Nostalgia por doña Violeta

El mejor tributo que podemos hacerle es comprometernos a defender su legado; a no permitir que el camino democratizador y humanista que emprendió esta mujer sencilla y amorosa, quede destruido por los trogloditas de hoy

Es inevitable: que el amor y cariño por doña Violeta vaya acompañado también de una hiriente nostalgia. Al recordar su conducta como presidente es imposible no exclamar: ¡qué diferencia!, ¡qué contraste, entre su gobierno y el actual!

Bajo ella solo brilló la bandera azul y blanco. Rompiendo con una funesta tradición política, decretó que las fuerzas armadas fuesen en adelante nacionales y no partidarias, y que sus jefes fuesen relevados cada cinco años. Vale recordar un extracto de su discurso al respecto:

«Al ejército no debe importarle que gobierne un partido u otro, que el presidente sea verde o rojo, de centro, derecha o izquierda, sino que sea electo popularmente, honestamente y de acuerdo con la ley… Si toma partido en la política, se convierte en un partido armado…»

Sin usar la verborrea del amor, doña Violeta practicó, como nadie, un ánimo pacifista y conciliador. Heredó un país profundamente dividido con dos bandos armados, pero logró la paz a través del diálogo y la negociación paciente.

Nunca recurrió a la violencia. Y eso que tuvo que enfrentar cuatro asonadas mayores —y muchas de menor calibre— en que turbas del FSLN trancaron con barricadas calles y carreteras. En una quemaron la Alcaldía de Managua y varios camiones de la comuna, en otra mataron al policía Saúl Álvarez.

Mas nunca mandó a matar, capturar o enjuiciar, a manifestante o rebelde alguno. Tampoco insultó o descalificó, ¡jamás!, a sus opositores, ni vejó la dignidad de los empleados públicos, obligándolos a marchar en su apoyo o despidiéndolos por marchar en su contra. Cerró su período sin un solo preso político y dejando un grado de libertad y tolerancia sin precedentes. Se fue además a su casa, sin pretender eternizarse en el mando y sin haber amasado fortunas secretas a la sombra del poder.

La historia la recordará como el presidente que más luchó por establecer la democracia, la institucionalización en el siglo XX. Bajo ella los poderes del Estado operaron con total independencia. Tal fue la del poder legislativo que fue el primer presidente que tuvo que recurrir al veto ante leyes contrarias a sus propuestas. Tal fue la del poder electoral que este inhibió a su yerno Antonio Lacayo de aspirar a la Presidencia y formalizó el triunfo electoral de su crítico y opositor Arnoldo Alemán. Igualmente dejó un poder judicial independiente, presidido por el intachable Guillermo Vargas Sandino.

El mejor tributo que podemos hacerle es comprometernos a defender su legado; a no permitir que el camino democratizador y humanista que emprendió esta mujer sencilla y amorosa, quede destruido por los trogloditas de hoy; a luchar por lo que decía su esposo Pedro Joaquín, porque “Nicaragua vuelva a ser República”.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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