Rubén Darío, peregrino de interioridades

Se confiesa peregrino. Peregrino perpetuo que jamás alcanza llegar al Santuario

LA PRENSA/Archivo

(A Carlos Tünnermann)

Rubén Darío fue un peregrino perpetuo. Desde antes de nacer lo fue. En el vientre materno peregrinó hacia un pequeño pueblo del norte de Nicaragua donde nació. Y poco después, peregrinó otra vez hacia Honduras; y así, toda su vida, sobresaltada y vigorosa.

En su errabundez cruzó muchas veces el Atlántico, y conoció el Adriático, el Tirreno y el Negro, y aquel su Pacífico original que conformó su corazón.

Si pudiéramos diseñar un cronograma sobre el mapamundi de entonces, de los viajes darianos, tendríamos como resultado una densa telaraña.

Pero más profundo, más complicado, más sin puerto de salida y sin destino, es el cronograma de sus peregrinaciones interiores.

Muchas veces acude Darío a la imagen de la peregrinación. Se confiesa peregrino. Peregrino perpetuo que jamás alcanza llegar al Santuario, y a través del relato de esos equívocos andares, desnuda su propio drama.
“(…)
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía”. (Cantos de vida y esperanza, I)

“Peregrino que vas buscando en vano
un camino mejor que tu camino,
¿cómo quieres que yo te dé la mano,
si mi signo es tu signo, Peregrino?” (Pasa y olvida)

Retrato de Darío, realizado por el pintor Sergio Velásquez. LA PRENSA/Archivo

Sobre esta misma temática, Darío escribe el poema Peregrinaciones (Del chorro de la fuente), de gran aliento poético. Y es a través de él que nos enseña tres aspectos reveladores de su intimidad creadora:

Una autenticidad casi llegando a lo confesional; delicia para los dariístas preocupados en dilucidar si Darío era un cristiano con ribetes de pagano o, por el contrario, un pagano con ribetes de cristiano.

En el poema, Darío opta por esto último.

“La ruta tenía su fin
y dividimos un pan duro
en el rincón de un quicio obscuro
con el marqués de Bradomín”.

¿Quién era el marqués de Bradomín? Un personaje de Valle Inclán, definido como un gran libertino, bohemio y donjuanesco. Darío prefiere quedarse con él, no importando que la cena sea un pan duro, y abandona la peregrinación a la tumba del apóstol, una “vaga Compostela”, que implicaba austeridad y devoción.

Una perspectiva metafórica del proceso de creación del poema, que sucede en tres tiempos perfectamente definidos y que semejan el camino que va del asombro a la palabra, de esta al verso y, finalmente, a la comunicación social.

En la primera parte del poema se expone el ansia mística del poeta:

“En un momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda la esencia mía
se exprimiera por mi voz:
predicaciones de San Pablo
o lamentaciones de Job(….)”

Pero casi inmediatamente se plantea la disyuntiva:

“¿Hacia qué vaga Compostela
iba yo en peregrinación?”

Nótese la calificación “vaga”, lo que nos hace pensar que la Compostela de Darío es producto de su ensoñación y no de la realidad.

Es la duda misma, la cual reafirma con un verso contundente, un parteaguas, como los de los techos de las casas de su León:

“Con Valle Inclán o con San Roque,
¿adónde íbamos, Señor?”

Un verso angustioso que nos revela a Darío no solo como relator de una peregrinación a Santiago, sino también como intérprete, simbólica y emocionalmente, del proceso creativo.

Igual que Dante: La Comedia es más que un poema sobre su tiempo y sus gentes. La Comedia es, sobre todo, una vívida estampa del proceso creador: todo poeta, al escribir, tiene su infierno, su purgatorio y su cielo, que es cuando se alcanza el poema.

LA PRENSA/Arnulfo Agüero

En Peregrinaciones, estas etapas están constituidas por los siguientes versos:

(Infierno): “¿Y adónde íbamos aquellos / de aquella larga procesión: / donde no se hablaba ni oía, / ni se sentía la impresión / de estar en la vida carnal / y sí en el reinado del ¡ay! / y en la perpetuidad del ¡oh!…? / ¡Oh Dios!”. (…)“Por la calle de los difuntos / vi a Nietzsche y Heine en sangre tintos; / parecía que estaban juntos / e iban por caminos distintos”.

(Purgatorio): “¿Hacia qué vaga Compostela / iba yo en peregrinación? / Con Valle-Inclán o con San Roque, / ¿adónde íbamos, Señor? / El perrillo que nos seguía, / ¿no sería, acaso, un león? / Íbamos siguiendo una vasta / muchedumbre de todos los / puntos del mundo, que llegaba / a la gran peregrinación. / Era una noche negra, negra, / porque se había muerto el Sol: / nos entendíamos con gestos, / porque había muerto la voz. / Reinaba en todo una espantosa / y profunda desolación. / ¡Oh Dios!”

(Cielo): “Las torres de la catedral / aparecieron. Las divinas / horas de la mañana pura, / las sedas de la madrugada, / saludaron nuestra llegada / con campanas y golondrinas. / ¡Oh Dios!/ Y jamás hemos visto / envuelto en más oro y albor, / emperador de aire y de mar, / como aquel Señor Jesucristo / sobre la custodia del Sol. / ¡Oh Dios! / Para tu querer y tu amar, / visión fue de los peregrinos; / mas brotaron todas las flores/ en roca dura y campo magro: / y por los prodigios divinos, / tuvimos pájaros cantores / cantando el verso del milagro”.

Pero aquí salta, aparece como un duende, el Darío rebelde que no acepta ningún designio, y apartándose de la peregrinación enfatiza el destino que él mismo se creó: quedarse con el libertino del marqués de Bradomín, aunque sea comiéndose un pan duro “en el rincón de un quicio obscuro”.

Tal vez Darío, en el pagano recato de ese momento, ya pensaba aquellos versos de Caminos:

“¿Qué vereda se indica,
cuál es la vía santa,
cuando Jesús predica
o cuando Nietzsche canta?”

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: