¡Que se vayan!

Y la victoria es segura cuando el miedo se pierde. El grito que más resonó en la multitudinaria movilización del pasado 23 de abril, en Managua, fue: “Que se vayan”

La toma de las calles por la juventud universitaria, con el apoyo de la población, a raíz de las injustas medidas tomadas para solucionar la crisis del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), tomó a todos por sorpresa. No comprendíamos que, ante tantas contradicciones acumuladas y el extremo aislamiento y debilidad del régimen, la sociedad continuase indiferente y desmoralizada. El estallido social era de esperarse, pero nadie sabía cómo ni cuándo. No es que la juventud nicaragüense despertase, como por arte de magia, y tomase conciencia de la noche a la mañana, de su responsabilidad histórica. La juventud estaba atenta, presa de las dificultades económicas y la falta de oportunidades, de un sistema que ha favorecido únicamente a los grandes capitales y no les ofrece otro futuro que la emigración y el trabajo sucio en los países desarrollados o conformarse con los sueldos miserables del mercado nacional. El principal asesor económico de Ortega, Bayardo Arce, famoso por su alcohólico cinismo y fanfarronería, tuvo el descaro de aconsejar a las jóvenes nicaragüenses buscar maridos en Noruega para asegurar su futuro. Debe ser mucha la angustia existencial, la indignación y la rabia acumulada por esta juventud, para haber explotado de la manera en que lo ha hecho estos días de rebelión, de insurrección cívica nacional, hasta el punto de inmolarse.

A las dificultades derivadas del capitalismo de compadres, se suma una larga lista de agravios: los fraudes electorales, la reelección inconstitucional, la entrega de la soberanía para construir un canal interoceánico a un oscuro millonario asiático, la desaparición del Estado de Derecho y el control absoluto de todos los poderes del Estado, la violación sistemática de los derechos humanos, incluyendo ejecuciones sumarias y crímenes realizados por sicarios, la corrupción generalizada… Solucionar la crisis del INSS, esquilmando aún más los bolsillos de los asalariados y reduciendo las miserables pensiones de los jubilados, así como la reacción brutal de Ortega para ahogar la protesta, fueron el eslabón y la piedra que produjeron la chispa que encendió la pradera. Los jóvenes perdieron el miedo, se contagiaron de coraje. Y la victoria es segura cuando el miedo se pierde. El grito que más resonó en la multitudinaria movilización del pasado 23 de abril, en Managua, fue: “Que se vayan”.

Un día antes Ortega arrojó sobre la mesa una propuesta de diálogo al Cosep, con mediación de la Iglesia católica, revocando las medidas que desataron el malestar, una jugada que no guarda proporción con la dimensión de la crisis y genera profunda desconfianza. Ninguna de las partes invitadas, hasta hoy, considera que existen condiciones para un diálogo e insisten en una agenda amplia sobre las cuestiones fundamentales y en la participación de todos los actores, principalmente los estudiantes.

Esta desconfianza generalizada es consecuencia de la naturaleza misma de la crisis, que se pretende superar con el diálogo. Estamos ante una crisis general de gobernabilidad, es decir, de legitimidad para gobernar, de enormes proporciones, y no ante problemas sectoriales. La permanencia de Ortega y la señora Murillo en el poder solamente generará mayor desobediencia y rechazo, mayor violencia y mayores pérdidas materiales y económicas.

Las preguntas que debemos hacernos son la siguientes: ¿estará Ortega dispuesto a renunciar a los actuales jefes de la Policía y el Ejército, responsables de la masacre de estudiantes y de una larga lista de gravísimas violaciones a los derechos humanos de los nicaragüenses y a aceptar una Comisión de la Verdad? ¿Estará Ortega dispuesto a renunciar a los actuales magistrados de la Corte Suprema de Justicia, responsables de las reiteradas violaciones a la Constitución y supeditados totalmente a su voluntad? ¿Estará Ortega dispuesto a perseguir, juzgar y condenar a los corruptos que pululan en su gobierno y a renunciar a todo lo que él mismo se ha robado? ¿Estará dispuesto a derogar la Ley 840 y garantizar sus propiedades a los miles de campesinos que llevan años reclamándola? ¿Renunciará a seguir conculcando la autonomía de las universidades públicas y utilizando a sus maras para aterrorizar a maestros y estudiantes?

No pidamos peras al olmo. Nada de todo esto es pensable e imaginable, pues supondría que un dictador se convirtiese de la noche a la mañana en un demócrata ejemplar e impecable. El diálogo que se ha planteado y al que la Iglesia católica ha dicho estar de buena fe dispuesta a acompañar, como mediadora y testigo, no puede tener otro objetivo que el de la salida ordenada y pacífica del dictador, a través de una elecciones adelantadas, que ofrezcan todas las garantías necesarias para que el pueblo nicaragüense decida en libertad su futuro. En ese de diálogo lo que debe resonar y estar sobre la mesa es el grito repetido por los cientos de miles de nicaragüenses que marcharon en toda Nicaragua el pasado 23 de abril, rubricado con la sangre de los jóvenes asesinados: ¡Que se vayan! Y ese es el diálogo que deben apoyar los Almagro y aquella comunidad internacional, que hasta ayer mantuvieron un silencio cómplice frente a los atropellos de la dictadura.

El autor es jurista y catedrático.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: