Doña Violeta, la heroína

No puede negarse que doña Violeta, cuya cualidad original fue ser la matrona de su casa, pasó a ser en la metamorfosis la mujer más trascendente de Nicaragua con méritos de heroína

No puede negarse que doña Violeta, cuya cualidad original fue ser la matrona de su casa, pasó a ser en la metamorfosis la mujer más trascendente de Nicaragua con méritos de heroína.

Las circunstancias históricas dinamizaron los extremos de su existencia: de puertas adentro en el follaje íntimo de Las Palmas a las puertas afuera de la responsabilidad pública.

Acaso no imaginó su consorte que él estaba reservado para ser el mártir y ella el símbolo más representativo de su martirologio en aquel final en que la creatividad del amor hizo época, donde las cepas primigenias labraron paradojal concomitancia con las raíces del dolor tanto en la lucha como en el silencio fúnebre.

Retrato gris en el ir y venir de las aplicaciones penales fue que el somocismo dibujó en el directorio existencial de la pareja, el confinamiento. No puede olvidarse aquel éxodo urdido en la imaginación del dictador. Los dos en la soledad impetuosa. El propósito era alejarlos de la civilización. Pero los tiranos se equivocan. El efecto fue diferente. La población vivía pendiente del aislamiento

La conclusión es que la protagonista asumió la función de ser la presidenta de la República, sin experiencia en las fases de la política tanto teórica como práctica, lo cual constituyó “una prueba de fuego” que requería la asesoría inmediata de un equipo cargado de efectividad a nivel nacional y no partidario, y fue ahí donde se encendieron las luces de lo primero que tenía a mano: Antonio Lacayo, el nombre que ya sonaba en los linderos de la administración y además de ello su yerno, facultado por la proximidad para ser “el poder desde el trono”. “El brazo derecho” que no admitía la competencia.

No se proyectó un entendimiento visible entre la Presidenta y el Vicepresidente, doctor Virgilio Godoy desde antes de que se confirmara la candidatura. Pero en “la recta final” de las especulaciones doña Violeta despejó la incógnita. Se decía que los candidatos eran Enrique Bolaños y Virgilio Godoy. En una reunión este y otros PLI —testigo fui de la decisión— la titular de la candidatura le dijo a Godoy: “Don Virgilio (así lo trataba) quiero que usted sea mi compañero de fórmula”. Aceptó con agrado. Ignoro si influyó la posición de Lacayo pero lo cierto es que en el trayecto posterior las relaciones entre el dúo ejecutivo se caracterizaron por una notoria frialdad.

Pero esa ausencia de armonía, detalle que no podía olvidar, no exime a doña Violeta de los méritos que ella tuvo y de haber sido el puente, la dama en la cristalización de la luz de una época azarosa, una de tantas sufridas por el triste destino de la Patria amada.

El autor es periodista.