La Upoli, la ciudadela universitaria que reta al orteguismo

Detrás de los portones y verjas de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), más de 500 estudiantes atrincherados demandan la renuncia del presidente designado

La Upoli se convirtió en el bastión de la resistencia ciudadana sin querer. El jueves por la mañana un reducido grupo de 50 estudiantes solo portaban pancartas, pero la represión desató el enojo. LA PRENSA/EFE/B JORGE TORRES

La Upoli se convirtió en el bastión de la resistencia ciudadana sin querer. El jueves por la mañana un reducido grupo de 50 estudiantes solo portaban pancartas, pero la represión desató el enojo. LA PRENSA/EFE/B JORGE TORRES

Detrás de los portones y verjas de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), convertida desde hace siete días en una ciudadela, más de 500 estudiantes atrincherados demandan la renuncia del presidente designado por el Poder Electoral, Daniel Ortega, quien se mantiene en el gobierno desde el 2007. «Esta será la única forma que terminaremos esta lucha», asegura uno de los líderes de los universitarios, que por seguridad se identificó como CH.

La seguridad en la Upoli, una universidad rodeada por seis barrios populares al este de Managua, cambió desde el pasado jueves, cuando un grupo de estudiantes se unió a unas protestas por la aprobación de unas reformas al Seguro Social —anuladas posteriormente por Ortega—.

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Al recinto se llega por tres calles: dos permanecen bloqueadas por unas barricadas, que aún guardan las huellas de los enfrentamientos de días anteriores: botellas quebradas, piedras, balas de goma y casquillos de escopetas y rifles, usados por los antimotines para reprimir a los universitarios.

Los estudiantes refugiados en la Upoli aseguraron que continuarían su protesta, pese al diálogo anunciado por Daniel Ortega. LA PRENSA/ WILMER LÓPEZ
Los estudiantes refugiados en la Upoli aseguraron que continuarían su protesta, pese al diálogo anunciado por Daniel Ortega. LA PRENSA/ WILMER LÓPEZ

La tercera entrada es custodiada por al menos 30 jóvenes que, luego de revisar los vehículos y la identificación del visitante —periodistas, donantes y voluntarios—, permiten el ingreso. Cargan morteros y, a su lado, hay decenas de bombas caseras molotov, que usan para defenderse de los sorpresivos ataques de la Policía.

Seguridad

Luego de pasar este primer anillo de seguridad, se llega a otro —el portón del parqueo de la Upoli—, donde unos 20 universitarios hacen una revisión más minuciosa: vuelven a preguntar a qué se llegó y piden nuevamente la identificación. Si es una ayuda pequeña se entrega ahí. Si se va en carro o camión, revisan la carga y dejan pasar los vehículos, pero franqueados por seis estudiantes, tres a cada lado. Si es un periodista o voluntario le marcan la piel con un crayón.

«No tomar videos ni fotos», es la única regla que se aplica en todo el recinto. La indicación se lee en carteles pegados por toda la universidad y se escucha cuando te llaman la atención por manipular algún teléfono móvil. Incumplir esta norma se paga con la expulsión del lugar, no importan las excusas.

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La seguridad es una obsesión entre los universitarios, pese a que el artículo nueve de la Ley de Autonomía de las Instituciones de Educación Superior ordena que la fuerza pública, es decir la Policía Nacional, solo «podrá entrar en los recintos académicos con autorización escrita de la autoridad universitaria competente», que en el caso de la Upoli sería la rectora Lydia Ruth Zamora.

LA PRENSA intentó este martes comunicarse con Zamora, pero una fuente de la administración de la Upoli, dijo que la rectora se encontraba fuera del país.

Parte de la marcha que se trasladó desde la rotonda de Metrocentro a la Upoli, en respaldo a los jóvenes universitarios. LA PRENSA/O.NAVARRETE

Hasta este martes se registran más de 30 ciudadanos muertos y más de 80 heridos tras las protestas contra el régimen de Ortega. La cantidad de detenidos por las autoridades nunca fue confirmada oficialmente por le Gobierno, pero la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH) registra que fueron al menos 90 universitarios.

Todos en acción

Hay estudiantes de casi todas las universidades del país, públicas y privadas. Según Brandon, otro de los dirigentes, en el recinto hay igualdad de género: un 50 por ciento de hombres y 50 por ciento de mujeres.

Los universitarios y voluntarios son divididos, según sus habilidades y conocimientos, en cinco áreas de trabajo: acopio de ayuda, que llega cada 15 minutos en cajas y sacos; revisión de víveres, realizada por un especialista porque, según los universitarios, ya hubo casos de intoxicación; seguridad interna; atención médica y alimentación.

Un joven es trasladado luego de ser herido por una bala en la Upoli. LA PRENSA/Cortesía/Iván Matus

Los jóvenes aseguran que no tienen líderes en esta lucha, pero en el lugar se observa que seis universitarios dirigen las operaciones e, incluso, brindan las conferencias de prensa.

Nadie permanece sentado. Siempre hay algo que hacer: unos cargan las cajas con ayuda y otros las acomodan en las aulas, convertidas en bodegas. Los que saben de medicina esperan cualquier emergencia o revisan los insumos que parecen sospechosos. «Es que la vez pasada mandaron supuestamente alcohol y era veneno», cuenta CH.

Hospital

El acceso a un pequeño hospital, creado en un edificio de tres pisos, es restringido porque se han dado casos de policías infiltrados, que han tomado fotografías de los insumos y medicamentos. ¿Para qué? Aún no lo saben.

Pero no solo hay estudiantes. También se unieron a la lucha algunos profesionales, que coordinan áreas como el hospital improvisado, dividido en cuatro secciones: observación, medicina general, emergencia y suministro. En el recinto no hay personas heridas, las que han resultado afectadas por el ataque de las turbas sandinistas y los antimotines son trasladados hacia hospitales por la Cruz Roja.

Otro equipo construye morteros y bombas molotov en un improvisado taller artesanal al aire libre. Los fabrican, aseguran, porque es la única forma de defenderse de las armas de alto calibre que ahora los antimotines han comenzado a disparar contra ellos.

Cocina y limpieza

Del otro lado de este taller hay una cocina improvisada, donde universitarias y madres de familia que se encuentran dentro de esta ciudadela preparan la comida. “No podemos dejarlos solos. Me duele saber que quizás mi hijo pueda ser el próximo en morir, en ser atacado por la Policía. Pero no puedo negarle su derecho a defender su país”, dijo Carmen, una de las madres de familia que acompaña la lucha de su hijo en la Upoli.

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La limpieza está a cargo de voluntarios y scout, quienes recogen la basura y la colocan cerca de los portones para utilizarlas como barricada junto a láminas de zinc y barriles plásticos con agua. La fachada de esta universidad ha cambiado. No es, al igual que Nicaragua, la misma que hasta hace un mes.

Entre las cinco áreas hay dos que ocupan, según Brandon, la mayor cantidad de estudiantes: seguridad y atención médica.

Turnos

Por las noches, si no hay atentados de turbas sandinistas o la Policía Nacional, los de seguridad y atención médica hacen turnos para descansar. Así también la mayoría de universitarios pueden dormir en algunos de los cuartos del internado, en sillas o en mantas en el piso de las aulas, que aún no han convertido en bodegas. Pero si les agreden, todos despiertan para contrarrestar.

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Para mantener intacto el funcionamiento de la ciudadela, cada 24 horas se realizan relevos. Es así como los estudiantes que terminan guardia en su área pueden ir a sus casas a bañarse y descansar. Nunca un puesto queda descuidado. Lo que menos hay en el recinto es risa, todo es seriedad y acción. «Es que estos momentos no son para distraerse. Esto es serio», afirma Brandon.

La organización dentro del recinto es tal que un grupo de jóvenes permanece en el edificio donde se ubica el hospital para regalar llamadas. Todo es cuestión de 30 segundos para que los estudiantes digan a sus padres o hermanos: “Estoy bien. Si pueden me mandan una recarga”. Y cortan la llamada, para volver a la acción.

El baluarte de batalla

¿Pero, por qué la Upoli se volvió la base de la lucha universitaria? Brandon, quien es estudiante de la UNAN-Managua, comenta que este recinto tiene “suficiente espacio para atrincherarse y tener el área vigilada. La Upoli, con las suficientes personas que están adentro, es una fortaleza”.

Este joven delgado, ojos color café, pelo negro y de rápido hablar, dice que en la Upoli los estudiantes se organizaron mejor. “La lucha en la UNI fue en el exterior, mientras que en la Politécnica se luchó desde adentro, usando secciones y salas. También el acceso ayudó bastante”, explica.

Los pobladores de barrios aledaños se unieron a las protestas en la Upoli. LA PRENSA/ JADER FLORES
Los pobladores de barrios aledaños se unieron a las protestas en la Upoli. LA PRENSA/ JADER FLORES

Los jóvenes se atrincheraron en un principio para demandar la derogación de las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Luego, las exigencias cambiaron: liberación de los universitarios detenidos, cesar la persecución e intimidación a la población y la destitución de funcionarios ligados a la represión, como a la comisionada Aminta Granera, jefa de la Policía Nacional; general Julio César Avilés, jefe del Ejército de Nicaragua; y Telémaco Talavera, presidente del CNU.

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«Nosotros queremos paz, pero queremos un cambio. Y es que se vaya Daniel Ortega y Rosario Murillo del poder», explicó uno de los líderes universitarios en la primera conferencia de prensa realizada dentro de sus trinchera, la mañana de este lunes.

Por el lugar no se escucha hablar de ningún partido político de oposición que los apoye. «Aquí no es cuestión de partidos, esto es movimiento universitario», dice una de las jóvenes que estudia en la Universidad Centroamérica (UCA) y que carga una bandeja con tasas de arroz aguado para repartir a quien lo desee. A su lado van dos estudiantes más con bandejas. Estos son de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y de la Universidad Americana (UAM), respectivamente. «Aquí la lucha va seguir», puntualiza al entregar el último plato de su bandeja.

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