¿Qué es La Ciudad de Dios? (II)

Llegamos ahora a la parte más difícil de esta presentación: la de explicar nuestra naturaleza y propósitos. Difícil porque nuestro modo de ser comunidad, aunque con infinitos antecedentes en la historia de la Iglesia, constituye sin embargo un fenómeno poco frecuente en nuestra pastoral diocesana. El término “comunidad” se emplea hoy día en la Iglesia […]

Hombres de poca fe, Dios

Llegamos ahora a la parte más difícil de esta presentación: la de explicar nuestra naturaleza y propósitos. Difícil porque nuestro modo de ser comunidad, aunque con infinitos antecedentes en la historia de la Iglesia, constituye sin embargo un fenómeno poco frecuente en nuestra pastoral diocesana.

El término “comunidad” se emplea hoy día en la Iglesia para designar realidades muy diversas, y tiene acepciones diferentes que hacen que la palabra por sí sola no tenga ya un significado preciso. Para quienes formamos parte de La Ciudad de Dios, el término “comunidad” representa sobre todo el vínculo de amor y fidelidad que tienen entre sí unos cristianos que han decidido poner sus vidas en común.

Nuestra comunidad tiene unas actividades, una organización y unas estructuras, pero lo que la define no es ese conjunto de actividades, ni esa organización o esas estructuras que mañana podrían ser distintas. Su esencia radica más bien en el tipo de relación y lazo de compromiso mutuo que existe entre los miembros que la forman. En la relación comprometida que existe entre nosotros.

“Comunidad” significa “tener en común”. Pero nosotros no vivimos bajo un mismo techo, ni en un solo vecindario, ni ponemos todos nuestros bienes en un fondo común. Lo que ponemos en común es nuestras propias vidas: Nos comprometemos a vivir de veras como hermanos y hermanas en el Señor, y por esta razón ponemos a disposición de todos, nuestras capacidades, recursos y bienes, y nos apoyamos mutuamente para llevar una vida cristiana auténtica, y para llevar a cabo la misión concreta que el Señor nos ha encomendado.

Tener en común nuestras vidas significa que todos podemos contar con los demás en todo; que ponemos el bien de los hermanos por encima de nuestro propio bienestar, que nos esforzamos por relacionarnos con verdadero amor cristiano, perdonándonos unos a otros, exhortándonos a una mayor fidelidad a Cristo.

Comunidad significa también el constituir realmente un cuerpo, un organismo que pueda vivir y actuar en unidad. Esto implica optar por un modo de vida común, de modo que las familias puedan apoyarse unas a otras, sabiendo que tienen los mismos valores y criterios para la formación de sus hijos. Implica además la existencia de un gobierno en común, donde se ejerce la autoridad en amor como un servicio a la vida cristiana de todos, para dar verdadera unidad a la comunidad y para asegurar que el llamado y la misión que Dios le ha dado se lleve adelante con responsabilidad.

Ser comunidad significa, finalmente, constituir, como cuerpo, un instrumento para la realización del plan de Dios, para hacer avanzar la obra de su Reino. Y por eso, para ingresar a la comunidad se hace un compromiso o acuerdo que especifica lo que se puede esperar de cada persona en virtud de su participación en la comunidad.

La Ciudad de Dios trata de ser lo que nuestros obispos piden ser a cada comunidad eclesial de América Latina. En línea con “Puebla” está más centrada en ser algo para los demás que en hacer algo por los demás.
Continuaremos el próximo sábado con la descripción de La Ciudad de Dios.

El autor es miembro del Consejo de Coordinadores de La Ciudad de Dios.
reflexivo33@gmail.com

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