La santidad de monseñor Romero

Monseñor Romero fue asesinado por la ultraderecha salvadoreña, que lo acusaba de ser un “cura comunista”

presos políticos, Nicaragua, crisis, protestas

Este domingo 14 de octubre será declarado santo de la Iglesia católica monseñor Oscar Arnulfo Romero, el arzobispo salvadoreño asesinado el 24 de marzo de 1980 en San Salvador.
Monseñor Romero alcanza la santidad como mártir de la Iglesia católica, porque ofrendó su vida por la defensa de la fe. “Monseñor Romero no es mártir porque lo asesinaron, sino por la causa por la que lo asesinaron… como testigo de la fe al pie del altar”, explica el religioso salvadoreño Rafael Urrutia en un artículo de opinión publicado en un diario de El Salvador.

Monseñor Romero fue asesinado por la ultraderecha salvadoreña, que lo acusaba de ser un “cura comunista”. A partir de eso se creó la leyenda de que él era un representante de la teología de la liberación y símbolo de la izquierda revolucionaria centroamericana.

Pero esa no es la verdad. Monseñor Jesús Delgado, quien fuera secretario personal del arzobispo salvadoreño martirizado, asegura que ha habido “confusión, mentira y engaño”, porque “la facción de izquierda ha usado mucho la figura de monseñor Romero para sus intereses políticos revolucionarios”.

Monseñor Romero era un apasionado defensor de los más pobres y humildes y denunciaba valerosamente la represión contra el pueblo salvadoreño y las terribles violaciones a los derechos humanos, que cometían las fuerzas militares al combatir la subversión comunista. Pero no era un religioso izquierdista.

El historiador Santiago Mata, biógrafo del arzobispo asesinado, aclara en su libro Monseñor Oscar Romero, Pasión por la Iglesia, que él “quería evitar que se entendiera que hablar de liberación significaba tomar partido por unos, los oprimidos, que serían los buenos, y atacar a los opresores malos. Él dejaba claro que el pecado acecha a todos”.

Mata recuerda que monseñor Romero habló sobre el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, “el domingo siguiente a la caída de Somoza, y tras mostrar alegría por el ‘inicio de su liberación’ se mostró seguramente más prudente que muchos de los no-comunistas que luchaban en el bando sandinista, al manifestar en la misma frase su preocupación ‘para que ese alborear de libertad no vaya a ser una frustración’”. Era un temor profético del arzobispo salvadoreño que este domingo será elevado al altar de la santidad.

Monseñor Romero fue asesinado después de decir en una homilía, que “ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: no matar… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla…”

Sin duda que el santo salvadoreño y centroamericano haría el mismo llamamiento ahora respecto a Nicaragua, ante la terrible matanza perpetrada por la despiadada dictadura orteguista para sostenerse en el poder.

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