Tragedia y esperanza

Daniel Ortega perdió el poder en 1990, derrotado por Violeta Chamorro, quien agrupó en UNO (Unión Nacional Opositora) la mayoría antisandinista

Cartas al director

En varios escenarios latinoamericanos se intuyen desenlaces esclarecedores. Cuba, en trance de descubrir lo que se entienda por transición; Nicaragua bañada en sangre por un régimen que aspira a una eternidad inexistente; en Bolivia, Evo aferrado al poder que ya no tiene, y Venezuela —peor tragedia y mayor esperanza— torbellino de protestas tropezando contra una claque armada que sin embargo se viene a menos, condenada a centuplicar la crisis en la ciega espiral represiva. No entiende Maduro una sugerencia de Bill Clinton: “Cuando se está en un agujero, lo primero es dejar de cavar” (Clinton, Mi Vida) A Venezuela, con su gracia y desgracia, dedicaré con la seriedad que amerita, un artículo especial.

La Comisión Justicia Cuba ha pedido al presidente Trump que use la Ley Helms-Burton para enjuiciar al renunciante Raúl, y este quizá también quiera usarla en su desconcertante transición, que hasta ahora no es tal. El nombramiento de Díaz-Canel a la presidencia del Consejo de Estado en lugar de Alejandro Castro, podría ser un guiño a la indicada Ley que, si bien endureció la política anticastrista por el bochornoso derribo en aguas internacionales de una indefensa avioneta de Hermanos al Rescate, contempla —en sentido que quizá haya querido aprovechar el pragmático Raúl— una sustancial ayuda a un eventual gobierno de transición democrática en el cual no figuren Fidel y/o Raúl Castro.

Raúl —cosa inusual en sistemas totalitarios— renunció al trono y adicionalmente excluyó de la sucesión a su hijo, el coronel Alejandro Castro, no sé si para atenerse al supuesto de la Ley Helms-Burton, pero parece todo muy meditado. Alejandro no había sido postulado a la Asamblea, que es constitucionalmente la encargada de escoger “de su seno” al presidente del Consejo de Estado. ¿Aspirará ser Díaz Canel —sin trazas de pólvora en el paltó— un “changeup” (“cambio de velocidad”) jefe de una transición sin Castro alguno a la vista?

Daniel Ortega perdió el poder en 1990, derrotado por Violeta Chamorro, quien agrupó en UNO (Unión Nacional Opositora) la mayoría antisandinista. Fue derrotado en esa ocasión y en tres campañas electorales, debido a la unidad del pueblo de Rubén Darío. Tan evidente es que no podría contra un adversario unido, como su obsesiva vocación de mando a cualquier costo. Si no dividía a la disidencia democrática, estaría reducido a la impotencia. Registrando los arsenales de la bellaquería dio con el expresidente Arnoldo Alemán, quien puso en sus manos la Corte Suprema de Justicia y rompió la unidad. Manipulando rivalidades de sus contrarios y violando mil veces la Constitución y los derechos humanos, Ortega pretende eternizarse a lo Fidel, Chávez-Maduro y Evo Morales. Pero la unidad, esta vez nacional, lo tiene contra la pared.

Evo se colocó a la vera de Chávez. Atraído por la prodigalidad del comandante lo acompañó deslumbrado por su caudillismo tribal e inmensa fortuna, hoy evaporada. En contraste, el pensamiento democrático se ha ido alineando en su contra, dinamizado por su desmedida ansiedad reeleccionista y su obtusa dependencia del modelo dictatorial que el mundo rechaza.

Observen el regreso al proscenio del expresidente Carlos Mesa, hombre nada polémico ni cuando pudo serlo en su mandato como sucesor constitucional del renunciante Sánchez Lozada. ¿Su ventaja será la de una bicicleta colándose entre desinfladas gandolas? Una encuesta —por ahora una— coloca a Mesa dos puntos por debajo de Evo, y 16 por arriba en el balotaje. Impresionante el informe de la Consultora Mercados y Muestras.

¿Repetirá Morales la sangrienta respuesta de Nicaragua y Venezuela? Vamos a ver, dijo un ciego. (©FIRMAS PRESS)

El autor es abogado y escritor venezolano. *@AmericoMartin

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