¿Es Centroamérica una región en retroceso?

A como en los años ochenta, Centroamérica urge reencontrarse, replantearse una unidad regional estratégica, pero esta vez basada en el irrestricto respeto a los Derechos Humanos

“Declaro que mi amor a Centroamérica muere conmigo”, sentenció Francisco Morazán. Y al parecer, con su muerte se enfrió también el amor de muchos otros por esta región castigada por la proliferación de políticos populistas, corrupción gubernamental y continua violación a los Derechos Humanos de los pueblos centroamericanos.

La profunda crisis sociopolítica que vivimos los nicaragüenses, la migración masiva de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que peregrinan rumbo a la frontera estadounidense, sumado a los miles de compatriotas que buscan refugio en Costa Rica para salvar sus vidas, parecen delinear el perfil de una región que la última década la perdió, apostando sus gobiernos, a la desigualdad social, a la corrupción, a la violencia sociopolítica y a la impunidad.

A como en los años ochenta, Centroamérica urge reencontrarse, replantearse una unidad regional estratégica, pero esta vez basada en el irrestricto respeto a los Derechos Humanos de sus ciudadanos, la paz social, la transparencia gubernamental y la solidez institucional. El sueño de Morazán debe convocarnos en esa aspiración unionista. En las actuales circunstancias se hace imperativo contar con instituciones centroamericanas que tutelen el Derecho de los ciudadanos, que no callen ante el abuso o vuelvan la vista hacia otro lado cuando un Estado miembro se extralimita en franca violación a las normas nacionales e internacionales.

Nuestras instituciones centroamericanas han servido para premiar a políticos allegados a poderes locales, de ahí que sea impensable la ecuanimidad o el ejercicio sano de la política en beneficio de los gobernados. Ante los ojos de los gobiernos de la región, Nicaragua se desangra desde hace seis meses en una profunda crisis sociopolítica y a excepción de Costa Rica, los gobiernos vecinos centroamericanos del norte parecen indolentes ante nuestro dolor. La unión centroamericana debe sentar sus bases sobre principios sólidos, nuestra prosperidad y desarrollo como región, no pueden tener otros pilares que no sean la Justicia y la Democracia, otras fórmulas por muy novedosas y lucrativas, fracasan, lo demostró “el modelo nicaragüense”.

Continuaremos los nicaragüenses con nuestra cruz a cuestas, demandando el respeto a nuestros derechos constitucionales a pesar de la represión, y presenciando con frustración la debacle económica resultante de la intransigencia gubernamental. Es lamentable que en pleno siglo XXI tengamos que exigir libertad para presos políticos, y se nos persiga como criminales tan solo por emitir nuestra opinión contraria al discurso oficial. El cambio debe llegar a la región, comprometernos a un “Nunca más” ni violaciones a los derechos humanos en ninguna de sus formas, ni componendas económicas entre grupos de poder en detrimento de la democracia y la institucionalidad.

Centroamérica no debe ser la cenicienta del continente, no podemos convivir con las prácticas del pasado y sus vicios.

El autor es poeta y escritor.

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