El gran amor de los medianos

Yo no hablo de altos cargos. A esos se les supone niveles de fidelidad personal a los dirigentes y enormes gargantas para tragarse sapos

Muchas de sus historias caerán en el olvido. Y algunas sólo habitarán en la memoria de sus más cercanos. Muy pocas correrán la suerte de contarse en forma de novela, como quiso hacer Saramago con aquel obrero de una fábrica de armas que saboteó la munición para que no matara a nadie. Fue la historia que dejó sin acabar al morirse.

Yo no hablo de altos cargos. A esos se les supone niveles de fidelidad personal a los dirigentes y enormes gargantas para tragarse sapos y sonreír mientras se cometen injusticias a todas luces.

Jueces que admiten pruebas fabricadas, o policías que redactan informes para la ficción que construye día a día el consuegro de los Ortega Murillo al frente de la Policía.

Hablo de los cargos medios, y de los de la base. Hay algo de gesta silenciosa cuando una mujer o un hombre cualquiera se levanta sin aspavientos y dice sin gritar una de las palabras más difíciles: No.

Sin haberme visto en situaciones similares, no me atrevo a opinar sobre los miles de funcionarios, policías, militares y otros servidores públicos que, a sabiendas de las violaciones de derechos humanos que se cometen cada día, miran para otra parte y cumplen con el trabajo de engranar el régimen autoritario de los Ortega-Murillo. Sé que hay familias detrás, razones de peso, deudas sin cuento, compromisos, incluso dudas, muchas noches de dudas. Y sé también que cada uno carga con su cruz de cobardías. Y que en muchos casos está la vida misma de los más queridos por delante.

Por eso quiero hablar de esos otros y otras que han dicho que no. Los que discretamente han dejado sus puestos y han preferido mirar a la cara a los que aman cuando pase toda esta pesadilla.

Esos que nutren la palabra dignidad para pronunciarla sin que caiga muerta de los labios. Y sé que no es fácil. Yo les juro que no sé si podría. Es tan difícil ponerse, por ejemplo, en la piel de un joven al que le ofrecen dinero y un AK para “ir a defender al comandante”, o en la de esos policías que deben redactar los informes, maquillando y ocultando gran parte de la verdad.

Pero también han dicho que no fiscales, funcionarios de distintos ministerios, policías, militares, y otros servidores públicos. Y poco a poco, serán más, muchos más, cuando la vergüenza venga en una forma de calor a las mejillas y en una forma de dolor a las entrañas.

Las puertas del Chipote han sido testigos de ese enorme dolor hasta que la vergüenza era tanta que el comandante mandó a encubrirlo corriendo literalmente a las madres de jóvenes detenidos y desaparecidos.

La novela de Saramago iba sobre un hombre mediano que decidió no colaborar en matar a más gente. Hacía bombas huecas con una nota dentro que decía: “Esta bomba ya no matará a nadie”. En la situación actual de miedo y represión que ha generado este liderazgo nefasto de los Ortega-Murillo, expreso aquí mi admiración y respeto por cada soldado, cada policía, cada joven, cada funcionario, cada sanitario, que ha sabido pararse, dejarse despedir o renunciar al ver la sangre de jóvenes a manos de este régimen.

Ustedes han realizado un acto de valor inmenso. Oscar Romero decía que una orden inmoral nadie tiene que cumplirla. Y en las circunstancias actuales, no se me ocurre mejor forma de amor por una idea, por su gente y por sus sueños. Sé que ahora no les consolará saberlo, pero de esas decisiones, depende el futuro de todos nosotros, como seres humanos.

El autor es periodista.
@sancho_mas