A medio siglo de su muerte, México recuerda a León Felipe, poeta del exilio español

En el poema Escuela, el poeta, fallecido un día como hoy hace medio siglo, rememoraba algunas de sus vivencias en el país donde había "llorado, gritado, protestado" y se había "llenado de asombro"

Vista general de la escultura en honor al poeta español León Felipe en el bosque de Chapultepec, en Ciudad de México (México). LA PRENSA/EFE/Sáshenka Gutiérrez

«Llegué a México montado en la cola de la Revolución. Corría el año 23». La huella de León Felipe, autor de estos versos, pervive en este país que lo recuerda hoy, 50 años después de su muerte, como un símbolo del exilio español y un puente entre las dos naciones.

En el poema Escuela, el poeta, fallecido un día como hoy hace medio siglo, rememoraba algunas de sus vivencias en el país donde había «llorado, gritado, protestado» y se había «llenado de asombro»: «He presenciado monstruosidades y milagros: aquí estaba cuando mataron a Trotsky, cuando asesinaron a Villa», escribió.

Felipe Camino Galicia de la Rosa (Tábara, Zamora, 1884), como se llamaba en realidad, se adelantó a los poetas, narradores, científicos e intelectuales que desembarcaron en México tras la Guerra Civil española (1936-1939).

Armado con una carta de su amigo Alfonso Reyes y tras pasar por Guinea Ecuatorial, llegó a México, donde trabajó como bibliotecario en Veracruz.

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Posteriormente estuvo en Estados Unidos y regresó a España poco antes de que estallara la Guerra Civil, lo que lo llevó, de nuevo, a asentarse en 1938 en México, con el apoyo de la Casa de España.

A diferencia de otros colegas, su bagaje viajero hizo que no llegara al país «como un derrotado» (pese a que siempre mostró su apoyo al bando republicano), porque «ya había salido antes» de España, afirma el escritor y crítico José María Espinasa.

El también director del Museo de la Ciudad de México argumenta que León Felipe «después encarnó ese exilio, pero no tuvo la parte trágica; no salió caminando por los Pirineos hacia Francia o tomando un barco hacia Marruecos».

Una vez llegó al país -en una especie de «avanzada de un exilio que todavía no se dibuja como tal»- pudo, en cierta forma, «aclimatarse» y posteriormente se volvió «una presencia casi tutelar entre los que forman el exilio español».

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«Fue muy importante el papel que desempeñó a la hora de recibir a los exiliados, como puente entre los españoles y los mexicanos», coincide el profesor investigador del Colegio de México James Valender.

El académico señala a Efe que aunque el exilio acabó plasmado en el corazón de su obra, León Felipe supo «ampliar su poesía para hablar del hombre en general, del destino del hombre, no sólo del español en particular; en este sentido, escribió una poesía universal».

Lo hizo de la mano de «temas eternos» para los poetas como son la reflexión sobre «el sentido de la vida o la relación con una posible divinidad», apunta el especialista en literatura del exilio español y en la Generación del 27.

Se dice que el poeta alcanzó mayor gloria en tierras mexicanas que en su propia patria. Sea verdad o no, lo cierto es que su recuerdo adquiere una forma tangible en México, donde su nombre ha sido utilizado para nombrar centros educativos y calles, y su figura se puede encontrar en lugares emblemáticos.

Entre ellos, el bosque de Chapultepec, uno de los pulmones de la capital, donde entre los árboles, a ras del suelo, descansa una escultura creada por Julián Martínez, quien lo inmortalizó sentado con sus gafas, su bastón y un libro en la mano derecha.

Y en la pasada edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más grande de las letras hispanas, el invitado de honor, Madrid, empleó el título de uno de sus libros como lema: «Ganarás la luz».

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Durante sus años en México, adquirió fama la tertulia que él encabezaba en el café Sorrento, dentro del Hotel del Prado de la capital, que más tarde se derrumbaría por el potente terremoto de 1985. También era conocida su forma de recitar poesía, en un tono teatral y profundo.

León Felipe, quien también ejerció como traductor de Walt Whitman y T.S. Eliot, se convirtió en «el poeta símbolo, más que Luis Cernuda, Emilio Prados u otros poetas que habían venido acá por el exilio», defiende Espinasa.

Y rememora un fragmento de uno de los poemas más célebres del autor, que interpelaba al dictador Francisco Franco: «Tú te quedas con todo, y me dejas desnudo y errante por el mundo… mas yo te dejo mudo… ¡Mudo! Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción?».