Rubén Darío y sus virtudes humanas

El poema en que Rubén, casi al final de su vida, resume sus ideas acerca del hombre virtuoso es precisamente el que escribió, probablemente en 1915, bajo el título Ser justo y bueno

LA PRENSA/ARNULFO AGÜERO

El tema de las virtudes que deben adornar al hombre, como persona, es abundante en la obra de Darío.  No sería posible reproducir aquí todas las alusiones de Rubén a esas virtudes.  Tenemos, necesariamente, que limitarnos a seleccionar una muestra representativa del pensamiento dariano a este respecto.

El poema en que Rubén, casi al final de su vida, resume sus ideas acerca del hombre virtuoso es precisamente el que escribió, probablemente en 1915, bajo el título Ser justo y bueno.

El poema es una honda reflexión de quien sintiendo próximo el fin de su existencia, extrae de su experiencia vital el arquetipo de hombre pleno de virtudes que quizás hubiese querido ser.  De raíz profundamente cristiana, el poema es un verdadero himno de amor al prójimo, inspirado fielmente en las enseñanzas del “dulce Pastor”.

La versión que a continuación se transcribe ha sido tomada de un trabajo del académico don José Jirón Terán :

Ser justo y bueno

“Hemos de ser justos, hemos de ser buenos
Hemos de embriagarnos de paz y de amor,
Y llevar el alma siempre a flor de labios
Y desnudo y limpio nuestro corazón.

Hemos de olvidarnos de todos los odios,
De toda mentira, de toda ruindad,
Hemos de abrazarnos en el santo fuego
De un amor inmenso, dulce y fraternal.

Hemos de llenarnos de un santo optimismo,
Tender nuestros brazos a quien nos hirió,
Y abrazar a todos nuestros enemigos
En un dulce abrazo de amor y perdón.
Olvidar pasiones, rencores, vilezas…
Ser fuertes, piadosos, dando bien por mal…
Que es la venganza de las almas nobles
Que viven posesas de un alto ideal.

Hemos de estar siempre gozosos, tal dijo
Pablo, el elegido, con divina voz,
Y a través de todos los claros caminos
Caminar llevando puesta el alma en Dios.

Hemos de acordarnos que somos hermanos;
Hemos de acordarnos del dulce Pastor
Que, crucificado, lacerado, exánime,
Para sus verdugos imploró perdón”.

Para Rubén, el bien era “azul de cielo y miel del mundo” y la virtud “aliento de Dios”, “eco de celeste voz”.  En Cantos de Vida y Esperanza nos dice:

“Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el  Bien supo elegir su mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte”.

(“Yo soy aquél que ayer no más decía…”)

Aunque también está consciente de las limitaciones de la condición humana:

…”la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra”

(“Yo soy aquél…”)

Sabe que el hombre aunque huya del mal, éste le tiende mil trampas para hacerle caer:

“Huyendo del mal, de improviso
Se entra en el mal,
por la puerta del paraíso
artificial”.

 

(Poema del Otoño)


 

Nota: La versión transcrita de este poema (Ser justo y bueno)  es la que insertó el académico don José Jirón Terán en su artículo “Brotes resurrectos de Rubén Darío”, publicado en “Nuevo Amanecer cultural”, Año XIII, Nº 652, Sábado 30 de enero de 1993. 

Esta versión la tomó Jirón Terán de un artículo publicado en LA PRENSA el 24 de julio de 1965 por Boanerges Mendoza Flores, pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Nicaragua, quien a su vez lo tomó de un Boletín del año 1937 o 1938.

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