¡Qué miedo!

¿Qué se piensa que come Maduro en Miraflores: caraotas negras y arepas todos los días? Cualquier mesa de quesos y fiambres en las residencias de Diosdado Cabello

Nicolás Maduro, el dictador venezolano, de recolecta por el oriente recaló en Turquía, salió de paseo con su esposa por Estambul y almorzó en el restaurante más famoso del país, atendido por su propio dueño. Comió carne muy bien condimentada y pagó —dicen que pagó— algo más de 500 dólares por los dos: él y ella.

No es tan caro para tratarse del mejor; los hay muchos más caros y entre sus clientes hay presidentes y gobernantes de rangos menores. Son invitados o pagan con el dinero de los contribuyentes. Lo pagamos nosotros. No se trata entonces de una novedad, pero en el caso de Maduro se ha armado flor de escándalo. Me sorprende. Me anonada.

¿Qué se piensa que come Maduro en Miraflores: caraotas negras y arepas todos los días? Cualquier mesa de quesos y fiambres en las residencias de Diosdado Cabello, de los generales, de los ministros, jueces supremos, y allegados rojos rojitos, superan largamente los 500 dólares y muchos más.

Lo que duele es la bofetada al pueblo venezolano al que este señor mata a hambre. La burla. Esa parece ser la explicación. Pero Maduro los mata de otras formas también, los tortura, los obliga a emigrar, los mete presos, los prescribe, los roba. Les roba todo. Y además se burla cada vez que sale a la TV, hace declaraciones o arenga a su gente.

Cuando se señala la luna los tontos miran el dedo, pero es a la luna a la que hay que mirar. El caso, por ejemplo, de las declaraciones del secretario general de la OEA, Luis Almagro, sobre eventual intervención militar.

Almagro sin pelos en la lengua ha desnudado y denunciado la dictadura venezolana. Ha demostrado que la OEA puede ser digna y que tiene instrumentos para exigir que sus principios —los democráticos y liberales— sean respetados. No se lava las manos. No dice que está atado. Recuérdese el triste papel de José Miguel Insulza. Pero Almagro resucitó la OEA. Y para colmo un hombre de izquierda, canciller del gobernante Frente Amplio uruguayo, socialista y progresista. Una cuña del mismo palo.

Estaban esperando que pisara el palito; y Almagro lo pisó: dijo la mala palabra o algo parecido. Él aclaró el alcance de sus declaraciones, pero ya estaba juzgado. Es posible además que se haya “embalado”: en la frontera ante las víctimas de la dictadura, se le puede haber ido un poquito la lengua.

Rápidamente el Partido Comunista uruguayo pidió que se lo echara del Frente Amplio (Almagro fue electo senador por el grupo del expresidente José Mujica, de quien fue su canciller). El gobierno uruguayo, tan lerdo para algunas cosas, de inmediato, en una especie de función que cumple de legitimizador de la dictadura venezolana, sacó un comunicado, muy pobre, haciendo gárgaras contra la intervención. Maduro y su gobierno lo denuncian en la ONU.

Lo venían preparando.

Nadie debería extrañarse. Lo que sí sorprende y da pena es la actitud de algunos mandatarios que salieron a como rasgarse las vestiduras. Solo vieron o solo quisieron ver el árbol y mirar el dedo.

Almagro en su respuesta al planteo de los comunistas uruguayos no dejó dudas: “Un niño por día se muere de desnutrición en Venezuela, eso es una campaña de exterminio, ¿eso es lo que defienden? ¡Por favor! Defienden dictaduras, defienden opresión, defienden represión, defienden tortura, defienden a los torturadores, defienden a los asesinos, defienden a aquellos que violan a los presos políticos».

Para que se tome nota: Almagro mostró el bosque y luna. Agregó, además, «no sean ridículos, no sean imbéciles».

El autor es periodista uruguayo. Fue presidente de la SIP.

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