Rubén Darío reconocido poeta y profeta de la fecunda raza hispanoamericana

Lleva razón Carlos Martín cuando afirma de Rubén: “Él representa, siente y expresa a todo el Continente, con algo de latino, de ibérico, de hispano, de aborigen, de europeo, en una palabra, de mestizo americano”

Rubén Darío, Nicaragua

LA PRENSA/ISTOCK

Si en la figura del “salvaje y aguerrido” Caupolicán Darío descubre el paradigma de “la vieja raza”, en su poema Tutecotzimí lleva a cabo, como lo ha señalado Pablo Antonio Cuadra, “la primera incorporación del indio a nuestra poesía culta nicaragüense y esa incorporación la realiza para elaborar un mensaje contra la tiranía, la violencia y la guerra”.

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Con Rubén, y por Rubén, el mestizaje deja de ser considerado un estigma para transformarse en motivo de afirmación y orgullo.

Y es que si en alguien el mestizaje adquiere su plena dimensión universal y nos muestra todas sus potencialidades creadoras y renovadoras, es en el mestizo Rubén Darío, cuya misma personalidad tenía cierta grandeza y dignidad de enorme indio chorotega.

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Su condición de mestizo no le impide cantar a España, hasta el punto de que los vibrantes hexámetros de su Salutación del Optimista están reconocidos como “el homenaje más grande hecho por la América joven a la España eterna”, según la máxima autoridad de la crítica literaria española, don Marcelino Menéndez y Pelayo.

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Justamente, Rubén es reconocido como poeta y profeta de la raza hispanoamericana, de las “ínclitas razas ubérrimas”. Los Cantos de Vida y Esperanza representan la más alta expresión de ese singular magisterio dariano.

Hay en ellos una profesión de fe en el destino de nuestros pueblos, un nuevo evangelio de esperanza y un clamor por la preservación de nuestra independencia e identidad cultural, entonces amenazadas por el expansionismo norteamericano:

“…Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del grande Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
“Yo no estoy en un lecho de rosas”; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español”…

Lleva razón Carlos Martín cuando afirma de Rubén: “Él representa, siente y expresa a todo el Continente, con algo de latino, de ibérico, de hispano, de aborigen, de europeo, en una palabra, de mestizo americano”.

Darío asumió, con plena conciencia, su alta misión de poeta continental, vate por excelencia de las angustias y esperanzas de los pueblos hispanoamericanos.

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América, con sus miserias y sus glorias, penetró profundamente en la mente y el corazón del poeta, al grado que a su muerte Juan Ramón Jiménez pudo decir:

“Sí. Se le ha entrado
a América su ruiseñor errante
en el corazón plácido. ¡Silencio!
Sí. Se le ha entrado a América en el pecho
su propio corazón”.

Darío fue uno de los primeros intelectuales del continente en reconocer la riqueza del aporte indígena a nuestra cultura y fue persistente en el propósito de rescatar ese “otro lado” de nuestro ser.

*Escritor

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