Nuestra historia

Los Somoza nunca asimilaron el gozo otorgado por la democracia. Nunca pudieron comprender los párrafos del voluminoso libro cuyos folios demuestran que el poder nunca es eterno.

Elecciones, Francisco Alvarado, Costa Rica, diálogo nacional

Situada en el desfile de los extremos una señora, madre de una flor extinta, expresa con resignada tranquilidad: “La historia se repite”. Desde la distancia de cuarenta años, 1978 y 2018 se dan un abrazo gris coincidente. No se les puede aplicar la similitud exacta pero sí la semejanza en el sistema operativo en el estilo de la rebelión en 1978 contra Somoza Debayle y en 2018 contra Ortega con la diferencia de que no hubo mucha convulsión guerrillera trazada desde la montaña en el caso del presente año en el cual sí hay mucha penetración tecnológica adversa del internet. Empero en la reaparición trágica que se dan nuevas generaciones, la demanda es la misma. El grito se identifica con el “basta ya” concentrado en el rescate de la democracia, de la libertad, de la supresión de la represión hasta el extremo de enarbolarse un “eslogan” que raudo estalló: “Somoza y Daniel son la misma cosa”.

La repetición de la historia ha sido un fenómeno que evidencia a la rutina en cuanto en que no hay hilos que se rompen definitivamente. Quedan huellas que flotan en el cetrino panorama. Tiene usted la razón le dije a la señora: “La historia se repite” y eso ocurre no solo en Nicaragua. Ese volcán menudea en el turno de la disquisición, de la coyuntura conveniente. Está comprobada la ciclicidad de los acaecimientos antagonistas en cuanto a que los nicaragüenses no hemos tenido en el curso de la historia la vigencia de los periodos alternos a través de la elegibilidad democrática exenta de la viciosa reelección, del soporífero continuismo.

Los Somoza nunca asimilaron el gozo otorgado por la democracia. Nunca pudieron comprender los párrafos del voluminoso libro cuyos folios demuestran que el poder nunca es eterno. El doctor Leonardo Argüello —el nombre de la perita señorial— totalizaba todos los requisitos para ser un presidente de la nación idóneo pero la dictadura de Somoza García no lo soportó. Apenas habían transcurrido 26 días de estar en el poder lo madrugaron con el “golpe de estado” solo por llevar los trazos de un estadista culto, ético e independiente. Pretendía darle “la vuelta al calcetín” a la tiranía y eso lo envió al ostracismo.

Somoza Debayle heredero de Somoza García salió “apaleado” en 1979. En 2018 nunca se había visto la escena en que un joven estudiante universitario llamado Lésther Alemán golpeara verbalmente —de frente a frente— a un presidente de la República para descubrir en ese momento a un inesperado fenómeno de la nueva generación antes anestesiada por el silencio. Cuarenta años después de esas dos apaleadas —una colectiva y otra personal— retornó la inestabilidad con la característica irrefutable de los hechos. Y es que cuando la arbitrariedad exhibe sus recursos contra el derecho ciudadano concomitante con el ejercicio invencible de la libertad, hay un retorno tácito a la época de los subterráneos donde la piedra fue el instrumento armado de más excitante apelación. Ese volver es lo que ahora preocupa y deploramos.

El autor es periodista.

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