La riqueza del corazón

Una realidad que está patente en el Evangelio es que una gran multitud de gente sencilla y humilde se siente atraída por escuchar a Jesús

Una realidad que está patente en el Evangelio es que una gran multitud de gente sencilla y humilde se siente atraída por escuchar a Jesús (Mc. 3, 20) porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus autoridades religiosas (Mc. 1, 22).

Las autoridades culturales y religiosas, desde el primer momento le rechazan, le difaman y acusan de no respetar a Dios: “Este tiene dentro a Satanás, el jefe de los demonios” (Mc. 3, 22). No podían aguantar las enseñanzas de Jesús porque veían que, con su palabra sencilla y veraz, revolucionaba al pueblo.

Estamos viviendo en un mundo donde lo externo, la fachada, lo que se toca y palpa, la injusticia y la mentira son valores imprescindibles y en constante auge.

Como a los letrados del Evangelio: No nos importan los sentimientos ni las intenciones. No nos importa la riqueza interior, sino las apariencias. No nos importa lo que uno es en realidad ni cuáles son nuestros sentimientos; lo que nos importa es la fachada, lo que los demás vean en mí.

Llevar una vida así supone: Vivir en un mundo de falsedad y mentira. Tener como norma de conducta la hipocresía, como eran los letrados del Evangelio. Este fue el pecado precisamente de los dirigentes del pueblo en los tiempos de Jesús: Solo se preocupaban de ser “vistos” (Mt. 6, 1), no de convertirse de corazón ni de ser fieles a las exigencias de su fe.

Solo se preocupaban del “qué dirán”; pero no de la sinceridad de su propia vida. Aparentar lo que no es, es no querer saber lo que uno en realidad es.

Vivían con máscaras y no permitían quitárselas y, muchísimo menos, que se las quitaran otros. Jesús quiso quitárselas y, por ello, le llamaron “endemoniado” (Mc. 3, 22). “Teniendo ojos no querían ver” (Mc. 8, 18). Habían renunciado a la honradez y sinceridad de la vida a plena conciencia.

Este era el pecado que Jesús llamaba “contra el Espíritu Santo” y que no tenía perdón (Mc. 3, 29). El pecado contra el Espíritu Santo es un pecado de terquedad: es el pecado del que quiere seguir en su mentira y falsedad conscientemente; es el pecado del que rechaza la verdad porque prefiere su propio engaño; es el pecado de los letrados del Evangelio: gente de mala fe.

La mentira, la fachada, la vida pendiente solo de lo externo, es la peor ofensa que se puede hacer uno a sí mismo.

Jesús, cuando le dicen ahí está tu Madre, Él responde que lo importante no es la descendencia física, sino los valores de la fe:

“Mi madre y mis hermanos son aquellos que cumplen con la voluntad del Padre” (Mc. 3, 34-35). La dignidad de una persona no está en lo físico, sino en la riqueza de su corazón.

El autor es sacerdote católico.