Peligro: los aluviones son una amenaza en casi toda Nicaragua

A la amenaza de los sismos y las erupciones volcánicas, se suma un gran peligro que las autoridades solo recuerdan cuando llueve mucho: los aluviones, que ya han destruido dos veces Managua y son un peligro en casi todo el país.

baja presión

En territorio nacional se presentan dos baja presión, una en la zona del Pacífico y otra en el Caribe, según el Centro Humboldt. LA PRENSA/ARCHIVO

Tras una madrugada de tormenta el cielo amaneció claro y nadie esperaba lo que iba a suceder. Hasta ese miércoles 4 de octubre los managuas se habían divertido observando cómo las calles de la capital se llenaban de agua sin que siquiera hubiese lloviznado y, como suelen ocurrir las tragedias, no vieron en ese fenómeno una señal de advertencia. Esa misma mañana un gran aluvión los tomó desprevenidos. La enorme corriente bajó de Las Sierras de Managua y en su carrera hacia el Xolotlán se pasó llevando la ciudad.

Era 1876, por mucho tiempo conocido por los capitalinos como “el año del aluvión”. Y a la fecha ese sigue siendo el más recordado, aunque no debidamente estudiado, de los aluviones que han arrasado Managua, un fenómeno que en cualquier momento, bajo las condiciones necesarias, podría repetirse, porque las características topográficas siguen siendo las mismas y la intervención humana en las pendientes de la Cuenca Sur del Xolotlán ahora es mayor. En otras palabras, hay más concreto y menos árboles.

Los expertos lo vienen advirtiendo desde hace muchos años. Y con voz de profeta alzan el dedo hacia Las Sierras de Managua, esas zonas elevadas que van desde Mateare hasta Ticuantepe, desde donde bajan las escorrentías que alimentan al lago.

Sin embargo, la de Managua no es la única población que está en riesgo. En el Pacífico y el occidente del país existen zonas en peligro de sufrir aluviones o deslaves volcánicos como el del Casita; mientras que en el norte hay frecuentes deslizamientos de tierra y sitios en permanente amenaza de aluviones y crecidas de ríos, debido a que es una zona montañosa, explica el geólogo y geofísico Eduardo Mayorga.

A pesar de ello, el tema ha sido pobremente estudiado, lamenta el experto, y no se ha hecho un mapa detallado de las zonas en riesgo en todo el territorio nacional.

Las autoridades del Gobierno suelen reaccionar con planes de emergencia, cuando el invierno causa inundaciones y revive viejos temores. Pero se ha hecho tan poco por comprender y anticipar las dinámicas de la tierra que 142 años más tarde no se conoce un estudio sobre lo que causó el aluvión de aquel fatídico 4 de octubre.

 


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Aluviones, crecidas y lahares

Aluvión: Es un flujo de barro de origen montañoso, donde el agua arrastra el material suelto por una ladera, quebrada o cauce. Puede viajar muchos kilómetros desde su origen, aumentando de tamaño a medida que avanza pendiente abajo, transportando lo que encuentra a su paso. Alcanza grandes velocidades y su contenido es mayormente líquido. Es decir, es una colosal corriente de agua con lodo.

Para que ocurra un aluvión es imprescindible que exista una pendiente y que la cantidad de lluvia sobrepase la capacidad de recarga de una cuenca. Las corrientes se forman en las zonas más altas o mitad de la pendiente.

Lahares: Son fluidos compuestos de sedimentos volcánicos con una gran cantidad de agua. Suelen ser provocados por erupciones o por saturación de agua en los macizos volcánicos. Inicia como una avalancha de escombros, se convierte en un lahar que lleva una alta carga de material sólido y termina convertido en un aluvión cuando lo que queda es mayormente agua. Estos son los conceptos empleados cuando se trata de volcanes. Pero popularmente se les engloba bajo el término de “deslaves”.

Los que tienen mayor tendencia a sufrir deslaves son los estratovolcanes, un tipo de volcán cónico y de gran altura compuesto por múltiples estratos o capas de lava endurecida, alternando con capas de piroclastos (material volcánico sólido expulsado durante erupciones). El Casita, el Momotombo , el San Cristóbal, el Telica y el Concepción pertenecen a esta clasificación.

Crecida: Aplica únicamente cuando se habla del cauce de los ríos. Ocurren cuando llueve en zonas altas, mucho más lejos de lo que la vista puede alcanzar. La corriente del río crece y baja sobre su cauce con una fuerza destructiva y a velocidades increíbles. Nunca, jamás, hay que meterse a un río en invierno. Puede estar lloviendo zona arriba, aunque usted no lo perciba.


En invierno nunca se debe entrar a los ríos. Podría estar lloviendo en una zona alta, aunque usted no lo perciba. Las crecidas se dan en segundos. LA PRENSA/ ARCHIVO

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MANAGUA DOS VECES DESTRUIDA

Por las descripciones de la época, se cree que la corriente de lodo pudo empezar a formarse en Las Nubes, en El Crucero (la parte más alta de la Cuenca Sur) y haber tomado “el camino de Ticomo”, en el suroeste de la ciudad.
Para Bayardo Cuadra, historiador, las corrientes pudieron entrar por el sector donde hoy se asientan los barrios Camilo Ortega y San Judas. El aluvión causó grandes daños en la Calle Honda, en ese tiempo una importante arteria comercial que más tarde fue llamada Calle del Aluvión y Primera Calle Norte. Se trata de la calle que en la actualidad pasa “exactamente detrás” del edificio de la Cancillería, analizó Cuadra en noviembre de 2014, en un reportaje publicado por la revista Magazine.

Por esa calle pasó una corriente que arrastraba “centenares de cadáveres de personas desconocidas”, árboles gigantescos, matas de café, cepas de plátano, casas de paja, cabezas de ganado e infinidad de otros animales, incluso gallinas vivas posadas en las ramas de los árboles, describió el periodista Heliodoro Cuadra en su libro “Historia de la Leal Villa de Santiago de Managua”, publicado en 1939.

Durante muchos días se estuvieron pescando los muebles que sobrenadaban en el lago y cuando las aguas bajaron se vio que Managua había quedado casi en total ruina. Como el cementerio de San Pedro inundado, los cuerpos de quienes se ahogaron en la corriente o murieron bajo escombros, fueron sepultados en los patios de las casas.
Este es el más conocido de los aluviones de Managua, pero no el único. 146 años antes, en 1730, ya había ocurrido algo parecido. También en octubre, un mes que se caracteriza por sus muchas lluvias.

En esa ocasión el aguacero empezó a la medianoche del día 14 y al amanecer del 15 “un gigantesco aluvión se desbordó, incontenible, y no cesó hasta entrada la noche”, escribió el periodista Ignacio Briones Torres, citado por Marcia Traña en “Apuntes sobre la historia de Managua”.

El diluvio continuó implacable y según Briones Torres “al amanecer del 16, un nuevo aluvión, más fuerte que el anterior, se precipitó impetuoso arrastrando cuanto hallaba a su paso y amenazando con hacer desaparecer la aldea. Para los vecinos había llegado el juicio final”.

Tan terribles eran los recuerdos que quedaron, que por algún tiempo nadie dormía cuando se acercaban esas fechas. Les llenaba de pánico “la creencia de que podían repetirse los turbiones”, narra el periodista Heliodoro Cuadra en el libro “Historia de la Leal Villa de Santiago de Managua”.

Pero el tiempo pasó y el recuerdo del aluvión fue quedando en el olvido. En 1852, Managua fue nombrada capital y para 1876 ya era una ciudad habitada por unas diez mil almas. Nadie pensaba en el desastre que se gestaba aguas arriba.

Esta es la popular “Calle del Aluvión”. Hasta antes de la tragedia se le había conocido como “Calle Honda”. La imagen aparece en la Guía Ilustrada del Estado de Nicaragua, publicada en octubre de 1898.  LA PRENSA/ ARCHIVO

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Algunos desastres

15 de octubre de 1730. Un aluvión arrasó Managua, que en ese entonces era una aldea. Al amanecer del día 16, otro aluvión bajó hacia el lago.

4 de octubre de 1876. Un nuevo aluvión destruyó la ciudad de Managua. Cientos murieron ahogados o bajo los escombros.

1923. Un aluvión de menor tamaño destruyó la línea férrea entre Asososca y Los Brasiles.

30 de octubre de 1998. Un deslave en el volcán Casita borró del mapa a dos comunidades enteras en Posoltega, Chinandega. Murieron 2,500 personas.

25 de junio de 2004. Numerosos deslizamientos en el cerro Musún, Río Blanco, Matagalpa, mataron a al menos 30 personas.

20 de agosto de 2010. Por la noche, durante un aguacero, un alud de tierra sepultó a una familia en el barrio William Galeano. Tres personas fallecieron.

El deslave del Casita, visto desde la cima del volcán. El 30 de octubre de 1998 dos comunidades enteras desparecieron bajo el lodo. Unas 2,500 personas murieron. LA PRENSA/ CORTESÍA

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EL ERROR DE DESPALAR

Aunque no se tome con la debida seriedad, la deforestación ha sido y seguirá siendo una de las principales causas de aluviones e inundaciones.

Sucede lo siguiente, explica Eduardo Mayorga: cuando una gota de agua cae sobre una zona boscosa, se fragmenta al chocar con el follaje, al llegar al suelo encuentra un colchón de hojas, vuelve a fragmentarse y se infiltra suavemente en la tierra. Pero si en lugar de árboles solo hay suelo pelado o, peor, concreto, la gota rebota y se desliza por la superficie. Así se forman las corrientes, las inundaciones y, si llueve demasiado sobre zonas altas, los aluviones.

Para el científico nicaragüense Jaime Incer Barquero, actualmente hay más peligro de aluviones en el país porque debido al cambio climático han sucedido inundaciones a niveles nunca antes vistos. “En el caso de Managua, por ejemplo, las lluvias que caen en la zona alta no se infiltra, y esto provoca que el agua caiga en la ciudad con mayor fuerza, arrastrando lodo y todo tipo de sedimentos”.

Incer Barquero dice que cada año es más peligroso porque no hay regulación en el uso de la tierra de los márgenes de Managua. Según él, la regulación quiere decir reforestación e impedir el despale de cualquier tipo. “Se ha cambiado el uso de los suelos, haciendo repartos, que más bien contribuyen a la escorrentía. Porque el reparto sella la capacidad infiltradora del agua en el terreno”, agrega.

Los aluviones son un riesgo latente en la capital. A juicio del científico, en este sentido Managua es la ciudad más vulnerable de todo el país, porque en una distancia de apenas veinte kilómetros hay pendientes de más de 800 metros sobre el nivel del mar. “Las pendientes son fuertes y las cañadas son profundas por siglos y siglos de erosión que antes era controlada por los bosques. El problema es que ahora no hay bosques y ahora esas cañadas escurren agua para la ciudad”, afirma.

Sin embargo, subraya el científico, en varias ciudades del centro de Nicaragua, en la zona montañosa del país (Jinotega, Matagalpa, Estelí, Somoto, Ocotal, Boaco y Juigalpa) hay posibilidades de que ocurran aluviones o deslizamientos que terminen en catástrofes, ya que los relieves son más altos.

En cuanto a la Costa Caribe, a pesar de que los suelos son más planos, y la velocidad de los ríos es más lenta por lo que el agua que se infiltra más rápido en los suelos, existe el peligro de deslizamientos porque en los últimos años hay una deforestación rapaz en las reservas de Bosawas e Indio Maíz.


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Huracán Mitch
Personas sobrevivientes al deslave del volcán Casita en Posoltega, son atendidos por brigadas medicas. Foto: Archivo/ LA PRENSA

Alerta por el Casita, Ometepe y Jinotega

Donde ha ocurrido un lahar o deslave, probablemente volverá a ocurrir, afirma el geólogo y geofísico Eduardo Mayorga. El volcán Casita ya causó un desastre en octubre de 1998 y podría volver a hacerlo, si no se toman las debidas previsiones.

De acuerdo con el experto, hay claros indicios de que una zona de la ladera del Casita está deslizándose permanentemente, porque los árboles están inclinados desde la base hasta la copa. Podría ser que en algún momento un flujo de escombros o lava bajó de la superficie y se quedó varado a mitad de la pendiente. “Esa gran masa está esperando condiciones de sacudidas sísmicas, de deformación o de precipitación (lluvia) que hagan que se vuelva a mover. No podemos evitarlo, porque es algo inmenso, pero se puede reubicar a las personas que pueden ser afectadas”.

Al geólogo también le preocupa un posible deslave en el volcán Concepción, en la Isla de Ometepe, pues el volcán muestra profundas huellas de antiguos y enormes lahares. Otro volcán que vive amenazando con deslaves es el San Cristóbal.

Otra zona en peligro es el Barrio Sandino, en la ciudad de Jinotega, pues se ubica justo en la desembocadura de un abrupto valle. Es decir, al pie de una pendiente muy marcada, donde la cuenca deposita sedimentos de manera natural.


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“VOLVERÁ A OCURRIR”

Los expertos coinciden en que un nuevo aluvión sobre Managua es algo inevitable. Solamente se puede prevenir y para ello habría que estudiar las pendientes de la Cuenca Sur y el porcentaje de deforestación para saber de dónde puede venir otro aluvión. Y lo mismo tendría que hacerse en las zonas montañosas del país, porque solo hay aluviones donde existen pendientes que permiten que el agua cobre volumen, velocidad y fuerza.

En cuanto a Managua, el exalcalde Dionisio Marenco es una de las voces que han insistido en que por ningún motivo se debe tomar a la ligera la amenaza que viene de Las Sierras. En las estimaciones que el ingeniero ha hecho, un nuevo aluvión en Managua dejaría “unas 5,000 víctimas”.

Y para el geólogo Marvin Valle, en un “cálculo conservador” un aluvión en las condiciones actuales alcanzaría “unas diez cuadras de ancho y sería una catástrofe en las zonas más cercanas a los cerros”. La capacidad de alcance de las corrientes, cargadas de piedras y lodo, dependerá de la cantidad de material que se mueva y de la pendiente, explicó a la revista Magazine en 2014.

No es que un aluvión vaya a borrar a Managua del mapa, pues el territorio de Las Sierras “es como un gran pastel que se desprende por porciones”, aclaró. No obstante, según Valle, aunque “no sabemos cuándo y dónde”, tarde o temprano una porción de Las Sierras acabará deslizándose en forma de aluvión. “De que se mueve, se mueve”, afirmó el experto, “y de que se va a mover, seguro”.

Gigantesca y única, esta piedra podría ser un vestigio del aluvión de 1876. La roca se encuentra en el patio del viejo edificio IBM. LA PRENSA/ ARCHIVO