El caro autoengaño de “rotondear”

La jornada laboral se ha reducido sustancialmente y para los que no vayan al aburrido ejercicio de “rotondear” se puede reducir completamente al enfrentar un despido

Se ha convertido ya en un “trabajo” elemental de los empleados públicos: ir todas las tardes y a veces de mañana a “rotondear”, o sea a ondear las banderas rojinegras entremezcladas con unas de Nicaragua para disimular o confundir.

Si no tienen transporte, allí están los buses y vehículos disponibles para su traslado; si hay mucho sol o si está lloviendo, las instituciones públicas despliegan sus toldos que antes sirvieron para inaugurar obras, también con un trasfondo político, pero al fin obras de progreso.

La jornada laboral se ha reducido sustancialmente y para los que no vayan al aburrido ejercicio de “rotondear” se puede reducir completamente al enfrentar un despido. Es tan aburrido el “ejercicio de rotondear” que a veces se les observa con la mirada perdida, esperando ver en vano, desde los carros que pasan, una señal de aprobación y ánimo que raras veces llega.

Para darles seguridad a los “rotondistas”, que jamás han sido acechados por los “autoconvocados”, el régimen despliega diariamente un impresionante operativo policial, que se encarga también de darles pase de un lado a otro de las rotondas, deteniendo un tráfico que de otra manera sería más fluido. Hay también música para animar a los aburridos concurrentes, unos chateando y otros que se esmeran en llamar la atención de los conductores haciendo la señal del partido y restregando por el aire la bandera que tanto dolor y lágrimas ha traído a Nicaragua en dos dictaduras, que han transcurrido con un intervalo de 16 años de democracia.

Si quieren dar una señal de “normalidad”, esta no es la manera de hacerlo ante los ojos de cualquier turista, que después de lo que han visto en la TV en sus hogares, con poco tienen para alarmarse y menos si tienen compasión por las maltrechas finanzas públicas, que no se alivian con el caro ejercicio de “rotondear”.

Es caro y prohibitivo, porque implica la movilización frecuente de empleados públicos en horas laborales y de cientos de vehículos del Estado o de transporte público, más ahora que el combustible alcanza su pico más alto. Pero además es también un autoengaño.

Todos sabemos que es una farsa. Desde el de más arriba hasta el de más abajo, todos saben que no hay nada genuino ni espontáneo en ese nuevo deporte vespertino de “rotondear” y la imagen que se proyecta ni siquiera es de apoyo al gobierno, porque todos sabemos que esa gente va organizada y amenazada con perder sus puestos de trabajo en medio de una recesión económica profunda, por lo que más bien en todo caso, provocan compasión.

Muy diferente es el caso de las marchas multitudinarias de autoconvocados desde el 18 de abril, donde decenas de miles de personas se dieron cita en históricas caminatas de protesta, que a menudo fueron atacadas, reprimidas y por último prohibidas totalmente por la dictadura.

El autor es periodista, exministro y exdiputado.