Monimbó entierra a sus caídos y los paramilitares toman el control de Masaya

Los paramilitares junto con la Policía Nacional mantienen el dominio de la placita de Monimbó y de otros sectores de la llamada Ciudad de las Flores

Paramilitares mantienen el control de diferentes departamentos de Nicaragua. LA PRENSA /EFE

Paramilitares del Gobierno desmontaron los tranques a punta de balas. LA PRENSA /EFE

El féretro de Josué Rafael Palacios Aguilera, de 33 años, no llevaba la bandera de Nicaragua, probablemente por temor. Para llegar a su última morada tenía que pasar enfrente de sus verdugos, los mismos paramilitares que el martes pasado descargaron su furia a punta de balas contra el pueblo rebelde de Monimbó, Masaya, una ciudad que permanece sitiada por las fuerzas irregulares orteguistas.

Palacios y Erick Antonio Jiménez López, de 34 años, fueron las dos víctimas a las que familiares y amigos les dieron el último adiós este miércoles. Consternación, enojo, dolor y mucha indignación fue lo que se vivió en los sepelios, donde también se exigió justicia.

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Anteriormente, la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH), había informado que en Masaya se contabilizaban 35 caídos, producto de la represión contra la ciudad durante las protestas cívicas.

Familiares trasladan el féretro de uno de los caídos el martes en Monimbó. LAPRENSA/Manuel Esquivel

Los paramilitares junto con la Policía Nacional mantienen el dominio de la placita de Monimbó. Desde el martes se han encargado de borrar todo lo que huele a la lucha del pueblo; iniciaron por izar la bandera del partido rojinegro y quitar la de Nicaragua. Posteriormente destruyeron el altar a los caídos, ubicado en una de las aceras de la Iglesia San Sebastián, el cual había permanecido con velas, flores, fotografías y cruces de los héroes de la patria. Custodian la casa esquinera que sirvió de puesto médico para los heridos, víctimas del enfrentamiento.

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También vigilan el sector del cementerio de arriba, en Monimbó. La gente circula con cautela y sin sacar celulares. Además, están ubicados en las principales entradas al barrio de Monimbó como en Países Bajos que es colindante, parque central, el sector del rinconcito, tanques de Mebasa, mientras otros paramilitares recorren las calles montados en camionetas.

El ataque más fuerte

El ataque del martes fue, según la dirigente estudiantil, Cristian Fajardo, el «más fuerte» que lanzaron contra Masaya. Jóvenes del barrio Monimbó dijeron estar dispuestos a morir por una «Nicaragua libre».

Posterior al ataque desataron «una cacería indiscriminada» contra la población, en la que fueron capturadas al menos 40 personas, denunció la presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), Vilma Núñez.

En camionetas Hilux los paramilitares recorren la ciudad de Masaya. LAPRENSA/AFP

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La Policía tiene «el compromiso de limpiar los tranques a nivel nacional al costo que sea», dijo horas antes de los ataques el jefe de la policía de Masaya, Ramón Avellán. La cuidad se había declarado en rebeldía contra el Gobierno desde que estallaron el 18 de abril las protestas antigubernamentales que reclaman la salida de Daniel Ortega y su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo.

Vivir bajo el terror

En Monimbó nadie está tranquilo con los paramilitares en las calles recorriendo el barrio. Una mujer que pidió no ser identificada relató que un grupo de hombres llegó a su casa, y le preguntaban por las personas que estaban en las barricadas. La señora, que nunca dejó de llorar y que en todo momento expresaba miedo por lo que pudiera suceder, contó que para intimidarla la golpearon en el estómago y le hicieron cortes con un bisturí en sus piernas. Las heridas frescas demuestran el horror que vivió. «Me decían puta, perra, que les dijera que quiénes eran los que estaban en las barricadas», relató, la mujer.

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Muchas otras familias en Monimbó aseguran que policías han entrado a sus casas a revisarlas, preguntando por jóvenes manifestantes o heridos. Madres y parientes de los rebeldes viven en zozobra porque no saben su paradero; debieron huir ante la furia de las huestes del presidente designado Daniel Ortega.

«Yo huí con mis dos hijos varones a otro barrio, ahí dejamos sola la casa. Mientras esos armados no se vayan, la gente no va a estar segura, porque algunos sandinistas dan nombre de personas que anduvieron en los tranques, así de sencillo”, comentó brevemente una señora del sector de Monimbó.

Los policías al igual que lo sparamilitares manejan armas de alto calibre. LAPRENSA/AFP

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La gente no quiere que se conozca su identidad, tienen miedo. Todos coinciden en decir que el ataque del martes fue horrible, y en seguida, un río de lágrimas se escurre por sus rostros. La «cacería de brujas» sigue en Masaya, y ni siquiera adentro de sus casas las personas están seguras. Nadie sabe cuándo se irá el terror vestido de azul.

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