Presas políticas, heroínas de Nicaragua

Todas las personas que tienen sentimientos humanitarios y convicción democrática, se deben haber conmovido e indignado al conocer la denuncia de la vapuleada que verdugos de la dictadura propinaron el viernes pasado a las presas políticas recluidas en la cárcel que como un sarcasmo es llamada La Esperanza.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), a cuyos representantes les fue negado el acceso a la prisión para que no pudieran constatar la situación carcelaria y el estado físico de las presas políticas, ya había denunciado en septiembre pasado que los prisioneros políticos están siendo objeto de maltrato. También Amnistía Internacional, en su informe de octubre titulado “Sembrando el terror: de la letalidad a la persecución en Nicaragua”, documentó numerosos casos de torturas y otros maltratos sufridos por las personas secuestradas y presas en las cárceles de la dictadura orteguista.

La Constitución de Nicaragua dice en su artículo 36 que “nadie será sometido a torturas, procedimientos, penas ni tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Y en el artículo 39 establece que “en Nicaragua el Sistema Penitenciario es humanitario”.

Pero además el maltrato a los presos, políticos o no, es prohibido por la ley internacional que el régimen de Ortega está obligado a acatar, porque es compromiso del Estado de Nicaragua adoptado mediante tratados de obligatorio cumplimiento. Todos los Estados Miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) deben cumplir las Reglas Nelson Mandela, como se le llama a la Resolución aprobada en diciembre de 2015 que comprende 122 reglas mínimas para el tratamiento a las personas privadas de libertad, que son las más vulnerables y propensas a sufrir abusos y malos tratos.

Sin embargo, para la dictadura de Ortega y Murillo la Constitución y la ley internacional no tienen valor en lo que se refiere al respeto de las normas democráticas y los derechos humanos. El pueblo de Nicaragua y sobre todo los maltratados presos políticos están indefensos y la comunidad internacional debería ayudarles más efectivamente, en aplicación del derecho y la obligación de proteger.

Pero las presas políticas hay que verlas no solo como personas sufrientes. También son heroicas. Ellas representan la mejor calidad humana nicaragüense mientras que sus carceleros y verdugos muestran la peor. Las presas políticas son ultrajadas físicamente, en adición a las condiciones inhumanas de su cautiverio, porque valientemente reclaman sus derechos y en la cárcel siguen luchando por la libertad, la justicia y la democracia. Ellas son heroínas del pueblo, dignas de la mayor admiración y respeto de toda la gente decente y digna de Nicaragua.

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