Gatopardos al acecho

Se llama desde entonces gatopardismo a quienes “jugando su juego” se alinean sin vergüenza hacia donde la balanza del poder se incline, con el propósito de mantener su estatus, reciclarse o eludir responsabilidades

Si bien los Ortega-Murillo deben abandonar cuanto antes el poder para que inicie la democratización de Nicaragua, salta a la vista, y se debe señalar responsablemente, el peligro del arribismo politiquero, ese que se enmascara para arrebatar y adueñarse de banderas en beneficio de grupos o personajes sin arrastre que resisten abandonar el figureo.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su novela El gatopardo (1957), arroja la frase lapidaria en boca de Tancredi: “Hace falta que algo cambie para que todo siga igual”. Era la estrategia para sobrevivir ante la unificación de Italia liderada por Giuseppe Garibaldi (siglo XVIII). Semejante asunto debería conocerse en Nicaragua porque, además de historia universal y que el héroe fue huésped de Granada, los nicaragüenses rutinariamente han atestiguado la sentencia al pie de la letra.

Se llama desde entonces gatopardismo a quienes “jugando su juego” se alinean sin vergüenza hacia donde la balanza del poder se incline, con el propósito de mantener su estatus, reciclarse o eludir responsabilidades. Son los arrepentidos de último minuto, o los que nunca han dicho que se arrepienten, los que dicen no haber tenido opciones, o seguir órdenes… Son los dobles de Supermán o Mujer Maravilla, revelando la secretísima identidad de patriotas azul y blanco en uniforme recién almidonado.

En mi artículo De traiciones y amores patrioteros (LA PRENSA, 27 de septiembre, 2017) mencionaba que “La historia ha demostrado que el nicaragüense soporta injusticias…, hasta que se desborda. Cuando esto ha sucedido, la urgencia y emotividad del momento no le han permitido discernir lo más conveniente, ni encontrar mecanismos o recobrar fuerzas para evitar ser estafados. Es el drama del atrapado. Toda posibilidad parece segura ruta de escape”.

Citaba la caída de los Somoza y llegada del FSLN al poder (1979), donde “en vez de Somoza, cualquier cosa” se cumplió a cabalidad; luego el triunfo de doña Violeta Barrios de Chamorro (1990), obligada a concesiones no deseadas; Arnoldo Alemán (1996) con discurso justiciero en pocos meses pactó con sus adversarios, y etcéteras; Enrique Bolaños (2001) emboscado por los caudillos; y la nueva presidencia de Daniel Ortega (2006), asistiendo a misas cardenalicias y pidiendo una oportunidad que bandidos celebraron e ingenuos tragaron sin molinillo.

Así, comentaba: “La voluntad popular ha sido continuamente traicionada por oportunistas que a la entrada o al final se apropian de las circunstancias, conduciendo la nación hacia la próxima trampa”.

Esto me lleva a los gatopardos criollos. Entre ellos hay politiqueros, negociantes, oportunistas, aventureros… Pero en este artículo deseo referirme a excomandantes de la dictadura de los ochenta, su exvicepresidente, exjefe del ejército, exministros, exembajadores, exgenerales, excoroneles, exmiembros de la temida Seguridad del Estado, exagentes propagandísticos, exdirectores de periódicos y programas partidarios, periodistas, cantantes y faranduleros que alimentaron una época de muerte y dolor para cientos de miles de nicaragüenses, con asesinatos, confiscaciones de propiedades y negocios, robos de casas, capturas ilegales y torturas, represión de obreros, maestros y campesinos, exilios…, además de la miseria en que sumaron el país.

Para la mayoría de nicaragüenses estos personajes, ya sean generalísimamente componedores, o de “sociedad civil” con añoranzas de 1979, impulsores de la agenda LGBTI y el aborto, no nos representan. Por eso, cuando tenga éxito la salida de los Ortega-Murillo deberá ser prioritario convocar a elecciones generales, vigiladas por la comunidad internacional, para que los nicaragüenses pongan a cada quien en su lugar.

El autor es periodista. Exdirector ejecutivo del Movimiento por Nicaragua y exmiembro Grupo de los 27.