La esquizofrenia política y moral

No obstando esta obviedad, frecuentemente ocurren confusiones incluso en los medios de difusión internacionales (democráticos)

Entre amplios grupos de nuestra región prima —todavía— la convicción de que el futuro yace inexorablemente en la revolución socialista (real, o discursiva). Para estos convencidos, los líderes de tales revoluciones, o sea, este tipo de revolucionarios (tanto los que luchan heroicamente, como los que triunfaron y se corrompieron) son invariablemente seres excelsos. Tal idolatría está particularmente arraigada en ese heterogéneo conglomerado llamado en general “la izquierda”, pero no es exclusiva de ella. Esta observación no es reaccionaria, ni cuestiona toda revolución, a veces necesaria y justa ante la opresión. Pero (a diferencia de las creencias febriles) hay que señalar algo obvio: es falso que las revoluciones sociales son ineludibles y que siempre salen bien, pues a menudo crean sistemas indeseables.

Abundan los ejemplos: la revolución chavista, la sandinista (1979-1990), el esclerótico régimen cubano. Además, debemos diferenciar entre los orígenes legítimos de una revolución y su posterior desarrollo. Igual reflexión se aplica a los revolucionarios: no confundamos su justa rebeldía inicial con sus acciones desde el poder.

No obstando esta obviedad, frecuentemente ocurren confusiones incluso en los medios de difusión internacionales (democráticos): estos aceptan implícitamente que un sujeto “se maleó” porque “dejó de ser revolucionario”, o sea, cuando se apartó de los parámetros publicitados por determinada revolución, aun cuando esta haya sido un fracaso económico, ético y político, y aun cuando dicho “exrevolucionario” participó siempre en acciones condenables.

Algo similar hacen los críticos que —por diversas razones— todavía ensalzan a las revoluciones antidemocráticas, evitan señalar las antiguas raíces del mal, o las justifican y maquillan, mientras lamentan hoy las prácticas que desde antaño practicaba algún excamarada. Estos convenientes “arreglos” de la realidad estimulan a determinados individuos para alardear de sus hazañas a los cuatro vientos y creerse absueltos moral, histórica y legalmente con la frasecita “yo soy revolucionario”. Muchos les creen y aceptan semejante despropósito como una suerte de bálsamo de Fierabrás jurídico y moral que les dará impunidad e indulgencia plenaria ante la historia. Es una suerte de esquizofrenia ético-política, distorsionante de valores y realidades.

Afortunadamente, los tiempos cambian. En muchos países funcionan comisiones de la verdad, e instituciones independientes que velan por los derechos humanos. El Derecho Internacional Público (DIP) avanza, mientras el viejo argumento de la soberanía absoluta envejece y simultáneamente va fortaleciéndose el sentimiento universal de que la soberanía no escuda a los gobiernos que atropellan a los pueblos. Determinados crímenes, claramente definidos, son imprescriptibles a la luz del DIP. Este es uno de los efectos positivos de la globalización: la universalización de los principios generales de la justicia y del Derecho, nacido (a despecho de muchos) de las entrañas de las culturas de Occidente. Por ello el argumento-excusa “yo soy revolucionario” va poco a poco transformándose en una expresión patética e inútil, cuando con ella se trata de justificar acciones repudiables y punibles.

En contraste con esa clase de revolucionarios supuestamente invulnerables a la ley y al veredicto de la historia, sin duda existen los verdaderos héroes y guías: aquellos que creen en la emancipación personal y social —sin tutores ni imposiciones— como lo señalaba Kant; héroes y guías que ven el devenir de sus pueblos como un reto a enfrentar con los esfuerzos deliberados y permanentes para establecer la libertad, la justicia y la verdad. A estos héroes se les debe seguir y rendir tributo, sin idolatría pero con reverencia y gratitud. Aquí calzan los jóvenes que alzan su voz en Nicaragua.

El autor es Doctor (Ph. D). en Estudios Internacionales.

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