Nada de qué hablar con Trump

A principios de septiembre, Ortega reveló a la televisora francesa France 24 su interés de hablar en la ONU con el mandatario estadounidense

presos políticos, Nicaragua, crisis, protestas

El embajador de los Estados Unidos (EE.UU.) ante la OEA, Carlos Trujillo, desinfló el globo de la ilusión que tenía Daniel Ortega de hablar con el presidente Donald Trump, aprovechando su próximo viaje a Nueva York para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

A principios de septiembre, Ortega reveló a la televisora francesa France 24 su interés de hablar en la ONU con el mandatario estadounidense, no solo en nombre de Nicaragua sino por toda América Latina. La respuesta se la dio el embajador Trujillo este lunes, al declarar categóricamente a medios de comunicación hispanos de Miami que “el Gobierno de Estados Unidos ha dicho que ellos (el régimen Ortega-Murillo) tienen que parar de violar los derechos humanos. Cuando paren de violar los derechos de los nicaragüenses, los secuestros, las torturas, en ese momento sería útil tener una conversación. No hay nada qué hablar mientras que en Nicaragua sigan los paramilitares violando los derechos humanos”.

En su justificación de la brutal represión de las protestas pacíficas y la rebelión cívica del pueblo, Ortega ha acusado a EE.UU. de promover un intento golpista contra su gobierno a pesar de lo bien que le ha servido como muro de contención del narcotráfico, el tráfico de migrantes ilegales y el terrorismo internacional.

Ortega basa este cuento en lo que decían sus lavadores de cara en Washington, que el Gobierno de los EE.UU. estaba satisfecho con esos supuestos servicios del régimen orteguista, así como con su alianza con los empresarios y su política facilitadora de los negocios capitalistas. Y agregaban que por eso a EE.UU. no le importaba que Daniel Ortega violara los derechos humanos, que se mantuviera en el poder mediante fraudes electorales, que socavara las instituciones de la democracia y practicara una escandalosa corrupción.

Pero la verdad es que en ningún momento el Gobierno de EE.UU. declaró tal apoyo a Ortega. Más bien, tanto en la Casa Blanca como en el Congreso hubo reiteradas críticas e inclusive sanciones al régimen orteguista, no solo por la perversión del sistema democrático y las violaciones a los derechos humanos y la corrupción, sino también por su asociación con la narcodictadura de Venezuela y el apoyo a las anexiones de Rusia en Crimea y el Cáucaso.

A mediados de marzo de este año, apenas un mes antes del estallido de la rebelión cívica contra la dictadura, la embajadora de EE.UU. en Managua, señora Laura Dogu, advirtió en una conferencia que dictó a los gremios empresariales del país que las perspectivas de Nicaragua eran inciertas, en primer lugar por el rumbo que estaba llevando el país.

Es obvio que EE.UU. no estaba de acuerdo con ese “rumbo” incierto y la deriva dictatorial de Ortega, quien se ha equivocado al creer que puede hablar con el presidente Trump y convencerlo de que le ayude a retomarlo. Ese rumbo está perdido, sin posibilidad de regreso. Con quienes tiene que hablar Ortega para sacar el país de la crisis es con los nicaragüenses, en el Diálogo Nacional, donde debe aceptar un plan para el retorno del país a la democracia.