Ortega rompió la marca

En la historia de las represiones ciudadanas, en tiempos de paz, los Ortega Murillo han superado en violencia homicida a los tres Somoza y a cualquier otro dictador. Zelaya, quien cayó en 1909, jamás mató a un solo manifestante.

Estado derecho

No hay nada mejor que la historia para apreciar la magnitud de los eventos. Ella nos da luces comparativas y sentido de las proporciones. ¿Cómo luce la reciente masacre de estudiantes, perpetrada bajo el poder de Daniel Ortega, al revisar el récord de pasados gobernantes?

¿Se acuerdan del primer Somoza, a quien la mitología del gobierno y tantos libros presentan como un tirano sanguinario? En 1944 enfrentó su peor crisis cuando tremendas manifestaciones repudiaron su afán reeleccionista. Marcharon universitarios, damas, y, finalmente, multitudes. Somoza García, amedrentado, retiró su candidatura —aunque más tarde, calmados los ánimos, volvería a las andadas—. Pero ¡ojo!, en estos disturbios no murió nadie.

¿Se acuerdan de su hijo, Luis? Con él ocurrió la famosa “masacre del 23 de julio de 1959”, cuando un pelotón GN, bajo el mayor Anastasio Ortiz, disparó sobre una marcha universitaria matando a cuatro. La fecha se convirtió en un ícono de la brutalidad somocista. Pero Luis no volvió a permitir que la GN volviera a disparar sobre los estudiantes, a pesar de que tuvo que enfrentar muchas protestas más.

¿Se acuerdan de Anastasio Somoza, el último de la dinastía? Siendo general de la GN ocurrió la masacre de ciudadanos y campesinos del 22 de enero de 1967, cuando uno de los manifestantes mató de un disparo al teniente GN Sixto Pineda, mientras este se disponía a disolverlos con una manguera de agua, y la Guardia respondió con una terrible balacera. En lo sucesivo este Somoza, al igual que su hermano y padre, se cuidó de que sus fuerzas no dispararan contra estudiantes, a pesar de las incontables protestas que también enfrentaría. Todo cambió, obviamente, tras el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro y las subsecuentes insurrecciones armadas; cuando la GN desató su furia contra miles de civiles y combatientes. Pero ahora se trataba de una guerra civil donde los dos bandos mataban.

En abril del 2018, en plena paz, las fuerzas gubernamentales atacaron a estudiantes que protestaban desarmados matando alrededor de sesenta personas, la mayoría estudiantes. Téngase en cuenta que, en Venezuela, bajo Maduro pereció un centenar de civiles en cinco meses de protestas. Bajo Ortega fueron sesenta en cinco días. Obsérvese también que estos muertos no fueron el resultado de un incidente aislado, donde pudo haber actuado el mal juicio de algún oficial, sino algo repetitivo y creciente: tres muertos el primer día y más de diez diarios los siguientes cuatro.

Lo anterior denota la presencia de una política de estado, deliberada y sostenida. El primer ejecutor directo fue el comisionado Francisco Díaz, consuegro de Ortega, y no la marginada jefa nominal, Aminta Granera. Pero Díaz jamás hubiese actuado sin las órdenes o la aprobación, expresa o tácita, de la pareja presidencial. Bastaba un telefonazo de Daniel, o doña Rosario, para decirle: “Tenga mucho cuidado de no disparar a matar”; “no usen municiones vivas”. Como hizo Granera en la Mina El Limón, en 2015, cuando ordenó a la Policía no disparar contra manifestantes que le habían matado un agente. No hay pues que escarbar mucho para encontrar a los principales culpables.

En la historia de las represiones ciudadanas, en tiempos de paz, los Ortega Murillo han superado en violencia homicida a los tres Somoza y a cualquier otro dictador. Zelaya, quien cayó en 1909, jamás mató a un solo manifestante. La conclusión es inevitable: tenemos en el poder a una pareja torpe e inhumana, capaz de eso y mucho más, y de la cual urge salir antes que siga matando y pueda convertirnos en otra Venezuela.

El autor es sociólogo.

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