Tierra sin ley

La ley en Nicaragua pasó a ser parte de la nostalgia, y todo el sistema vinculado a su aplicación se ha convertido en un instrumento volcado

Cartas al director

Nicaragua se ha convertido en una tierra en donde el caos, la impunidad y el cinismo imponen el terror a sus habitantes para facilitar el trabajo de sus gobernantes en la búsqueda y pregonar de la normalidad, tan deseada por todos, pero percibida de diferentes maneras según el lado de la realidad en la que nos encontremos.

La privatización, servilismo político y ridiculez de la Policía la ha llevado a un nivel de desconfianza popular tal, que para la mayoría de los habitantes es más confiable cualquier chisme originado en una parada de buses o en un callejón de mercado que cualquier comunicado emitido por este órgano represor para justificar la captura y tropelías cometidas en contra de los ciudadanos que osan expresar su descontento hacia su máxima autoridad.

Nuestro país es hoy una tierra donde los forajidos, con el beneplácito de las autoridades, imponen el terror para amedrentar, vapulear, desestabilizar y castigar a quienes contrarían los caprichos y gustos de sus patrones, dando lugar a una de las mayores contradicciones, ya que sus jefes aseguran que esta “calma y tranquilidad” de la que ahora “gozamos” solo es posible con la ayuda de estos fieles enmascarados servidores del amor, quienes sin embargo imponen tanto terror que todos preferimos encerrarnos temprano en nuestras casas antes que arriesgarnos a recibir un recado amoroso de estos voluntarios en nombre del comandante y la compañera.

La ley en Nicaragua pasó a ser parte de la nostalgia, y todo el sistema vinculado a su aplicación se ha convertido en un instrumento volcado a conseguir los objetivos de perpetuación en el poder de una pareja que no mide riesgos ni consecuencias y cuyas directrices son cumplidas a cabalidad sin importar que las acciones, decisiones, veredictos y sentencias estén fuera de toda lógica.

La ley no debería esconderse detrás de una máscara ni escudar la ilegalidad de los partidarios de un gobierno bendecido con un 70 por ciento de la aceptación popular. En tal sentido, ahora los papeles se invirtieron y la justicia impone sentencias sin venda en sus ojos y con una pesa alterada, y aunque sigue siendo representada por una mujer, todos sabemos qué dama la representa en Nicaragua.

Esta situación ha llevado a tal descomposición que hoy portar una capucha da más autoridad que un uniforme, un chip, un grado en el hombro o un rango dentro de la Policía.

Y si usted amigo se defiende al ser atacado por alguien portando esta “heroica” vestimenta se arriesga a ser detenido y a activar todo el andamiaje estatal porque el héroe solo estaba cumpliendo su deber deteniendo un terrorista que representa un peligro para los planes de la pareja.