Desmitificaciones del sandinismo

Podemos morirnos y ya nuestros ojos vieron caer estrepitosamente la escultura ecuestre de Somoza y los arbolatas de la señora Murillo

El Siglo XXI que apenas se acerca a su segundo decenio conlleva en sus entrañas una agenda global cargada, de la cual se están desprendiendo muchas desmitificaciones y revelaciones que a la vuelta de unas cuantas décadas, parecían verdades consagradas a la eternidad y en donde desde aspectos religiosos, holísticos, científicos, políticos y culturales hasta verdades consideradas universales se están derrumbando ante el paso de la ciencia y la fragua de las nuevas realidades tecnológicas y humanas. Nicaragua, como parte de un conglomerado de naciones insertas en el debate mundial, no escapa a dichas desmitificaciones, dentro de las cuales la política es una de ellas. Por ejemplo, ante la actual crisis social causada por los reiterados atropellos constitucionales de parte del gobierno belicista de Daniel Ortega, la ciudadanía en general —no sus intelectuales ni sus historiadores—, viene por sí misma, como producto del desarrollo tecnológico, llegando a sus propias conclusiones de que no todo lo dicho por algunos profetas de turno, deba ser obligadamente una verdad eterna, en este caso, ya las calles y el sentido social de la protesta dejó de ser patrimonio exclusivo del Frente Sandinista.

Pero yendo un poco más atrás, de entre estos mamotretos y asideros mentales tercermundistas, recordemos lo dicho por el comandante Tomás Borge cuando el partido de Gobierno de los ochenta se vio obligado a negociar con la Contra, de que eso jamás ocurriría, pues primero, léase bien, primero “se caerían las estrellas del Cielo”, y a los pocos meses de dicho este inmemorable y risible disparate, ambos bandos en Sapoá estaban sentaditos y bien portados buscando llegar a consensos para poner fin a la guerra. Ninguna estrella ni ningún meteorito, ni siquiera un céntimo de chatarra espacial logró colarse en nuestro territorio.

Más allá de las alucinaciones pérfidas del comandante Borge, o del mismo Fidel Castro o Hugo Chávez, todos ellos con mesiánicas tribulaciones, lo cierto es que de la revolución cubana a la bolivariana, sandinista y todo el caserón fallido del Alba no están quedando más que fósiles dictatoriales con economías maltrechas, incapaces de ceder ante el rechazo de sus pueblos y mantenidos por la fuerza.

Le gente en Cuba quiere irse a Miami, o al menos tener un celular, en Venezuela un plato de arroz con frijoles, en Bolivia que Evo se vaya para siempre, en El Salvador el gobierno de la guerrilla por el suelo tras las últimas elecciones y en Nicaragua, con Ortega por más de 22 años en sus dos períodos, un pueblo pidiéndole que pare la represión y ya abiertamente, diciéndole que se vaya.

Lo ocurrido en Managua principalmente, y en todo el país, es un hecho social inédito. Podemos morirnos y ya nuestros ojos vieron caer estrepitosamente la escultura ecuestre de Somoza y los arbolatas de la señora Murillo, símbolos del poder de ambos. La rebelión por años esperada de una juventud sensible ante la abultada corrupción gubernamental, llegó con una marcada línea de protesta callejera, pacífica pero enérgica, que ha rechazado la insensibilidad gubernamental ante las pensiones de los jubilados del Seguro Social pero sobre todo, harta de tantos desmanes “revolucionarios” y que ahora, como en los países donde han relucido las primaveras democráticas, no cesará hasta que esta llegue.

Esta protesta en gran medida ha cambiado el rumbo de nuestra historia, los nuevos protagonistas en esta esfera naciente no son del todo el Sector Privado, cuyos vicios de poder al menos en su presidencia se asemejan a los años de Ortega en el mando.

Tampoco la clase política autollamada “de oposición” pero que en el fondo no lo es, y que empieza ya a fastidiar a la ciudadanía misma con sus discursos pueblerinos pero bajo las tetas bien pegadas a las componendas de magistraturas y beneficios de poder, manejando un discurso titubeante y timorato. Como no lo es la Iglesia católica, salvo muy pocas excepciones.

Estos enjambres y malabares de una oposición ficticia, un liberalismo inexistente, un sandinismo con una huella imborrable de errores insalvables desde los ochenta, un empresariado fofo, son mitos presentes que se desvanecen, junto a los grandes mitotes de las fallidas revoluciones del ALBA.

Lo que en una ocasión dijera el ya fallecido politólogo Emilio Álvarez Montalván, de que el sentido de la protesta social lo hegemonizaba con más fuerza el sandinismo, se desvanece ante lo ocurrido en pocos días ante esta nueva realidad. Como también se desbarranca el hecho de que la sensibilidad hacia los más pobres proviene del partido gobernante. Otro mito descalificable. Hugo Chávez le dijo a uno de sus ministros que no había comprendido a la revolución, al señalarle que a los pobres había que dejarlos como estaban pues ellos les daban el voto y la oportunidad de mantenerse ellos en el poder, inaudita desvergüenza para un pseudo líder continental.

En lo personal, y porque atañe a mi juventud y a mi generación de los ochenta, considero que el hecho de mandar a miles de jóvenes a la guerra (a la muerte) para salvar la revolución sandinista a través del Servicio Militar Obligatorio fue uno de los más grandes crímenes cometidos por los comandantes sandinistas, pues sacrificaron a tantos muchachos para sostenerse ellos en el poder y para llegar a ser parte de los engranajes del sistema de vida capitalista por el cual supuestamente luchan. En otras palabras la revolución ¿hasta dónde habría llegado sin esa sangre derramada?

Bajo esa perspectiva también todas las revoluciones liberales y conservadoras son cuestionables. Queda leer, sondear en nuestros anaqueles para advertirle a las nuevas generaciones de cuántos compinches está hecha una gran parte de nuestra historia.

Por ahora, las calles, esta vez, tienen a la juventud y a un pueblo libre en ellas. Con una primavera que entre nuestros muertos y heridos, florecerá día a día.

El autor es poeta y periodista nicaragüense.