Las saetas de Jehová

Y al día de hoy, los autores intelectuales y materiales de tan horrendo crimen siguen en libertad y posiblemente a sueldo de quienes les enviaron.

No lo vamos a olvidar. De entre los cientos de víctimas de la represión sangrienta y de los enfrentamientos que se produjeron desde el 18 de abril, a todos nos causó escalofríos la forma en que perecieron calcinadas las seis personas, incluyendo dos bebés, en el barrio Carlos Marx. Se trató de un acto criminal que apenas se había visto en Nicaragua.

Y al día de hoy, los autores intelectuales y materiales de tan horrendo crimen siguen en libertad y posiblemente a sueldo de quienes les enviaron.

El caso fue tan atroz que ni siquiera toda la máquina falsaria del relato ideado por Murillo, ni la ridícula presentación que hizo recientemente la policía de su investigación, simbolizada infantilmente en un montón de papel puesto de un golpe sobre la mesa, pueden tapar, esconder o disimular a sus verdaderos autores. Los testimonios e imágenes inmediatamente posteriores al hecho fueron tan evidentes que aún no se ha podido inventar un guión meramente creíble para los propios seguidores de la pareja Ortega-Murillo que aún les siguen fielmente.

Pero lo harán. No me cabe duda que lo harán. La capacidad de despachar falacias se ha hecho una costumbre tan innata que lo harán. Se inventarán a los culpables y dirán que un grupo delincuencial tuvo la suficiente fuerza de fuego y dispuso del suficiente tiempo sin intervención de la policía para impedir que la familia del barrio Carlos Marx saliese de la vivienda. Dirán que todos los testimonios inmediatos ante los micrófonos y cámaras de múltiples medios de comunicación estuvieron manipulados.

Pero ese crimen será uno de los primeros en la lista de los crímenes de lesa humanidad que recomiendan investigar los observadores de Derechos Humanos (los últimos que fueron expulsados del país). Ello será tarea posiblemente del próximo Gobierno de Nicaragua, con el apoyo de la comunidad internacional. Un fino trabajo de verdadera reconciliación, justicia y reparación que habrá que acompañar.

Por ahora, mentirán. No duden que inventarán cualquier cosa. No se puede vivir con tanta sangre de inocentes en la conciencia. Y para ello la maquinaria informativa dirigida por Murillo tiene siempre la misma receta: mentir y seguir hacia delante.

Ya en el pasado, Murillo dio muestras de esa estrategia. Recuerdo cuando mataron a Guadamuz, en febrero de 2004. La hoy vicepresidenta no estaba satisfecha con las explicaciones y respuestas que tanto Daniel Ortega, como Nicho Marenco o Lenín Cerna daban sobre el asesinato de Guadamuz o sobre las sospechas que apuntaban a la cúpula del frente. La carta abierta que publicó Murillo fue una respuesta indignada ante la posibilidad de que hubiera indicios o sospechas fuertes de que el Frente dirigido por Ortega estaba detrás de aquel crimen.

Desde entonces a lo de hoy, ya nada sorprende: los presos políticos han pasado a ser “golpistas y terroristas”; los periodistas independientes “instigadores del odio” y los asesinos a sueldo o los fanáticos afines “soldados del amor”.

Murillo utiliza las mismas armas oxidadas pero aún efectivas a corto plazo de los peores regímenes: la subversión del lenguaje y la repetición machacona de palabras ligadas a componentes culturales y religiosos asociados a la identidad del pueblo.

Lo más llamativo quizá es argumentar que la represión violenta contra todos, incluidos niños, no fue un acto ordenado fríamente por su régimen sino la venganza de Dios anunciada en los salmos, y que Murillo cita directamente: “Tronó en los cielos Jehová y el Altísimo dio su voz; granizo y carbones de fuego. Envió sus saetas, y los dispersó; lanzó relámpagos, y los destruyó”.

Todo esto pasará.

El autor es periodista.
@sancho_mas

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