¿Por qué injurian los hijos de Ortega?

Cristo fundó una institución destinada a la persecución por múltiples razones. Una era que desacralizaba al poder. La primera fidelidad del hombre debía ser a Dios y no al César

Las injurias de dos hijos de la familia dominante a monseñor Báez es solo un fragmento de la centenaria historia de persecuciones que ha sufrido la Iglesia. Todo comenzó con su fundador: siendo inocente fue falsamente acusado de subversivo y ejecutado por el gobernador. La oscuridad no resistió la luz. Es el drama universal y milenario: cada vez que se alza una voz a favor de la verdad, los que medran en la mentira tratan de callarla.

Cristo fundó una institución destinada a la persecución por múltiples razones. Una era que desacralizaba al poder. La primera fidelidad del hombre debía ser a Dios y no al César. El poder y las leyes humanas debían estar subordinados a Dios y sus mandatos, de lo contrario eran ilegítimos. Este concepto, que fue refinado después por los teólogos, en particular Santo Tomás, enfureció a emperadores que exigían fidelidad total y ser reverenciados como dioses.

Otra razón fue la dignificación del hombre. Ninguna religión ha exaltado tanto el valor de la persona humana como el cristianismo; a quien vio como creada a imagen y semejanza de Dios, redimida por su sangre, y poseedora, por tanto, de derechos inalienables. De aquí se derivaba otra visión inédita y revolucionaria: la igualdad radical de todos los hombres. San Pablo lo expresó lapidariamente: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

Estos conceptos calaron profundamente en el ADN cultural de Occidente, al punto que inspiraron a teóricos de la democracia, como John Locke, y a la declaración de independencia de Estados Unidos. Otra de sus consecuencias —entre muchas— fue convertir a la Iglesia en la más grande defensora de los derechos humanos en la historia de la humanidad. Fue ella, junto con otros cristianos, quien más contribuyó a la eliminación de la esclavitud y a la humanización en el trato a los indígenas de la América hispánica. No lo fueron, como equivocadamente piensan sus detractores, los pensadores de la ilustración, como Voltaire, Montesquieu, Hume y muchos más, que vieron natural la trata de esclavos.

Era de esperarse, entonces, que quienes machacaban los derechos humanos vieran en la Iglesia un enemigo. Hoy está muy fresco el asesinato de monseñor Romero, pero conviene recordar cómo, en los inicios de nuestra historia (siglo XVI), Nicaragua tuvo dos mártires: el franciscano Pedro de Chévez y el obispo Antonio Valdivieso. Al primero lo mató una turba instigada por María de Peñalosa, esposa del gobernador, y al segundo otra al mando de sus dos hijos, Hernando y Pedro. Precisamente porque, en fidelidad a Cristo, estos clérigos defendían valientemente la dignidad del indio ante las tropelías de la familia dominante.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.