El “buenote” de Pablo Escobar

Pablo Escobar atrajo la atención de millones de personas, no solo en Colombia, sino en el mundo entero. Desde joven se obsesionó por ser millonario.

Cartas al director

Resulta difícil entender que personas como Pablo Escobar Gaviria sean objeto de admiración, y hasta de veneración, por parte de sectores de la población.

Pablo Escobar atrajo la atención de millones de personas, no solo en Colombia, sino en el mundo entero. Desde joven se obsesionó por ser millonario. Hasta allí, nada malo. Lo malo es que se propuso conseguirlo, haciendo lo que tuviera que hacer, para conseguirlo. En vez de estudiar y convertirse en un profesional, a los 16 años abandonó la escuela y tomó el camino de la delincuencia, que le daría réditos más grandes y más pronto. Comenzó robando placas de los cementerios. Luego robando automóviles y vendiendo sus partes. Después practicó la extorsión. Luego el contrabando. Hasta dar con el negocio de la cocaína, que a la par de ser muy lucrativo, significaba el sufrimiento y la ruina para miles y miles de personas que caían en el infierno de la drogadicción. Comenzó como intermediario entre los productores y los traficantes. Su clara disposición a matar y torturar le dieron ventajas sobre otros, de manera que llegó a convertirse en el zar de la droga colombiana. Y así se hizo inmensamente rico y poderoso. Uno de los hombres más ricos del planeta, viviendo con lujos exuberantes.

Para consolidar y preservar su poder, Escobar se valió del soborno, la violencia, la intimidación y el terror. Su lema era: “Plata o plomo; o tomas el dinero, o mueres”. Sobornó a jueces, políticos y policías. No toleraba que se le opusieran. Mandó a matar a centenares de personas que le resultaban incómodas, principalmente policías, ministros, jueces, fiscales y hasta a un candidato a la Presidencia. Hizo explotar el avión en que el presidente tenía programado viajar. Temiendo ser deportado a Estados Unidos, recurrió a implantar el terror, haciendo explotar bombas en lugares muy concurridos, que mataron a centenares de personas, para forzar al país a adoptar una ley que prohibiera la extradición. Consiguió temporalmente su objetivo.

Por otro lado, Escobar ayudaba a la gente pobre. Cuando se hizo rico, les dio muchísimo dinero y casas; construyó carreteras y canchas deportivas en las barriadas. En realidad, la ayuda también le permitía granjearse protección. A cientos de jóvenes les dio armas y poder, de manera que le defendían y asesinaban, según sus indicaciones. Se puede comprender algún silencioso agradecimiento entre aquellos que recibían su dinero manchado de sangre. Lo que resulta inaudito es ver que Pablo Escobar, tenido como la persona más criminal, cruel y despiadada que haya existido jamás, sea vitoreado como un héroe y peor aún, que lo llegaran a considerar un dios, según cuenta “Popeye”, el jefe de sus sicarios. Como si la ayuda a los pobres otorgara licencia para asesinar. Es lamentable, pero parece una realidad, que si Escobar estuviera vivo y en peligro de extradición, habría gente aclamándolo y demandando que se quedara.

El autor es médico leonés.

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