Nicaragua dio y dará para más

El costo en vidas segadas es demasiado alto para arreglos cosméticos. Los asesinos deben pagar sus crímenes. Ahora tenemos un país más dividido, más peligrosamente polarizado sobre los cadáveres de tantos jóvenes brutalmente asesinados

Los celulares en manos de la juventud se convirtieron en los nuevos adoquines en la lucha por la libertad de Nicaragua.

Nadie se lo esperaba.

Apenas cinco días antes, el 13 de abril recién pasado escribí en este diario un artículo de opinión titulado ¿El país no da para más?, el miércoles 18 los acontecimientos me iban indicando que no somos una nación de vasallos sino conformada por una ciudadanía que aguantó en silencio el abuso de poder, la corrupción, el nepotismo, las injusticias sociales, las violaciones a los derechos humanos; el despilfarro en medio de la pobreza, los árboles de lata, el abuso con los fondos de los pensionados del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS); las fuerzas de choque paramilitares protegidas por la propia Policía Nacional, mejor que el estilo del fascismo italiano con sus Camisas Pardas o las juventudes hitlerianas, cuyos objetivos era sembrar el terror para que nadie se atreviera a enfrentarse al poder totalitario de esos engendros de la humanidad.

Y como telón de fondo, una voz meliflua y monótona que pretendía, como en El Libro de la Selva de Sir Ruyard Kipling, mantener adormecidos a quienes arrullaba mientras susurraba: “Confía en mí… Confía en mí”. Hasta que la conciencia estalló.

Es casi como de película lo que nos está pasando. Como una de esas con palacios oscuros que albergan fuerzas del mal, frente a los siervos de la gleba que con azadón y hoz en mano trabajan la tierra de los señores feudales, asesorados por brujos y personajes al servicio de la oscuridad. La historia de la humanidad, esa lucha permanente entre el bien y el mal está cruzando nuestra Nicaragua.

El país y la nación nicaragüenses comenzaron a dar lo mejor de sí en la lucha por terminar con la ignominia. Tenía largo rato de no ver tanta solidaridad de la de verdad, de hermanos, de compañeros en la calle, de amigos fraternales que se abrazaban como en un reencuentro después de estar mucho tiempo perdidos o ausentes.

Se equivocaron quienes pensaban que somos una nación de borregos y que podrían seguir haciendo más de lo mismo gracias a un pueblo entre adormecido, aletargado y hasta medio embrujado. Los estudiantes nos han hecho volver a vivir.
Ahora viene lo difícil.

El costo en vidas segadas es demasiado alto para arreglos cosméticos. Los asesinos deben pagar sus crímenes.
Ahora tenemos un país más dividido, más peligrosamente polarizado sobre los cadáveres de tantos jóvenes brutalmente asesinados. El “modelo cristiano, socialista y solidario” de amor, paz y reconciliación nacional basado en la violencia desde el Estado, debe terminar. La partidización de los poderes del Estado debe terminar. El uso de la Policía Nacional para agredir y no para proteger debe terminar. Y este gobierno debe terminar, así como terminó con valiosas vidas de jóvenes valientes y decididos a recuperar la libertad.

La pregunta si el país no da para más ya no es una asignatura pendiente. Quedó demostrado que sí da para más: para más espacios libertarios, para más democracia, para más libertad de expresión y movilización, para más rebelión frente al autoritarismo y la dictadura.

Nuestro destino está en las mejores manos. La Iglesia católica, la juventud, los empresarios que ya están entendidos que economía y política son indisolubles. La sociedad civil, los partidos políticos no cooptados por el régimen, el mundo académico, las organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales.

En nuestra historia los diálogos y las negociaciones han servido para fortalecer al poder establecido. El poder constituido se consolida, el que demanda, se divide y termina negociando a espaldas de las aspiraciones de las mayorías… La clave ahora es la democratización con sus beneficios.

Los personajes ahora son otros. “No será el mismo final de esta nueva tragedia”.

El autor es dirigente de CxL.

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