La resiliencia de la democracia

En las circunstancias actuales de Nicaragua es importante y necesario reconocer esa capacidad de la democracia para resistir los embates de la dictadura

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La resiliencia, dice el Diccionario de la Lengua Española, es la capacidad de los seres vivos para sobreponerse a las dificultades y recuperarse cuando cesa la adversidad. Políticamente, se puede decir que la resiliencia significa que las personas y la sociedad pueden recuperar la libertad y la democracia, después de que estas han sido quebrantadas por la fuerza del Estado.

En las circunstancias actuales de Nicaragua es importante y necesario reconocer esa capacidad de la democracia para resistir los embates de la dictadura o el régimen autoritario; y para recuperarse y reconstruirse.

Por muy poderoso que parezca el régimen autocrático; por muy grave que sea la devastación de la institucionalidad democrática; y por muy débiles y dispersos que estén los sectores democráticos, no hay que perder de vista la capacidad de recuperación de la propia democracia al agotarse inevitablemente el ciclo histórico de la dictadura.

En la actualidad se dice que la democracia está muriendo, que inclusive se está matando ella misma por sus contradicciones, errores y debilidades. Se asegura que en algunos países, como Nicaragua y Venezuela, la democracia ya ha muerto. Se sostiene que en otros países sobrevive en condiciones cada vez más precarias y que en algunos, como China o Corea del Norte, ni siquiera pudo nacer.

Estados Unidos (EE.UU.) fue considerado desde fines del siglo 18 el mejor ejemplo democrático para todo el mundo. Pero ahora hay quienes consideran que con la llegada al poder de un gobernante autoritario e impredecible como Donald Trump, la democracia estadounidense está en decadencia.

Los profesores de Gobierno de la Universidad de Harvard, Steven Levistsky y Daniel Ziblatt, aseguran en su libro Cómo mueren las democracias, que estas no solo son liquidadas por los tradicionales golpes militares, sino que también mueren como consecuencia de un proceso gradual, en el cual las mismas instituciones de la democracia son utilizadas por partidos y caudillos autoritarios para desmantelarla e imponer regímenes dictatoriales.

Por caso, en 1979 Daniel Ortega y los demás comandantes sandinistas asaltaron el poder por medio de la violencia armada para imponer la dictadura revolucionaria. Pero en el 2006, Ortega aprovechó el mecanismo electoral de la democracia para tomar el poder, socavar las instituciones democráticas e instaurar una nueva dictadura.

Sin embargo, la democracia no ha muerto. Así lo demuestra el estudio de la Fundación Bertelsmann, de Alemania, según el cual 4,200 millones de personas, más de la mitad de la población del planeta, viven en democracia; y 3,300 millones, menos de la mitad, padecen bajo regímenes autocráticos.

En Nicaragua, la democracia vive en las personas y los grupos políticos y sociales que —aunque dispersos y rivalizados entre ellos— luchan por la recuperación del sistema democrático de derechos, libertades y oportunidades. Y vive la democracia, porque es resiliente, capaz de recuperarse y de reconstruirse cuando la dictadura tenga que dejar el poder.

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