba tirada bajo un árbol, donde colgaba un mecate.

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“Como padre que soy, fue muy doloroso para mí ver todo eso porque yo tengo tanto cariño para mis hijos, que si eso me ha pasado a mí yo no podría haber soportado eso. Y fue conmovedor cuando se presentó doña Elea Valle —la madre de los niños— que pegaba unos gritos desgarradores al ver a sus hijitos”, reveló el campesino.

El 13 de noviembre, a mediodía, mientras los cuerpos seguían tirados en el lugar de la ejecución, se presentó la Policía instando a los campesinos a realizar una fosa y enterrar los cadáveres. Sin embargo, esto ocurrió hasta las 7:00 de la noche en que hizo presencia Elea Valle, la madre de los menores asesinados.

“Queremos paz”, dicen campesinos

Junaysi Peralta Luna, también delegada de la palabra y una de las personas que participó en la sepultura de las seis víctimas del Ejército, reflexionó sobre ese fatídico día.

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“Fue un día muy triste, de mucho dolor y sufrimiento, y esperamos que esto no vuelva a ocurrir. Nosotros solamente queremos vivir en paz, es todo”, meditó la joven.

“Esperamos que un día esos cuerpos se les dé cristiana sepultura a como ha pedido doña Elea Valle”, dice por su parte don Concepción de los Ángeles Linarte.

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Para el experto en derechos humanos, Uriel Pineda, no hay elementos para concluir que la ejecución extrajudicial cometida por el Ejército “configure crimen de lesa humanidad”, sin embargo, sostiene que “es un hecho sumamente grave que debe ser aclarado”, a casi cinco meses de la ejecución.

Denuncian acoso

Los campesinos Pablo Arauz y Efrén Duarte, de El Naranjo, comunidad de La Cruz de Río Grande, también denunciaron constante acoso de parte del Ejército y la Policía.

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“Nosotros tuvimos familiares que andaban en grupos de rearmados políticos y por eso nos acosan, pero nosotros somos campesinos trabajadores y colaboramos con la Iglesia católica”, dijo Arauz.

“Nosotros no tenemos nada que ver con rearmados”, dijo por su parte el joven Efrén Duarte.

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