Primun, non nocere (Primero, no hacer daño)

Dos Nicaraguas se enfrentan hoy en las calles, en las marchas y en las puertas de algunas universidades, así como en las comunidades campesinas

Es ahora, en este mismo instante en que la solución al conflicto actual está al alcance de la mano de una sola de las partes. Si, como se teme, el gobierno Ortega-Murillo deja pasar más tiempo antes de sentarse y aceptar restituir la democracia, vamos a entrar en la fase en que los conflictos se encarnizan. Hay un momento clave de deterioro: aquel en el que empieza a ser imposible contar o nombrar a los muertos y heridos porque abundan por todos lados.

El resultado final de la revolución del Frente Sandinista de los ochenta fue permitir una democracia formal, como único medio para acabar con un conflicto sangriento. Veinte años después, el mismo comandante, Daniel Ortega, parece no haber salido del mismo cuarto en el que ha dado vueltas sin atreverse a aceptar que solo hay una puerta de salida, la misma puerta de la democracia real. No la manipulada y mentirosa en la que Nicaragua ha vivido durante estos años, con financiación venezolana y la complicidad del sector privado en mirar para otro lado.

Si el presidente juega a pensar que en la agenda de ese diálogo solo se pueden tratar asuntos de justicia social o del seguro, sin poder cuestionar su autoridad y su gobierno, jamás habrá diálogo. O si lo hay, será un diálogo con una oposición inventada o creada para su uso, como la que acude hoy en día a la Asamblea Nacional, con la mayoría aplastante del partido de Ortega y con opositores permitidos por él, como Byron Jerez. Una burla que no han sabido ni siquiera disimular.

Dos Nicaraguas se enfrentan hoy en las calles, en las marchas y en las puertas de algunas universidades, así como en las comunidades campesinas. Dos países que hasta ahora coexistían sin mirarse a los ojos, sin poder influir o controlar el abuso del poder de la familia Ortega-Murillo. La Nicaragua del pasado, con liderazgos que se vienen arrastrando desde décadas, que se otorgan a sí mismos dones mesiánicos y se creen imprescindibles. Una Nicaragua que no cree en la separación de poderes, ni en que sea necesario que un presidente se preste a contestar preguntas de periodistas independientes o que pueda ser recibido en otro país que no sea Cuba o Venezuela. Se trata de la Nicaragua que se ha conformado durante estos años a recibir los discursos-sermones de la vicepresidenta en ese tono infantil, parecido al de abuelitas y algunos religiosos, con el que se dirige a un pueblo como si fuera un rebaño de corderos.

Esa Nicaragua del pasado, que persiste en muchos ámbitos, que ampara la corrupción con la famosa frase de “así es aquí en Nicaragua”. Ese país que se acostumbra a la pobreza mantenida, a la tomadura de pelo de una educación indigna que consiste en repartir títulos para que la gente esté contenta. Ese país que se ha acostumbrado al doble discurso, a nombrar a Dios para todo como excusa, o disfrazarse constantemente. Esa Nicaragua que se ha acostumbrado a que se puedan encarcelar y matar a niños y jóvenes sin que nadie rinda cuentas. Esa que tala y quema sus bosques.

Frente a ella, la Nicaragua que se levanta en las calles, es la de los jóvenes. Es la del presente y el futuro, que quiere, de nuevo, un país en serio, y una democracia en serio. Quiere simplemente tener la garantía de que si un gobierno no funciona, se pueda cambiar sin derramamiento de sangre. Quiere tener la posibilidad de equivocarse mil veces, pero con la seguridad de que el sistema democrático le permita rectificar y no vuelva a imponerse un solo presidente o presidenta que se crean imprescindibles, tanto como para pensar que la vida de los muchachos están por debajo de sus prioridades e intereses de poder político-familiares.

Ojalá, el gobierno actual que está destruyendo y destruyéndose, acogiera como máxima la misma que se usa en medicina: Primun, non nocere. Lo primero es no hacer daño. No hagan más daño. Ustedes saben cómo detener esta tragedia. La sangre de los muchachos nos recuerda que la paz en Nicaragua vuelve a ser sinónimo de democracia. Les guste o no. No dejen que empecemos a no poder contar a los caídos ni a poder recordar sus nombres y apellidos.

El autor es periodista.

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