La ignorada secuencia contra la pobreza

Todo el mundo quiere disminuir la pobreza: el gobierno, el Banco Mundial, el BID, los centros de pensamientos, los políticos, obispos, escritores, etc

pobreza, educación

Todo el mundo quiere disminuir la pobreza: el gobierno, el Banco Mundial, el BID, los centros de pensamientos, los políticos, obispos, escritores, etc. Pero sus formas de hacerlo ignoran, sorprendentemente, factores que son decisivos para combatirla. Si se examinan sus diagnósticos y recomendaciones se encontrará que suelen centrarse, casi exclusivamente, en temas como el clima de inversiones, tecnificación de los cultivos, productividad, educación, obras de infraestructura —carreteras, puertos, agua potable, energía— etc. Igual si se examinan las políticas gubernamentales. Uno encontrará programas como entrega de vaquillas, cerdos o gallinas, alimentación escolar y medidas semejantes. Si se observa a las ONG orientadas a lo social, encontraremos también programas como crédito rural, creación de talleres, distribución de semillas, construcción de viviendas y otros por el estilo.

En sí no hay nada malo con estos enfoques y esfuerzos. Todo lo contrario. La mayoría son meritorios e importantes. El problema es que nadie, o casi nadie, aborda otros factores poderosamente relacionados con la prosperidad. Como por ejemplo la conducta de los pobres. El tema salió a relucir en un artículo reciente del Wall Street Journal: The Sequence is the Secret to Sucess (La secuencia es la clave del éxito).

Su tesis es sencillísima: aquellos que primero terminan secundaria, después trabajan, después se casan, y hasta después tienen hijos, tienen mucho mayores probabilidades de superar la pobreza que quienes no siguen esta secuencia. Su autora, Wendy Wang, lo demuestra con estadísticas rotundas. Entre los jóvenes de 28 a 34 años investigados, los índices de pobreza fueron 3% para quienes completaron los tres primeros escalones, 16% para quienes completaron los primeros dos, y 53% para quienes fallaron los tres.

Más revelador aún es el hecho de que después de controlar la influencia de otras variables, como inteligencia, estatus social, raza, etc., se encontró que entre los más pobres el 80% de quienes completaban la secuencia subían a la clase media o alta versus un 44% de quienes habían fallado uno o dos escalones.

El problema, como advierte el estudio y podemos ver en nuestro propio medio, es que en las clases altas se enfatiza la necesidad de seguir la secuencia —estudio, trabajo, matrimonio e hijos— y la mayoría de sus jóvenes actúan en consecuencia, mientras que en las bajas esta enseñanza suele estar ausente. Sus miembros, actuando también en consecuencia, no completan la secuencia y exhiben altas tasas de embarazos fuera de matrimonio —cerca del 80% en Nicaragua y 50% en Estados Unidos—. Se anclan así en la pobreza y se perpetúan las desigualdades sociales.

¿Qué puede hacerse al respecto? La repuesta obvia es hacer un esfuerzo a fondo para concienciar a la juventud pobre sobre lo sabio que es seguir la secuencia. Así como existen campañas concienciadoras sobre los accidentes de tránsito, la necesidad de higiene, la solidaridad social, etc., debe haber campañas vigorosas, sostenidas y bien pensadas que, desde los colegios hasta la TV y medios de difusión, martillen constantemente esta idea. Hacerlo podría ser una de las inversiones más productivas y baratas contra la pobreza. Imaginemos el impacto económico que tendría el subir en un 10% la proporción de pobres que siguen la secuencia.

Deben también las élites profesionales y políticas dejar de ver la pobreza o el progreso como resultantes exclusivos de políticas públicas o económicas. Las conductas juegan también un papel decisivo. Ser pobre o próspero es frecuentemente el resultado de valores y decisiones personales. Hacer que todos conozcan mejor los caminos que llevan a la prosperidad es parte de la verdadera educación. Las conductas pueden cambiar cuando se ven sus consecuencias.

El autor es sociólogo.

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