Pedirá perdón

Cualquier persona que aún pueda apoyar mínimamente a la familia Ortega-Murillo tiene en su familia o en su círculo más cercano a otras que se oponen totalmente

¿Han escuchado alguna vez a Ortega o Murillo pedir perdón? Ya. Supongo que es una tontería siquiera preguntarlo.

Pero para mí es una de las formas más evidentes de la brutalidad y torpeza de estas dos figuras que se consideran líderes de una parte del pueblo nicaragüense. Entre otras cosas porque el perdón es una de las columnas del cristianismo que ellos dos dicen profesar.

Ni siquiera las personas que aún pueden apoyarles concebirán la idea de que Ortega y Murillo estén libres de toda responsabilidad ante lo que ocurre en Nicaragua, al menos desde el mes de abril. Insisto. ¿Oiremos algún día a Ortega o Murillo pedir perdón por la cuota de responsabilidad que han tenido en la destrucción de la democracia y en la pérdida de vidas de nicaragüenses?

No parece posible que lo vayan a hacer. Pedir perdón es reconocer una responsabilidad, exponerse. Y los Ortega-Murillo viven en guerra permanente. El perdón no cabe en las estrategias de guerra. Sin embargo, si tuvieran una pizca del liderazgo que creen tener (es decir si no estuvieran rodeados de dinero y armas de fuego), lo pedirían públicamente. Y después dimitirían. Porque cuando un gobierno, para mantenerse en el poder (que debería llamarse servicio), no puede evitar cientos de muertos, miles de heridos, cientos de detenidos y miles de exiliados, coincidiremos en que no se trata de un gobierno sino de un desastre nacional.

Cualquier persona que aún pueda apoyar mínimamente a la familia Ortega-Murillo tiene en su familia o en su círculo más cercano a otras que se oponen totalmente a la continuidad de este gobierno. La apropiación por parte de los Ortega-Murillo de bienes, recursos e instituciones del Estado ha destruido cualquier resquicio de democracia. Y ni siquiera algunas acciones de gobierno beneficiosas para una parte del pueblo puede justificar ya la falta de trasparencia, la acumulación de poder, y sobre todo los muertos con los que han sembrado el país en su respuesta a una protesta del propio pueblo.

La torpeza y brutalidad de seguir deteniendo a jóvenes y ancianos, fabricando juicios y forzando al exilio, cuando no a la desaparición, solo puede generar más odio y rencor. Y en su día, tendrán que pronunciar la palabra que se les atraganta porque la olvidaron: Tendrán que apelar al perdón del pueblo.

Por más que traten de limpiar su legado, los Ortega-Murillo tienen las manos manchadas de sangre. De sangre reciente y de sangre seca. Y si se tiene esperanza en la justicia fuerte e independiente que conlleva una verdadera democracia, será necesario que la pareja presidencial y sus allegados respondan un día y se defiendan por los crímenes que pudieran haber causado.

Y será entonces, cuando frente a las madres, viudas, huérfanos y amigos de las víctimas tengan que pronunciar la palabra perdón. Cuando hablo de esto, muchos de los míos lo niegan y me dicen: “Eso tus ojos no lo verán nunca”.

Pero “cosas veredes”, le dijo Don Quijote a Sancho.

Ni un solo miembro de los paramilitares, policías y turbas sandinistas ha pasado por el juzgado. Todos los culpables están a un solo lado. Y eso no se lo creen ni los que marchan a rendir pleitesía al comandante en una escena que humilla a un pueblo y de la que muchos renegarán en un futuro no muy lejano. Cosas veredes.

El pueblo nicaragüense sabe perdonarse. Sabe reír, en medio del llanto. Los nicas han reído y bailado sobre las tumbas. Han seguido caminando bajo el peso del dolor de muchos duelos. Las figuras tristes de Ortega y Murillo no detendrán su futuro y su derecho a la reconciliación y a la vida.

El autor es periodista.
@sancho_mas

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