La Purísima ansía justicia y libertad

No podemos nombrarla “amorosa madre” sin dejar de pasar por el corazón los rostros de las Madres de Abril, quienes al igual que Ella han visto martirizar a sus hijos por el poder político de los actuales caínes de nuestra historia

Cartas al director

Para el pueblo católico nicaragüense, la celebración de la Purísima constituye la expresión más viva del amor filial que como iglesia particular le manifestamos a la madre de Jesús. Es por eso, que nuestro pueblo explota en generosidad cuando al unísono grita: “¡María de Nicaragua! ¡Nicaragua de María!”. Sentirnos amados por Dios desde la mirada materna de María hace que el amor brote en nosotros y se exprese en un compromiso con las luchas sociales de nuestro tiempo, en el que pareciera que la injusticia y la violencia institucional provocada por los poderosos no tiene fin. De ahí, que este año no podemos cantar “dulces himnos” a la Purísima sin olvidar que sus imágenes han estado en las barricadas que se levantaron para salvaguardar la vida ante el ataque del “fiero dragón”.

No podemos nombrarla “amorosa madre” sin dejar de pasar por el corazón los rostros de las Madres de Abril, quienes al igual que Ella han visto martirizar a sus hijos por el poder político de los actuales caínes de nuestra historia. En el dolor de estas madres hemos de contemplar la mirada cercana de la “Madre de Dios-Hijo [e] Hija de Dios-Padre”, que contra toda desesperanza aguardó aquella justicia que Dios sabe hacer de un modo que no entendemos. Si la celebramos con esta mirada y con la conciencia de no ser indiferentes a la matanza acontecida desde el 19 de abril, nuestro cariño hacia Ella se convertirá en aporte a la construcción de la nueva Nicaragua ansiada por todos.

Es por eso que a pesar del dolor y la desesperanza ocasionada por la crisis sociopolítica, hemos de rezar con más fervor el Novenario, pidiendo que “ya no ruja la voz del cañón” en el suelo que nos vio nacer como hijos, hermanos y humanos. También, hemos de celebrar la Gritería compartiendo lo mejor que cada uno lleva dentro: poniendo la otra mejilla (Mt. 5, 39), haciendo una fiesta por el hijo que estaba perdido y que fue encontrado (Lc. 15, 24), generando vida desde la generosidad (Lc. 21, 3) y no permitiendo que el miedo nos paralice; antes bien, poniéndonos en camino como las mujeres (Mt. 28, 8-10) en la mañana de Resurrección. En ese peregrinaje entre un altar y otro, encontraremos al Resucitado, “el fruto bendito” del vientre de la Inmaculada.

En ese unirnos a la Purísima que ansía para Nicaragua justicia y libertad, hemos también de defenderla de quienes quieren manipular su imagen tiñéndola con los colores que han escrito las páginas más oscuras de nuestra historia. María, ni es de derecha, ni es de izquierda. Ella es la madre que acompaña con corazón materno el curso de la historia, en la que su Hijo se hace presente como Señor que quiere ser de esa “historia”. ¡Hay esperanza! Basta contemplar a María para comprender que en medio de una historia manchada por el pecado, Dios hace nuevas todas las cosas, comenzando por la caída de los poderosos (Lc. 1, 52).

El autor es periodista.

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