El Mesías

La primera parte de la extensa obra lleva la esencia de la profecía de Isaías: el advenimiento de la más excelsa figura mística para concluir con la pasión, su muerte y resurrección

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El Mesías (1742) es la obra más difundida de Georg Friedrich Handel (1685-1759). Barroca fue su época, mas no el estilo penetrante y de proyección ecuménica de su Oratorio. La suprema majestad de los siglos ha puesto sobre su cabeza una corona predestinada: Creador epónimo.

La primera parte de la extensa obra lleva la esencia de la profecía de Isaías: el advenimiento de la más excelsa figura mística para concluir con la pasión, su muerte y resurrección. El enfoque prevaleciente en el trayecto está relacionado con la victoria, con el rescate de la redención. Victoria anticipada por la sinfonía instrumental expresada en compases graves que manifiestan a una proclama, la estrategia de una fuga muy del tiempo que parece volar al lado de las nubes que da a la obra la modalidad de ascender. Música sacra que tiene su base en la tierra pero que se engarza en las alturas. Razón por la cual la percepción auditiva y visual en acorde con la fe religiosa, sitúa al Mesías al lado del trono del omnipotente. La orquesta fue formada para ser solidaria con el acompañamiento coral y en los instantes de preciosa soltura y exaltación instrumental: La Camerata Bach, la orquesta sinfónica juvenil Rubén Darío y la Schola Cantorum Rubén Darío. Precisamente para responder a semejante trinidad sonora se hizo uso “del divino tesoro de la juventud” de sus ejecutantes bajo la dirección de Leo Waltz, visitante distinguido en Nicaragua, comprobado su talento en el abrigo que le dio a los quince temas escogidos para ser presentados en el escenario mayor del Teatro Nacional Rubén Darío. Las tesituras protagónicas corresponden a Débora Martínez (soprano), Juan Carlos Gaitán (tenor), Marcela Alfaro (mezzo soprano) y a José Moreira (bajo). Juntarlos se debió a la estimable gestión de la Embajada de Alemania en Nicaragua.

El primer tema fue distinguido por el acento en la profecía a través del “airoso” para tenor. La fina guzla asume el tono patriarcal, no exenta de la imploración y de la adecuada calidez. La imaginación se posa en los ángulos añosos de la antigüedad para luego en el preámbulo superado anunciar con alegría el cambio del mundo con la llegada del Mesías, mientras el bajo en la profundización tonal vaticina que “la tierra se estremecerá de júbilo y los paganos temblarán de terror”. En algunos de los capítulos del oratorio puede vislumbrarse y comprobarse la iniciativa propia de Handel asumiendo posiciones independientes de los fragmentos bíblicos del fecundo diletante Charles Jenners, quien aportó no pocos libretos para el compositor. En uno de sus capítulos describe inquietudes suyas representativas de su temperamento violento que se reflejaron tanto en el volumen de su canto como en el comportamiento enfático de la orquesta acaso sobre modulada en el momento de la irascibilidad cuando son pronosticados “los efectos del fuego”. En otros dos números se hizo patente el carácter del autor en la petición de que “rompamos los lazos”, porque “también los fieles provocan la cólera divina”.

Más allá de la incursión cabe destacar la conclusión de la segunda parte con la célebre Aleluya que pone de pie a los asistentes en la rotundidad de la exaltación. El “Aleluya” que insinúa el ascenso glorioso. El triunfo del salvador en la fuga final cantado por el coro con espléndida unanimidad. Portento de diseño en la cimentación musical.

El autor es periodista.

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