Dictadura verde y cambio climático

El llamado a favor de un ambientalismo autoritario fracasa en todos los niveles. Basta con contrastar los registros verdes de las democracias con las dictaduras

Hace 46 años, el profesor Jørgen Randers fue coautor de Limits to Growth, y asustó a una generación haciéndole creer el mito de que el planeta estaba a punto de quedarse sin recursos.

A pesar de haber sido totalmente derrotado, el pronóstico del profesor Randers sigue siendo igual de sombrío, pero ahora lo que teme no es la contaminación, sino el cambio climático. Sostiene que “la democracia debe ser suspendida para resolver la crisis climática” y que solo una dictadura introducirá lo que cree que son las políticas correctas y costosas.

El llamado a favor de un ambientalismo autoritario fracasa en todos los niveles. Basta con contrastar los registros verdes de las democracias con las dictaduras. De hecho, el concepto de que China es un “gigante verde” es absurdo. No menos del 86 por ciento de su demanda total de energía está cubierta por combustibles fósiles. Solo el 12 por ciento proviene de energías renovables, la mayor parte de ellas de la energía hidroeléctrica y de la madera, y no de la energía solar o eólica.

El profesor Randers y otros quieren poner fin a la democracia porque, fundamentalmente, creen que los votantes no apoyarán las políticas climáticas extremas que consideran necesarias. Eso es correcto, y no es algo malo. Las encuestas muestran que la mayoría de la gente en los EE.UU. estaría dispuesta a pagar alrededor de US$70 por persona por las políticas de cambio climático. En China, el monto es de aproximadamente US$30 por persona por año. En esencia, los ciudadanos en todo el mundo están dispuestos a gastar una cantidad modesta para resolver el calentamiento global, pero quieren invertir más en Educación, Salud, infraestructura y pobreza.

En todas las demás áreas, los defensores de las políticas que no cuentan con un apoyo generalizado se dan cuenta de que deben encontrar políticas mejores, más inteligentes y más baratas. Pero en el clima, la renuencia pública a gastar cantidades exorbitantes en políticas ineficaces, es vista como evidencia de que algo está mal en la gente. “Si no puedo hacer lo que quiero en una democracia, entonces quiero una dictadura”, es un deseo temerario. La historia está llena de dictadores que al principio parecían benévolos, pero que al final fueron tremendamente dañinos.

Los votantes actúan con sensatez si rechazan los costosos e ineficaces recortes de carbono. En lugar de cancelar la democracia, debemos considerar otras políticas. Los países deberían aumentar su gasto en I+D ecológico. Si la innovación puede hacer que el precio de la futura energía verde se sitúe por debajo del precio de los combustibles fósiles, todo el mundo cambiará. Esa es una medida que los políticos pueden vender tanto a los votantes como a las empresas. Necesitamos más democracia, no menos.

El autor es director del Copenhagen Consensus Center.