Un hombre sencillo y ejemplar

“Para los nindirises era familiar la figura menuda de don Pánfilo Ramos, en su ir y venir rapidito hacia la iglesia o para visitar las chozas y cumplir entre los pobres las obras de misericordia”.

Cartas al director

Don Mario Fulvio (Espinoza) escribió una vez: “Para los nindirises era familiar la figura menuda de don Pánfilo Ramos —con su cotona blanca de manta, pantalón azul de dril y sombrero de palma—, en su ir y venir rapidito hacia la iglesia o para visitar las chozas y cumplir entre los pobres las obras de misericordia”.

Recuerdo a don José Pánfilo Ramos —mi abuelo—, quien con sus ojos tenues y cansados por el andar del tiempo erguía su frente al cielo inmenso para pedir permiso a su creador para comenzar el día a día.

Al sonido del tren de la mañana, ataba sus caites, con machete en mano, su sombrero, su zurrón y su calabaza, caminaba al campo, donde sembraba frijol, maíz, y cultiva flores entre gencianas y gladiolas para adornar la tumba de su madre y sus seres queridos todos los 2 de noviembre.

Nació el 8 de septiembre de 1894, bajo hechos curiosos: fue el último año bisiesto del siglo XIX, Nicaragua se adhirió al Pacto de Amapala formando la República Mayor de Centroamérica. En Corinto desembarcan los marines norteamericanos. Nicaragua otorga una franquicia para la construcción del ferrocarril desde el Lago de Nicaragua recorriendo la costa del Pacífico.

A la edad de 16 años fue testigo de la visita del cometa Halley, me comentaba que ocurrió un eclipse total el 23 de mayo de 1910, el pueblo de Nindirí se atemorizó tanto que a las 12 del día se dirigieron a la iglesia a pedir perdón a Dios por sus pecados ya que el eclipse posibilitó una visión espectacular y a la vez apocalíptica del cometa; mi abuelo me comentaba que una bola de fuego con una gran cola trazaba todo el cielo que iba de un lado a otro lado como una llamarada de fuego y que desaparecía en las mañana así estuvo como por tres meses.

Don Pánfilo se enfiló en las fuerzas del general Benjamín Zeledón, participando en las batallas de Tisma, Tipitapa, Managua y Masaya. Interesado por este acontecimiento le pregunté, abuelito, ¿y cómo murió Zeledón? Con una sonrisa picaresca me dijo: “Por el caballo”. Impresionado le dije: ¡Cómo! Si él tenía un hermoso caballo blanco. Es que —replicó— las tropas le dijimos: General no monte ese “caballo” que todo mundo lo conoce. Él sonrió, salió a galope con otros compañeros y cerca del caserío de la Hoja de Chigüé lo mataron.

¿Y entonces?, le pregunté: ¡Ya viste! por el caballo blanco lo mataron.

Su mamá, doña María Indalecia Ramos fue muy religiosa, le enseñó todos los dogmas de su fe católica, por lo que en 1936, por renuncia del sacristán don Wenceslao Martínez, mi abuelo tuvo que aceptar de manera “interina” la sacristanía de la iglesia, y así continuó durante 65 años, hasta su muerte, viendo pasar muchos curas entre los que él recordaba al padre Chemita, a don Chico Aranda, y al padre Rodolfo Hernández.

A sus 90 años don José Pánfilo fue declarado Hijo Preclaro de la Iglesia católica. Cumpliéndose sus cien años se le declaró Hijo Dilecto de Nindirí y en el año 2000 Personaje Municipal del Siglo.

Además tuvo otras condecoraciones de orden político y social, fue nombrado juez Suplente Local de Nindirí y luego juez Local del Municipio por muchos años.

Toda su vida fue dedicada al servicio de los demás, a su pueblo, a su fe y sobre todo a su familia. Fue siempre un ejemplo digno a seguir, lo que hace de José Pánfilo Ramos, mi abuelo, un hombre ejemplar.

Lo recuerdo sentado en su silla leyendo su Biblia, de día, tarde y noche, escuchando las noticias matinales de la Corporación, los cuentos de Pancho Madrigal y Lencho Catarrán. Por la noche, antes de acostarse se arrodillaba y le oraba a su creador.

El autor es promotor del turismo rural en Nicaragua